Las teorías de la conspiración no son sólo una cuestión de rincones oscuros de la web o comentarios gritados en las redes sociales. Cada vez más entran en las conversaciones diarias, en los grupos familiares de WhatsApp y en los feeds de quienes han estudiado, leído periódicos y se mantienen informados. Y este es precisamente el aspecto que más intriga y preocupa: ¿por qué incluso la gente culta acaba creyéndolo?
Una respuesta menos obvia la sugieren investigaciones recientes que ponen en juego no el nivel de educación, sino algunos rasgos profundos de la personalidad, en primer lugar el narcisismo. Un estudio publicado en la revista científica Journal of Personality and Individual Differences analizó la relación entre el narcisismo, la desinformación y las teorías de la conspiración, mostrando cómo la calificación por sí sola no es suficiente para actuar como escudo.
Cuando la necesidad de sentirse especial pesa más que las habilidades
Durante años nos hemos dicho que eran sobre todo las personas con menos herramientas culturales las que creían en las teorías de la conspiración. Eso es en parte cierto, pero es sólo una parte del panorama. La historia nos enseña que las teorías de la conspiración explotan especialmente en momentos de incertidumbre, cuando el mundo parece difícil de descifrar: guerras, crisis económicas, pandemias. No es casualidad que durante el Covid las narrativas alternativas hayan encontrado un terreno fértil incluso entre personas con títulos, profesionales y ciudadanos acostumbrados a pensar críticamente.
De hecho, las teorías de la conspiración no sólo ofrecen explicaciones. Ofrecen una sensación de orden, una interpretación sencilla en un contexto caótico. Dan la ilusión de control y, sobre todo, permiten que quien cree en ellos se sienta diferente de los demás, más alerta, más lúcido, menos “manipulable”. Y aquí es donde entra en juego el narcisismo.
¿Qué sucede cuando el narcisismo se encuentra con la desinformación?
En la investigación participaron 660 adultos con niveles educativos muy diferentes, desde secundaria hasta doctorados. A los participantes se les entregaron cuestionarios para evaluar algunos rasgos narcisistas, como el sentimiento de superioridad, la necesidad de destacar y la tendencia a buscar respuestas claras, sin matices.
Posteriormente se les preguntó qué tan creíbles consideraban algunas afirmaciones de conspiración, incluida la famosa teoría según la cual el asesinato de John F. Kennedy no fue obra de un solo atacante, sino de una conspiración bien organizada. También se pidió a los participantes que reconocieran noticias falsas disfrazadas de titulares de periódicos.
El resultado fue claro: las personas con rasgos narcisistas más pronunciados tendían a aceptar más fácilmente las teorías de conspiración y la desinformación, independientemente de su nivel de educación. Cuando estos rasgos superan un determinado umbral, la diferencia entre quienes han estudiado y quienes no se estrecha hasta casi desaparecer.
Porque la inteligencia no es suficiente para protegernos
Estudiar ayuda, sin duda. La educación proporciona herramientas para evaluar fuentes, distinguir hechos de opiniones y razonar críticamente. Pero los seres humanos no son máquinas racionales. Somos muy buenos en el llamado razonamiento motivado, es decir, en utilizar nuestras capacidades cognitivas para llegar a conclusiones que nos hagan sentir mejor.
Cuando una persona necesita sentirse superior a los expertos, tener una respuesta clara en tiempos confusos o percibirse a sí misma como “alguien que lo tiene todo resuelto”, incluso un cerebro entrenado puede ceder. Las habilidades, en estos casos, no desaparecen: se utilizan para defender una creencia, no para cuestionarla.
Esta es la razón por la que incluso aquellos que leen ensayos, siguen los acontecimientos actuales y tienen una sólida educación pueden volverse inmunes a las negaciones, especialmente si éstas amenazan su identidad o su sentido de valor.
¿Qué nos dice todo esto sobre la forma en que discutimos?
Estos resultados ayudan a mirar las teorías de la conspiración con una mirada menos superficial. No se trata sólo de una cuestión de desconocimiento o mala información, sino de necesidades psicológicas ligadas a cómo nos percibimos a nosotros mismos y cómo queremos ser vistos por los demás.
Comprender esto también es fundamental en la vida cotidiana. Cuando hablamos con amigos, familiares o colegas que están convencidos de una teoría infundada, a menudo no basta con discutir sobre los datos. Si detrás de esa creencia hay una profunda necesidad de reconocimiento o seguridad, el debate corre el riesgo de convertirse en un muro contra otro.
Quizás el primer paso sea precisamente este: cuestionarnos sobre nuestras motivaciones, preguntarnos por qué creemos determinadas cosas y cuánto influye el deseo de sentirnos bien en nuestra forma de interpretar la realidad. Es un ejercicio incómodo, pero necesario si queremos mejorar el diálogo público y reducir el ruido de la desinformación.
Puede que no nos haga infalibles, pero puede ayudarnos a ser un poco menos manipulables. Y, en tiempos como estos, eso no es poca cosa.