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¿No puedes dejarlo? La psicología explica por qué permanecemos en relaciones que nos hacen daño

Hay historias que terminan mucho antes de decir adiós. Relaciones que continúan por inercia, incluso cuando ya no queda nada que salvar. Según la psicología, una de las razones más comunes es un mecanismo mental llamado falacia de los costos perdidos (falacia del costo hundidopara los amantes de los términos técnicos).

Traducido: permanecemos dentro de algo que ya no funciona sólo porque ya hemos invertido demasiado: tiempo, energía, amor, sacrificios. El cerebro, por instinto, odia perder: nos duele más tirar lo que hemos construido que empezar de nuevo desde cero.

Por eso seguimos intentándolo, incluso cuando la felicidad es sólo un recuerdo. “Con todo lo que he hecho por él/ella”, “No puedo desperdiciar años de mi vida”… Sin embargo, este mismo pensamiento nos clava en relaciones que ya no nos nutren. Vivimos en una dolorosa zona de confort, donde la decepción de quedarnos parece más llevadera que el miedo de empezar de nuevo.

Cuando la cabeza dice “basta”, pero el corazón no escucha

Para complicar el panorama hay también otra dinámica: la dependencia emocional. No se trata sólo de “amar demasiado”, sino de… Y aquí la psicología tiene mucho que decir.

Un estudio internacional reciente, publicado en 2024 y escrito por Janire Momeñe, Ana Estévez y Mark D. Griffiths, ha puesto bajo la lente el vínculo entre el apego inseguro y la dependencia emocional. El título suena complejo. El impacto del apego inseguro en la dependencia emocional de la pareja – pero el mensaje es simple: aquellos que tienen dificultades para manejar sus emociones tienden a permanecer incluso en relaciones que duelen.

La muestra analizada (741 jóvenes de entre 18 y 30 años) demostró que aquellos con un apego evitativo, es decir, aquellos que experimentaron poco afecto o rechazo emocional cuando eran niños, tienen más probabilidades de volverse dependientes de su pareja. El mecanismo es el siguiente: aquellos que aprendieron de niños que las emociones negativas “no deben mostrarse” -porque no eran bien recibidas- tienden a asfixiarlos cuando sean adultos. Y para no escucharlos, se aferra a la relación. Incluso cuando esa relación duele.

Los autores del estudio descubrieron que la dificultad para gestionar la tristeza, la ira o el miedo es la clave que vincula el apego inseguro con la dependencia emocional. En la práctica: no es sólo miedo a perder al otro, sino miedo a sentir el dolor de la pérdida. Y así seguimos. Porque irse no sólo duele el corazón: duele la idea que tenemos de nosotros mismos.

La combinación perfecta para no irte nunca

Combine la falacia del costo perdido y la dependencia emocional y tendrá la fórmula perfecta para quedarse estancado. Por un lado la mente racional nos dice: “No puedo perder todo este tiempo”. Por el otro, el emocionado susurra: “No puedo vivir sin él/ella”. Dos voces distintas, mismo resultado: nos quedamos donde no debemos quedarnos.

Esta mezcla crea una verdadera trampa psicológica: cuanto más tiempo permaneces, más inviertes y más difícil resulta rendirte. Un poco como hundirse en arenas movedizas con la creencia de que si sigues moviéndote, saldrás.

aprender a dejar

Según los investigadores, la clave para romper el ciclo no es “hacerse más fuerte” sino aprender a regular las emociones.
Aceptar sentirse mal, reconocer el miedo, darle nombre a la tristeza. Parece poco, pero es un gran paso. Aquellos que aprenden a tolerar las emociones desagradables son capaces de dejarlas ir con más conciencia y menos sensación de fracaso.

Irse, entonces, no es sinónimo de rendirse. Es una forma de respeto por uno mismo. Porque permanecer a cualquier precio muchas veces no es amor. Es sólo miedo disfrazado de lealtad.