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No se clasifica para los Juegos Olímpicos por sólo 2 centavos, pero la verdadera medalla es la bienvenida de sus alumnos (y su dulce mensaje).

A veces el deporte se decide en un abrir y cerrar de ojos. Para Martina Favaretto, 31 años, atleta de la selección nacional femenina de trineo y profesora de educación física en la provincia de Venecia, esa respiración fue de apenas dos centésimas de segundo. Una distancia microscópica, casi invisible, que la mantuvo fuera de los Juegos Olímpicos Milán-Cortina 2026.

Ni dos segundos, ni dos décimas: una fracción de tiempo que sobre el hielo equivale a unos pocos centímetros. Sin embargo, lo suficiente como para extinguir el sueño olímpico. Favaretto había preparado esa selección como se prepara para un examen decisivo: entrenamiento de madrugada, viajes, equilibrio constante entre el gimnasio y el registro electrónico. La pista emitió su veredicto de manera implacable. Cronómetro en mano, el billete para los Juegos ha desaparecido por un margen que se puede medir en un abrir y cerrar de ojos.

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La vuelta a clases y la sorpresa

Pero como sabemos, lo mejor está por llegar. Y lo mejor para ella no sucedió en una pista de hielo sino en la escuela. Al día siguiente de la selección, Martina regresó al gimnasio lista para retomar las clases. Esperándola no solo estaban los estudiantes curiosos por saber cómo les fue. Había un cartel colorido, lleno de firmas, con una frase que vale más que cualquier medalla:

Para nosotros ella siempre será la profesora más rápida del mundo. Nos importan un carajo los dos centavos.

Un gesto simple pero muy poderoso. Aplausos, abrazos, ojos brillantes. “lloré con ellos“, dijo, explicando que eran lágrimas de agradecimiento. En ese aula, la decepción deportiva se transformó en algo diferente: una confirmación del vínculo construido a lo largo de los años, entre lecciones, torneos escolares e historias de competencias internacionales.

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Deporte y enseñanza, una misma carrera

La historia de Martina Favaretto reúne dos mundos que rara vez se superponen tan intensamente: la competición de alto nivel y la escuela. Profesor de día, deportista de noche; entre un programa educativo y un comienzo en el hielo.

Explicó a sus alumnos el valor del deporte. Qué sacrificio, pasión y disciplina quedan incluso cuando el resultado no llega. Y que perder por dos céntimos no significa haber fracasado, sino haber luchado hasta el último milímetro.

Y si desgraciadamente el éxito a menudo se mide sólo con medallas, su historia cuenta algo más: la fuerza para levantarse, para volver a trabajar al día siguiente, para transformar la falta de cualificación en una lección de vida. Martina no estará en los Juegos Milán-Cortina. Pero para decenas de niños que la escuchan y la siguen cada semana, ella ya ganó.