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Cómo la IA está redefiniendo los estándares de belleza (y devastando la autoestima de las personas)

Hay un momento preciso en el que hojeas una foto en las redes sociales, la miras un segundo de más y sientes una micro punzada en el estómago. Sucede mientras estás en el sofá, durante la hora del almuerzo, en la cola de la oficina de correos. Esas imágenes tienen cuerpos atléticos, brillantes, jóvenes, perfectamente definidos. Están por todas partes. Cada vez más, no provienen de un gimnasio o de una carrera, sino de un algoritmo.

La inteligencia artificial está construyendo una imagen corporal que poco a poco entra en la cabeza y se queda ahí, como una música de fondo que, mientras tanto, reescribe lo que significa tener el cuerpo “correcto”.

Cómo la IA narra el cuerpo atlético y por qué esta narrativa se vuelve familiar

Un estudio publicado en Psicología de los medios populares y creado por un grupo de investigación de la Universidad de Toronto parte de una petición banal: generar imágenes de deportistas y gente corriente. A partir de ahí toma forma una muestra de 300 imágenes creadas con plataformas como DALL·E, Midjourney y Stable Diffusion.

Las imágenes se observan detalladamente. Edad aparente, constitución, músculos, ropa, exposición corporal, rasgos faciales. La imagen que emerge tiene contornos muy precisos. Los atletas generados por la IA son casi siempre jóvenes, delgados y musculosos. Los cuerpos femeninos parecen delgados y suaves. Masculinos compactos y definidos. La ropa aprieta, revela, exhibe.

Incluso cuando la petición sigue siendo genérica, las imágenes se vuelven mayoritariamente masculinas. Los cuerpos no atléticos muestran un poco más de variación, aunque permanecen lejos de la verdadera variedad. En todo esto falta algo que existe en la vida: signos de envejecimiento, cuerpos grandes, discapacidades visibles. La ausencia se convierte en una presencia constante.

Cuando las imágenes se convierten en un espejo distorsionante

Miles de millones de imágenes pasan cada día por las redes sociales y una porción cada vez mayor surge de la inteligencia artificial. Este flujo continuo crea familiaridad. Esa familiaridad se convierte en referencia. La referencia se convierte en comparación.

La comparación funciona en silencio. Conduce a mirarse al espejo con una mirada más intensa. Conduce a sentir el cuerpo como un proyecto inacabado. Conduce a moverse más como castigo o a dejar de moverse por agotamiento emocional. Conduce a comer con culpa o a evitar ciertos lugares porque el cuerpo parece fuera de lugar allí.

En el mundo del deporte, donde el cuerpo ya es observado, juzgado y comentado, esta presión pesa aún más. La idea de actuación se entrelaza con la de apariencia. La cabeza se llena de ruido. El placer del movimiento pierde espacio. La motivación disminuye.

La ausencia de cuerpos con discapacidad o con signos evidentes de edad cuenta otra historia. Dice quién es visto y quién queda fuera del encuadre. Dice qué cuerpos merecen atención y cuáles se vuelven invisibles. Este mecanismo funciona incluso cuando no nos damos cuenta.

La IA como reflejo amplificado de nuestros prejuicios

La inteligencia artificial no imagina de la nada. Absorbe. Repetir. Amplificar. Toma el material cultural que encuentra en línea y lo devuelve con una coherencia que tranquiliza el algoritmo y empobrece la realidad. Este proceso incluye estereotipos de género, modelos estéticos rígidos, exclusiones silenciosas. El resultado es un vórtice visual que hace cada vez más estrecho el espacio de la normalidad. La diversidad está disminuyendo. La unicidad pierde volumen.

Esta dinámica también afecta cómo nos sentimos en relación con los demás. Un cuerpo percibido como inadecuado tiende a cerrarse. La distancia crece. La soledad toma forma. Todo esto sucede sin proclamas, sin tonos alarmistas, en la vida cotidiana más sencilla.

Las imágenes artificiales seguirán fluyendo. Los algoritmos seguirán produciendo. Seguimos en el medio, con cuerpos que cambian, que se cansan, que dan señales. Necesitamos una mirada más suave hacia nosotros mismos, recordándonos que esas imágenes hablan de una elección estética, no de una medida de valor. Necesitamos espacio para permanecer incluso fuera del marco perfecto.

Cada cuerpo lleva una historia que ningún algoritmo puede copiar: hay movimiento, memoria, imperfección. Hay vida real. Y ahí es donde vale la pena empezar de nuevo.