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¡Es fácil decir estrés! Los científicos identifican 7 tipos de tensión mental, ¿cuál es la tuya?

Hay una cosa que casi todo el mundo da por sentado cuando se trata de estrés psicológico: que se trata de una sensación única, más o menos intensa, más o menos manejable. Una carga vaga, difícil de definir, que trae consigo un poco de ansiedad, un poco de insomnio, algunos momentos de irritabilidad. Bueno, esta idea podría ser errónea o, al menos, muy incompleta.

Un estudio publicado en la revista eMedicinaClínica ha puesto en entredicho este punto de partida, con resultados que preocupan a cualquiera que alguna vez se haya preguntado por qué unos periodos difíciles dejan signos diferentes a otros, o por qué dos personas con el mismo diagnóstico pueden sentirse tan mal de formas completamente opuestas.

No toda la tensión mental es igual

Tom Bresser, investigador del Instituto Holandés de Neurociencia (NIN), analizó las respuestas de cientos de adultos que buscaban estructuras recurrentes en sus estados de malestar psicológico. Lo que descubrió es que la llamada hiperexcitación, término técnico para indicar esa condición de alerta prolongada, de tensión mental y física que no desaparece, no es en absoluto un fenómeno único. Se divide en siete formas distintas, cada una con sus propias características.

Los siete perfiles que surgieron de la investigación son: ansioso, corporal, sensible, dormido, irritable, alerta y uno definido como “sudomotor”, que se refiere a sudoración y enrojecimiento por activación nerviosa. No se trata de categorías separadas que aparecen en diferentes personas: estos patrones se superponen en un mismo individuo, pero en diferentes proporciones según el trastorno que padece.

En la depresión, por ejemplo, es el perfil irritable el que resulta más marcado. En la ansiedad generalizada predomina la ansiedad, mientras que quienes sufren ataques de pánico suelen manifestar sobre todo el componente corporal: el corazón latiendo rápido, la dificultad para respirar, la sensación física de peligro. El trastorno de estrés postraumático se caracteriza por la vigilancia y el componente sudomotor, esa activación del sistema nervioso que produce sudoración y sofocos. La ansiedad social está más relacionada con la sensibilidad, mientras que el TDAH no muestra un perfil dominante claro, sino una activación más distribuida de forma difusa.

Una nueva herramienta para medir lo que confundían los viejos cuestionarios

Durante años, la investigación clínica se ha basado en cuestionarios elaborados en torno a trastornos individuales, herramientas que tendían a capturar señales mixtas en lugar de aislar los diferentes componentes de la tensión. El resultado fue que los estudios realizados en poblaciones similares parecían contradecirse entre sí, simplemente porque midieron cosas diferentes sin saberlo.

El equipo de Bresser desarrolló un cuestionario de 27 ítems capaz de detectar los siete perfiles simultáneamente. Posteriormente, un instrumento se validó en una segunda muestra de 592 personas, lo que confirmó su solidez, según explicó Bresser.

En lugar de tener que buscar la combinación correcta de cuestionarios, los investigadores ahora pueden utilizar esta herramienta para mapear la hiperactivación de manera mucho más fácil y completa.

Algunos laboratorios del sueño ya lo utilizan. El impacto práctico no es secundario. Si un paciente llega con insomnio, es posible que también tenga una predisposición latente a la ansiedad o un trastorno traumático, sin que nadie lo haya identificado aún. Reconocer qué forma de tensión está más activa en ese momento puede ayudar al médico a comprender qué es lo que realmente alimenta los síntomas, incluso antes de que se estructure un cuadro diagnóstico definido.

La investigación abre entonces un escenario interesante a nivel neurobiológico. Los diferentes sistemas cerebrales (aquellos que regulan la respuesta a las amenazas, la atención, el sueño y las señales corporales) funcionan de forma independiente. Es posible, según Bresser, que cada uno de los siete perfiles corresponda a la activación de distintos circuitos. La consecuencia sería relevante: en lugar de tratar la tensión como un objetivo único, las terapias podrían centrarse en el patrón específico que impulsa los síntomas de esa persona en ese momento.

Una última indicación se refiere a las grandes bases de datos epidemiológicas. El análisis mostró que los datos del Biobanco del Reino Unido (más de 500.000 sujetos) permiten estimar tres de los siete perfiles: ansioso, irritable y relacionado con el sueño. Esto allana el camino para estudios a gran escala que relacionen los patrones de tensión con datos genéticos, neuroimágenes y resultados de salud a largo plazo.

Los autores reconocen algunas limitaciones: la muestra principal era predominantemente femenina y de mayor edad, el reclutamiento se realizó a través de un registro del sueño, que puede haber atraído a personas con dificultades de sueño existentes, y las mediciones se basan en autoinformes, no en datos fisiológicos objetivos. Las investigaciones futuras deberán incluir muestras más jóvenes y equilibradas, con medidas como la frecuencia cardíaca o la actividad cerebral.

Pese a ello, el estudio invierte algo fundamental: ya no se trata de entender qué tan mala es una persona, sino en qué forma lo es. Una distinción que, a la larga, podría cambiar tanto el diagnóstico como el tratamiento.