Mientras en Italia las vacaciones llegaban a su fin y se hacían los últimos brindis de Año Nuevo, en Francia el nuevo año comenzaba con una decisión con un fuerte impacto en la salud pública. El 2 de enero de 2026 entró oficialmente en vigor la prohibición de las PFAS, las llamadas “sustancias eternas”, conocidas por su persistencia y capacidad de contaminar el agua, el aire, el suelo e incluso la sangre humana. Una medida muy esperada, que marca un cambio de ritmo en el debate medioambiental europeo.
La medida nació de una movilización amplia y estructurada: más de 140.000 ciudadanos instaron a sus representantes políticos a intervenir. La presión llevó a la aprobación de la ley el 20 de febrero de 2025. El camino no estuvo exento de compromisos y zonas grises, también debido a la intervención de los lobbies industriales, pero el resultado sigue siendo significativo. La señal que llega desde París es clara: cuando la voluntad política se encuentra con una fuerte petición desde abajo, incluso los expedientes complejos pueden encontrar una respuesta concreta.
¿Qué incluye la prohibición francesa?
La legislación francesa prohíbe la producción, importación y venta de una serie de productos para los que existen alternativas sin PFAS. El alcance del anuncio incluye cosméticos, ropa y artículos como cera para esquí. El texto también introduce controles periódicos del agua potable y prevé sanciones para quienes contribuyan a la contaminación por estas sustancias.
Sin embargo, junto a los aspectos positivos, surgen algunas exclusiones que alimentan el debate. Quedan fuera de la prohibición las membranas de alto rendimiento utilizadas en determinados procesos industriales y textiles, considerados estratégicos o vinculados a la soberanía nacional. La exención más discutida, sin embargo, se refiere a las sartenes antiadherentes, eliminadas del texto final tras una intensa presión de los productores.
En la versión inicial de la ley, estos artículos también estaban incluidos en el aviso. Sin embargo, el gigante francés Tefal defendió la seguridad de los recubrimientos de PTFE utilizados en sus productos. Una postura que no convence a parte de la comunidad científica, dado que varios estudios reportan la posible liberación de micro y nanoplásticos en los alimentos durante su uso. Para muchos observadores se trata de una oportunidad perdida, lo que reduce el alcance de la disposición.
Un paso adelante, pero no suficiente
Como señaló Sandra Bell de CHEM Trust, la prohibición representa una noticia positiva para los ciudadanos franceses preocupados por la exposición a las PFAS, especialmente en sectores como el de la ropa y los cosméticos. Al mismo tiempo, la exclusión de productos clave como los utensilios de cocina deja abiertas cuestiones críticas obvias. Según Bell, Francia debería ahora apoyar decididamente una restricción a escala europea, capaz de incluir un mayor número de artículos y garantizar una protección uniforme a todos los ciudadanos de la Unión.
Y es precisamente aquí donde surge el punto central. Bruselas lleva años hablando de eliminar gradualmente las PFAS, pero las normas vinculantes tardan en llegar. Italia, por su parte, sigue estancada, incluso frente a situaciones graves como las del Véneto, donde algunos acuíferos se encuentran entre los más contaminados de Europa.
La prohibición francesa debe reconocerse como un paso en la dirección correcta; demuestra que la acción política es posible y que la presión pública puede tener un impacto. Sin embargo, las numerosas exenciones obtenidas por la industria son un recordatorio de lo difícil que sigue siendo anteponer la salud colectiva a los intereses económicos.
El verdadero desafío comienza ahora: llevar la cuestión a nivel europeo, elaborando una legislación más amplia y sin lagunas. Las PFAS no se detienen en las fronteras nacionales y proteger sólo a una parte de los ciudadanos no puede ser suficiente. Necesitamos una respuesta común, coordinada y valiente. Y es necesario rápidamente, porque si la confrontación política continúa, estas sustancias seguirán acumulándose en el medio ambiente y en nuestros cuerpos, haciendo cada vez más difícil de justificar cualquier aplazamiento.