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De la noticia a la picota mediática: cuando el juicio colectivo no deja lugar al silencio

Hay un momento, en las grandes noticias, en el que el acontecimiento deja de ser sólo de quien lo vive y pasa a ser de todos. Sucede rápido, a menudo demasiado rápido. Y es precisamente allí donde el odio en línea encuentra espacio, se expande y se normaliza.

También ocurrió en el caso de los padres de Claudio Carlomagno. Luego del feminicidio de su nuera y la detención de su hijo, su vida quedó absorbida por una narrativa pública feroz, continua y sin pausa. Incluso antes de que terminara la tragedia, ya había comenzado otra historia en las redes sociales: la del juicio colectivo.

Cuando el odio online deja de ser una salida y se convierte en un entorno

En las redes sociales, la indignación fluye rápidamente, a menudo más rápido de lo que se pensaba. Un comentario lleva a otro, una frase se convierte en coro. No necesitas conocer a la gente, sólo necesitas saber “de qué lado están”. En este clima, los padres del hombre acusado del crimen ya no eran vistos como individuos, sino como una extensión del perpetrador.

La criminóloga Roberta Bruzzone habló abiertamente sobre el linchamiento digital. No como una fuerte metáfora, sino como una descripción de un mecanismo preciso: la responsabilidad individual que desemboca, casi sin darnos cuenta, en una culpa compartida. Una culpa que no se puede discutir, que no se puede medir, que no se puede agotar.

El odio en línea funciona así: no pide justicia, pide pertenencia. Decir algo duro ayuda a demostrar que estás en el lado correcto. El problema es que, mientras lo hacemos, alguien del otro lado lo vive como una presión constante, día y noche.

Cuando hasta los periódicos se vuelven parte de la presión

En la carta enviada a la familia, según informaron varios periódicos de circulación nacional, los padres de Claudio Carlomagno también se refirieron a la picota mediática vivida en los días posteriores a la detención de su hijo. No sólo el dolor de lo sucedido, sino la sensación de haber terminado dentro de una historia más grande que ellos mismos, observada, comentada, analizada sin descanso.

Aquí entra en juego un tema incómodo pero necesario: la obstinación periodística. No el que informa, sino el que insiste. Que repite los mismos detalles, multiplica títulos, busca nuevos ángulos aunque no sumen comprensión. En estos casos la noticia deja de ser un relato de los hechos y se convierte en una presencia constante, invasiva, difícil de ignorar.

Para quienes están directamente involucrados, esta exposición continua no es abstracta. Es la percepción de no tener más un espacio privado, de no poder experimentar el dolor lejos de los ojos de nadie. Cuando la atención de los medios se suma al odio en línea, el resultado es una presión que no da respiro, especialmente a aquellos que ya son emocionalmente frágiles.

¿Qué pasa en la cabeza de quien ya está abrumado por el dolor?

Aquí entra en juego la psicología, la concreta, la cotidiana. Imaginemos lo que significa descubrir que un niño ha matado. Es un shock que rompe la idea misma de familia, de pasado, de futuro. La culpa, la vergüenza y la incredulidad se superponen en nuestro interior. Afuera, mientras tanto, el mundo mira y comenta.

El odio online llega cuando la persona ya está frágil, desorientada, emocionalmente desnuda. Y es precisamente en este punto donde la ciencia nos ayuda a comprender mejor lo que sucede.

Un estudio publicado en 2025 sobre Informes Científicosuna revista del Nature Group, muestra que la exposición frecuente al discurso de odio en línea se asocia con un aumento de los síntomas de estrés postraumático. No hablamos de simple molestia, sino de insomnio, hiperalerta, pensamientos que regresan sin pedir permiso, dificultad para desenvolverse en la vida cotidiana.

El hecho más interesante, y quizás más inquietante, es que estos efectos son más fuertes en personas que ya están experimentando un trauma. El odio online, en estos casos, no es la causa de todo. Es algo más sutil: un amplificador.

Porque el odio digital duele más de lo que imaginamos

Otra revisión científica, publicada en PubMed Central, ayuda a centrarse en un aspecto a menudo subestimado. La hostilidad en línea es sorprendente porque no deja rutas de escape. No hay puerta que cerrar, ni lugar donde verdaderamente refugiarse. Incluso apagar el teléfono no es suficiente, porque persiste la sensación de que afuera, en algún lugar, el juicio continúa.

Según esta investigación, la exposición a comentarios hostiles y deshumanizantes está relacionada con la depresión, la ansiedad, el retraimiento social y la sensación de impotencia. No tanto porque las palabras sean “más malas”, sino porque son públicas, repetidas, incontrolables. Es la idea de ser observado y condenado sin apelación la que poco a poco se va desgastando.

En este sentido, el odio en línea no es sólo comunicación. Es un ambiente emocional. Y como todos los ambientes, puede volverse tóxico.

El caso Carlomagno y la cuestión que queda abierta

Volviendo a la noticia, ningún estudio dirá jamás que el odio en línea “causa” un suicidio. La realidad es cada vez más compleja. Pero lo que nos dice la investigación es que, en contextos de dolor extremo, la exposición a una presión social hostil puede contribuir a la percepción de que el sufrimiento es interminable y sin salida.

Aquí es donde la historia deja de ser sólo noticia y se convierte en una pregunta colectiva. ¿Cuán conscientes somos del efecto de nuestras palabras cuando las confiamos a una plataforma que las hace permanentes, replicables y amplificadas?

El odio en línea no se trata sólo de grandes insultos. También está formado por frases descartadas, por comentarios “por si acaso”, por juicios que parecen pequeños pero que, en conjunto, acumulan un peso enorme.