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Las 10 frases que seguimos diciéndoles (de buena fe) a nuestros hijos, que inevitablemente acaban hiriéndoles

A menudo sucede que, en un intento de consolar a un niño, un padre utiliza palabras que parecen tranquilizadoras pero que, en realidad, terminan negando lo que el niño está sintiendo. Según la terapeuta infantil Kelsey Mora, los niños tienen una profunda necesidad de ser vistos y escuchados. Sin embargo, incluso las expresiones más afectuosas, si están mal calibradas, pueden enseñarles a dudar de sus propias emociones.

Esto no sucede por falta de amor, sino por un mecanismo instintivo muy extendido entre los adultos: el deseo de resolver rápidamente un malestar emocional, de calmar inmediatamente un llanto o una explosión de ira. Pero cuando determinadas frases se repiten en el tiempo, el mensaje que llega al niño es que sus sentimientos no son los correctos, o incluso que debe reprimirlos para sentirse amado.

Un estudio publicado en 2002 en la revista Abuso y negligencia infantil de Elizabeth Krause, Tamar Mendelson y Thomas Lynch destacaron que crecer en un entorno donde las emociones se invalidan sistemáticamente puede conducir, en la edad adulta, al desarrollo de una inhibición emocional crónica. Esto significa que el sujeto tenderá a reprimir lo que siente, con importantes consecuencias sobre la ansiedad, la depresión y la salud psicológica.

Diez frases comunes que parecen inofensivas, pero no lo son

Las siguientes frases se encuentran entre las más repetidas por los padres. A menudo se pronuncian de buena fe, con la intención de tranquilizar. Sin embargo, pueden tener el efecto contrario.

  1. “Estás bien.”
    Puede parecer una forma de calmarse, pero muchas veces equivale a negar lo que el niño siente. Una respuesta más empática podría ser: “Entiendo que duele, pero estás a salvo”, lo que reconoce la emoción sin dramatizarla.
  2. “No es gran cosa”.
    Cambie el tamaño de lo que el niño está experimentando. Incluso una pequeña frustración puede resultar enorme para él. Mejor decir: “Te parece difícil, ¿quieres contarme cómo te sientes?”
  3. “No llores”.
    Llorar no es un signo de debilidad, sino una forma de procesar las emociones. Reemplazarlo con “Está bien llorar, estoy aquí contigo” ayuda al niño a.
  4. “No te enojes”.
    La ira es una de las emociones fundamentales, no un error que deba corregirse. Decir “entiendo que estés enojado” promueve una gestión saludable de lo que sientes.
  5. “Hay quienes están en peor situación”.
    Una invitación implícita a no quejarse, pero el resultado es que el niño se siente mal por sentir dolor. La gratitud no surge de la comparación, sino del respeto por lo que sientes.
  6. “Todos los demás están bien”.
    Empuja al niño a cuestionar su propia sensibilidad. Es más útil recordarle que “cada uno percibe las cosas de manera diferente”, normalizando así su experiencia.
  7. “Hay que ser fuerte”.
    Detrás de este estímulo se esconde la idea de que la fuerza coincide con la ausencia de emociones visibles. En realidad, aceptar la vulnerabilidad es parte del crecimiento.
  8. “Deja de ser tan bebé”.
    Es una frase humillante, que hace que el niño se avergüence de quién es. Cada emoción debe ser respetada, porque es parte de su proceso de desarrollo.
  9. “No hay nada que temer”.
    Decir que el miedo es infundado. Una respuesta más útil es: “Entiendo que tengas miedo. Estoy aquí contigo, afrontémoslo juntos”.
  10. “Te enojas por nada”.
    Una frase que minimiza e invalida por completo la experiencia del niño. Incluso si el adulto no comprende el motivo del enojo, para el niño ese sentimiento es real y debe ser respetado.

Validar las emociones de tus hijos no significa malcriarlos

A menudo tememos que acoger las emociones de los niños pueda significar “complacerlos” o hacerlos más frágiles. Pero ocurre todo lo contrario: reconocer lo que sienten les enseña a poner nombre a sus sentimientos, desarrollando lo que los psicólogos llaman inteligencia emocional.

Numerosos estudios demuestran que los niños que aprenden a reconocer y gestionar las emociones se convierten en adultos más resilientes, menos ansiosos y más competentes socialmente. No hace falta ser padres perfectos, sino padres atentos: esos que se detienen antes de decir “no es nada” y eligen escuchar de verdad.

A veces, una mirada, una pausa, una frase diferente basta para decir: “Lo que sientes es importante. Yo estoy contigo”.