La muerte de Ornella Vanoni, ocurrida el 21 de noviembre de 2025, sacudió a Italia con una ternura casi unánime. En los últimos años el artista se había convertido en la versión más auténtica de sí mismo: frágil, luminosa, a veces irónica, libre de cualquier superestructura. Se mostró como pocos pueden hacerlo, con una humanidad que había vuelto a dialogar a diferentes generaciones. Por eso su fallecimiento ha dejado un vacío que se asemeja a una herida colectiva.
El golpe emocional llegó en un mes ya pesado: apenas dos semanas antes, el 8 de noviembre de 2025, falleció Peppe Vessicchio, una figura muy querida y tranquilizadora de la música italiana. Su presencia amable, constante y familiar dentro y fuera del Festival de San Remo había creado un vínculo emocional poco común con el público. Su desaparición ya había abierto una grieta, convirtiéndose rápidamente en un dolor generalizado. Cuando, poco después, también nos despedimos de Vanoni, el impacto emocional se hizo más claro: no se trataba sólo de una noticia. Fueron pérdidas que movieron recuerdos, identidades, momentos de vida compartidos con su arte.
Sentimos la misma sensación de vacío en el pasado reciente por gigantes como Gigi Proietti, que no sólo fue un actor inmenso, sino una presencia capaz de atravesar nuestros días con su clara ironía y su rara calidez humana. La forma en que supo transformar un chiste en un abrazo, o una escena teatral en un momento compartido, daba a todos la impresión de ser parte de algo más grande que un simple público. Con él nos sentimos acogidos, comprendidos, acompañados, incluso desde lejos.
Un gigante, como Raffaella Carrà, que trajo al mundo una libertad luminosa y contagiosa, o como Franco Battiato, que con su espiritualidad nos acompañó en lo más íntimo y silencioso de nosotros, y como muchos, demasiados, otros artistas que han marcado nuestras vidas.
¿Pero por qué sucede esto? ¿Por qué lo sentimos tanto?
¿Por qué nos duele la muerte de un artista?
Cuando fallece un artista que nos ha acompañado durante años, muchos se encuentran con un dolor que parece provenir de un lugar profundo, casi íntimo. Nos preguntamos por qué sucede esto, dado que, después de todo, no teníamos una relación directa con ellos. Sin embargo, lo que sentimos tiene una base mucho más concreta de lo que imaginamos.
Los psicólogos llevan mucho tiempo hablando de relaciones parasociales, esos vínculos que construimos con personajes públicos que “entran” en nuestra vida cotidiana a través de su arte. Y aquí entra en juego un aspecto que muchas veces subestimamos: la mente no mide los vínculos en función de la reciprocidad, sino en función de lo que representan para nosotros. Se trata, por supuesto, de relaciones unilaterales, pero no carentes de significado.
Un famoso estudio realizado con 381 adultos lo demostró con gran sencillez: cuando una persona piensa en perder a su personaje de televisión favorito, la reacción emocional es similar a la de una separación real. Tristeza, sensación de vacío, desorientación. Y cuanto más presente estaba ese personaje en la vida del participante, más intensa se volvía la emoción. Aquellos con un estilo de apego más frágil temían reacciones aún más fuertes. Lo que surge es claro: cuando nos apegamos, lo hacemos con autenticidad, incluso si hay un artista del otro lado.
Lo confirman también los trabajos de Wendy Lichtenthal, una de las investigadoras más implicadas en el duelo y los vínculos afectivos. Lichtenthal explica que sentirse triste por la muerte de una figura pública es natural, porque esa conexión, aunque sea simbólica, era real para nosotros. Estamos “programados” para crear conexiones que nos protejan, nos tranquilicen y nos expliquen el mundo. Un artista nunca es solo un artista: puede ser la voz que escuchábamos cuando éramos niños, la música que nos ayudó en un momento frágil, la imagen que nos recordó a alguien a quien amamos.
Cuando Lichtenthal habla de “duelo parasocial”, lo hace con mucha delicadeza: dice que lo que sufrimos no es tanto la pérdida de la persona, sino la pérdida de lo que esa persona hacía vibrar en nuestro interior. Y esto explica por qué nos sentimos tan conmovidos por Vanoni y Vessicchio, pero también por qué todavía sentimos un movimiento emocional en nuestro interior cuando pensamos en todos los demás gigantes que nos han dejado.
En cada uno de ellos había algo que también nos pertenecía a nosotros: una risa, una idea de libertad, una espiritualidad que nos hacía sentir menos solos. La verdad es que cuando un artista muere, no solo perdemos una voz pública: perdemos la forma en que esa voz había ayudado a que la nuestra se sintiera menos frágil. Por eso duele. Porque detrás de esa pérdida siempre hay una parte de nosotros que se mueve.