Hay una pandemia silenciosa que no genera noticias de última hora diarias y no moviliza a la opinión pública, pero que mata tanto -y más- que el Covid. Es el de la resistencia a los antibióticos. La gravedad de esta cuestión fue destacada por Matteo Bassetti, profesor titular de Enfermedades Infecciosas de la Universidad de Génova, que intervino en Bolonia en la segunda edición del congreso San.ita promovido por Copma, donde también se debatió sobre el innovador sistema de higienización probiótica PCHS.
Las cifras son impresionantes: hoy en el mundo mueren cada año alrededor de 5 millones de personas a causa de infecciones causadas por bacterias resistentes. Como si cada año estuviéramos viviendo una nueva pandemia.
Italia entre las peores de Europa
El panorama italiano no es nada tranquilizador. En Europa hay aproximadamente 700.000 infecciones por bacterias resistentes y 33.000 muertes en hospitales, un tercio de los cuales son italianos. Aunque no representa un tercio de la población europea, Italia contribuye a un tercio de las muertes del continente. Considerando las muertes por bacterias resistentes en todos los ambientes -no sólo en los hospitales- nuestro país registra alrededor de 50 mil muertes al año, cifras comparables a las del Covid en sus peores años.
2050: el escenario aterrador
Si no se hace nada, las perspectivas son dramáticas. Según estimaciones, en 2050 casi 40 millones de personas morirán a causa de infecciones provocadas por bacterias resistentes, que se convertirán en la primera causa de muerte en el mundo, superando al cáncer. La paradoja es inquietante: será posible curar tumores cada vez más complejos, pero los pacientes morirán a causa de infecciones que ya no serán posibles de tratar.
¿Cómo llegamos a este punto? El diagnóstico involucra a todos: médicos, sistema sanitario y ciudadanos. En los últimos veinte años, el uso mundial de antibióticos ha aumentado casi un 50%, utilizados demasiado y mal, no sólo por médicos y veterinarios, sino también por personas comunes y corrientes convencidas de que pueden utilizarlos libremente. El resultado es un retroceso de casi un siglo: la mortalidad por infecciones causadas por bacterias resistentes se ha duplicado, devolviéndonos a niveles similares a los de la era anterior a los antibióticos.
Hospitales: donde se origina y amplifica el problema
Una parte crucial del fenómeno tiene lugar dentro de los centros de salud. En Europa, más de 4 millones de pacientes contraen infecciones relacionadas con la atención sanitaria cada año, y al menos el 20% de ellas se pueden prevenir. Las principales causas incluyen el uso excesivo o incorrecto de dispositivos médicos, una mala cultura de prevención, una higienización inadecuada y una higiene de manos insuficiente. La transmisión se produce principalmente a través de superficies contaminadas y operadores que no respetan los protocolos de higiene.
Higienización y resistencia: el papel del PCHS
La prevención de infecciones sigue siendo la herramienta más poderosa disponible. Y esto implica también repensar la higienización: no basta con desinfectar, hay que hacerlo respetando el equilibrio microbiano. Es en este punto donde entra en juego el sistema PCHS impulsado por Copma, basado en microorganismos probióticos capaces de eliminar las bacterias patógenas salvaguardando las beneficiosas y respetando el equilibrio de la microbiota ambiental, con una drástica reducción de la resistencia a los antibióticos.
Un sistema de higienización que reduzca los mecanismos de resistencia representa un resultado concreto. Así lo confirman los estudios realizados por Elisabetta Caselli, profesora asociada de Microbiología Clínica en la Universidad de Ferrara, y por el entonces presidente del Istituto Superiore di Sanità Silvio Brusaferro. La investigación ha destacado una reducción significativa de la carga microbiana y de los genes de resistencia a los antibióticos en entornos tratados con desinfección con probióticos. El grupo de Caselli lleva años estudiando el microbioma ambiental hospitalario y ha demostrado cómo el PCHS es capaz no sólo de reducir los patógenos, sino de remodular de forma estable el ecosistema microbiano de las superficies, limitando la presencia de cepas resistentes. Un hecho que está directamente relacionado con otra preocupación central: los desinfectantes y sanitizantes convencionales también contribuyen al aumento de la resistencia bacteriana.
El mensaje final es claro: la tecnología no es suficiente, necesitamos un cambio de mentalidad. La resistencia a los antibióticos es en parte inevitable, pero su alcance es evitable. Para ello necesitamos un enfoque integrado en el que el uso correcto de los antibióticos, el diagnóstico, la formación y el saneamiento trabajen juntos, porque las intervenciones aisladas son de poca utilidad. No es sólo una cuestión médica. Es una cuestión sistémica e, inevitablemente, cultural.