Mientras seguimos preocupándonos por los microplásticos en los alimentos y el agua, un equipo de investigadores internacionales ha descubierto una ruta de contaminación aún más directa y preocupante, la que pasa a través de los goteos hospitalarios. El estudio, publicado en la revista científica Medio ambiente y saludanalizó las bolsas de infusión intravenosa utilizadas habitualmente en los hospitales y reveló un problema que había permanecido en la sombra durante décadas.
Ya en la década de 1970, los investigadores habían notado partículas sólidas extrañas en las soluciones de las bolsas intravenosas, pero no podían identificarlas con certeza. Hoy, gracias a técnicas analíticas avanzadas como la espectroscopía Raman y la microscopía electrónica de barrido, por fin sabemos qué eran: los microplásticos de polipropileno, el material con el que se fabrican las propias bolsas.
El equipo dirigido por el profesor Liwu Zhang de la Universidad de Fudan analizó frascos de infusión de dos marcas diferentes, simulando condiciones reales de uso hospitalario en el laboratorio. Los resultados mostraron que cada litro de solución puede contener alrededor de 7.500 partículas de microplásticos, con tamaños que oscilan entre 1 y 62 micrómetros.
¿Cuántos microplásticos pueden acabar en la sangre de los pacientes?
Las cifras son aleccionadoras. Una sola bolsa de 250 mililitros puede liberar miles de partículas de plástico al torrente sanguíneo. Pero el panorama se vuelve aún más preocupante en algunas situaciones clínicas específicas.
En caso de deshidratación grave, por ejemplo, un paciente puede recibir en total entre 31.500 y 42.000 partículas de plástico. Durante la cirugía abdominal, cuando se administran hasta 7 litros de líquido, la exposición puede llegar a aproximadamente 52.500 partículas. Y para los pacientes hospitalizados que necesitan mantener el equilibrio de líquidos, la ingesta diaria estimada oscila entre 24.375 y 30.000 partículas diarias.
Cifras que nos ayudan a comprender la magnitud del fenómeno y nos hacen reflexionar sobre el impacto que estas exposiciones repetidas pueden tener en nuestra salud.
Lo que hace que el panorama sea aún más inquietante es el tamaño de estas partículas. Aproximadamente el 90% se encuentran en un rango entre 1 y 20 micrómetros y, de ellos, hasta el 60% miden entre 1 y 10 micrómetros: dimensiones que les permiten atravesar los capilares y potencialmente depositarse en los órganos. Un detalle que refuerza las preocupaciones sobre los efectos a largo plazo de estas exposiciones invisibles.
Los riesgos para la salud no deben subestimarse
Los microplásticos en la sangre no son un problema teórico. Estudios recientes han demostrado que estas partículas pueden desencadenar respuestas inflamatorias, estrés oxidativo y muerte celular. Se han encontrado en la placa aterosclerótica de las arterias carótidas, en trombos y en diversos órganos como el hígado, los pulmones, los riñones y el bazo.
La investigación citada en el estudio reveló que los pacientes con polímeros en placas arteriales tenían un riesgo 4,5 veces mayor de sufrir eventos fatales en el transcurso de 34 meses de seguimiento. Otros estudios han documentado casos de complicaciones pulmonares, formación de coágulos y disfunción orgánica relacionados con la presencia de partículas en las infusiones.
Por si fuera poco, los microplásticos pueden hacer que las bacterias sean resistentes a los antibióticos, aumentando el riesgo de infecciones cada vez más difíciles de tratar.
¿Qué se puede hacer?
Los investigadores proponen varias soluciones para reducir este riesgo:
Es paradójico pensar que los procedimientos médicos destinados a curar puedan introducir en nuestro organismo sustancias potencialmente nocivas. Los microplásticos ahora nos rodean, inhalamos e ingerimos alrededor de medio kilogramo de ellos al año y se han encontrado en todos los órganos y tejidos humanos analizados.
Pero saber que pueden ingresar directamente a la sangre a través de vías intravenosas hace que sea aún más urgente abordar el problema.