Hay una soledad que no se puede ver. No hace ruido, no ocupa las portadas, pero indaga en su interior. Es lo que sientes cuando te sientes solo a pesar de vivir entre otros. Y afecta a una de cada cinco personas.
En España el Gobierno ha decidido tomárselo en serio. El Consejo de Ministros ha aprobado el Marco Estratégico Estatal sobre la Soledad (2026-2030), una estrategia nacional para reconocer y combatir todas las formas de soledad no deseada. Un plan verdaderamente transversal que involucre a ministerios, autoridades locales, el mundo académico y el Tercer Sector para reconstruir vínculos, redes y comunidades.
La idea subyacente es simple y poderosa: la soledad no es sólo una cuestión privada, sino una cuestión social. Por ello, la estrategia pretende integrar políticas públicas a nivel estatal, regional y local, creando herramientas estables de participación y un sistema de seguimiento para medir y prevenir el aislamiento.
Entre las acciones previstas:
No dejaremos a nadie solo – declaró el ministro Pablo Bustinduy, reivindicando la necesidad de defender un modelo de cohesión y solidaridad frente a una sociedad cada vez más individualista y fragmentada.
Un mensaje claro: cuidar los vínculos es una opción política.
¿Y en Italia?
También aquí crecen el aislamiento social, la fragilidad psicológica, los ancianos que viven solos, los jóvenes encerrados en habitaciones reales o virtuales, los espacios internos que se vacían. La soledad pesa sobre la salud, aumenta el riesgo de depresión y enfermedades crónicas y debilita el tejido democrático.
Si España ha optado por abordarlo con una estrategia nacional, ¿por qué no hacerlo aquí también? ¿Por qué no reconocer que sentirse parte de una comunidad no es un lujo, sino un derecho?