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Dejar ir: por qué debería convertirse en su lema para 2026 (y más allá)

Hay una sensación que muchos conocen bien, aunque les cueste ponerle un nombre: la de tener la cabeza llena, pero no en el buen sentido. Pensamientos que dan vueltas en círculos, recuerdos que regresan sin ser invitados, decisiones tomadas hace años que siguen pasando factura. Dejar ir, hoy en día, no suena como un escape espiritual ni como una frase motivacional. Parece mucho más un gesto práctico, casi doméstico: hacer espacio.

En 2026, a medida que todo se acelera y la capacidad de atención se reduce, dejar ir se convierte en una forma de higiene mental. Un poco como abrir las ventanas cuando el aire está viciado, sin grandes proclamas y sin necesidad de sentirse “mejor”.

Un problema de salud mental

En los últimos años, la investigación psicológica ha comenzado a examinar más detenidamente lo que sucede cuando no podemos dejarlo ir. Un estudio publicado en la revista Ciencias del comportamiento ha vinculado el bienestar mental con la capacidad de distanciarnos de pensamientos y emociones repetitivos que siguen ocupando espacio incluso cuando ya no son necesarios. El resultado, en pocas palabras, es este: aquellos que logran dejar de lado las cavilaciones y los apegos mentales experimentan menos estrés, menos ansiedad y una mayor sensación de equilibrio.

No se trata de borrar el pasado o fingir que todo está bien. Hablamos de no seguir arrastrando situaciones, roles y narrativas internas que ya pasaron de moda. Un concepto que, sacado de los laboratorios y llevado a la vida real, suena mucho menos abstracto de lo que parece.

Dejar ir en la vida real

En la vida cotidiana, dejar ir adopta formas muy concretas. Significa dejar de releer un mensaje por enésima vez buscando subtextos que probablemente no existen. Es darse cuenta de que una relación sólo se sostiene con el esfuerzo de una persona y tener el coraje de soltarse. También es, más banalmente, no identificarse del todo con el propio trabajo, con las expectativas de los demás o con la idea de tener que estar siempre a la altura.

En este sentido, la obra de Daniel Lumera intercepta una necesidad muy contemporánea. en su libro te dejaré irno te invita a cambiar de vida ni a perseguir una versión idealizada de ti mismo. Más bien propone un cambio de mirada: reconocer lo que pesa y aprender, poco a poco, a no aferrarse a ello por miedo.

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Te dejaré ir. Cómo descargarte de pensamientos, recuerdos y otras cargas invisibles para hacerle espacio a la vida

Es un enfoque que también se dirige a quienes no les gusta el lenguaje del crecimiento personal, porque parte de una suposición muy humana: a menudo nos abstenemos por costumbre, no por elección. Y la costumbre, a veces, es sólo un cansancio que nunca hemos cuestionado.

También están surgiendo nuevos espacios de discusión en torno a estos temas. El portal en línea Espacios abiertos funciona precisamente sobre este imaginario: no te dice en qué debes convertirte, no te empuja a “trabajar en ti mismo” como si fueras un proyecto defectuoso. Más bien te invita a detenerte un momento y observar cuántas cosas aún tienes encima por inercia. Pensamientos que salen a relucir todos los días, roles que sigues desempeñando incluso cuando ya nadie te los pide, decisiones tomadas hace años que sigues defendiendo solo porque ahora están ahí.

No se habla de soluciones milagrosas ni de caminos a seguir con disciplina monástica. Hablamos de la conciencia diaria, aquella que te hace darte cuenta de que estás constantemente viviendo un paso por detrás de ti mismo, siempre ocupado gestionando, explicando, manteniéndote unido. Y tal vez, por una vez, te quede la duda de que no es un problema de organización, sino de acumulación.

Quizás dejarse ir no cambie el mundo. Pero cambia lo que sientes al respecto. Y muchas veces esto es suficiente para respirar mejor, incluso sin revoluciones personales que contar.