Nuestro cuerpo es un pequeño ecosistema: miles de millones de microbios, bacterias y virus conviven con nosotros cada día, ayudándonos a hacer la digestión, defendernos de infecciones e incluso mantener estable nuestro estado de ánimo.
Sin embargo, en esta vida abundante, los científicos han encontrado algo completamente nuevo: diminutas moléculas circulares de ARN que no se parecen a nada conocido anteriormente.
Estos misteriosos fragmentos no son virus, ni bacterias, ni viroides de plantas. Soy un poco de todo y un poco de nada. Los estudiosos los han llamado “obeliscos”, quizás debido a su forma alargada y compacta, como una delgada columna de información genética. El descubrimiento, publicado en la revista Celúlaha dejado boquiabierta a la comunidad científica: en el sentido literal del término, ya que es precisamente en la boca donde estos seres invisibles parecen más numerosos.
Pequeño, circular e inteligente
Los obeliscos son pequeñas moléculas de ARN de aproximadamente mil bases genéticas de largo. Cuando se “leen” y se modelan en la computadora, toman forma de palo o palo de mando, una estructura repetitiva y simétrica que se asemeja a ciertos patógenos vegetales conocidos como viroides.
Pero hay un detalle que los hace aún más interesantes: unos obeliscos codifican una proteína, rebautizada con un nombre digno de una novela fantástica: Oblin. Esta característica los distingue claramente de los viroides, que no codifican proteínas. Es como si estas nuevas entidades vivieran a medio camino entre un virus y una célula, en una zona gris de la biología que antes habíamos ignorado.
Los científicos no los identificaron con un microscopio, sino mediante algoritmos de inteligencia artificial aplicados a enormes bases de datos de ARN tomado de muestras humanas. Buscaron dos señales: la “unión” que revela una molécula circular y un pliegue en forma de barra predicho por los modelos de plegamiento del ARN. Cuando ambas condiciones aparecieron juntas, ahí estaba el obelisco.
¿Y sabes dónde se escondían la mayor cantidad de estas extrañas entidades? En el microbioma oral, el mundo invisible que habita nuestra boca, entre la saliva y bacterias como Estreptococo sanguinis.
Los obeliscos viven en la boca y quizás se reproduzcan por sí solos.
Los análisis muestran que los obeliscos no son una anomalía pasajera: pueden permanecer estables en la boca de una persona durante meses, como si encontraran allí su hábitat ideal.
Y algunos traen un detalle que parece sacado de una película de ciencia ficción: un “martillo con cabeza de ribozima”, una secuencia capaz de cortarse y repararse a sí misma. En pocas palabras, un trozo de ARN que se replica a sí mismo, sin necesidad de enzimas o proteínas externas. Un sistema primitivo e ingenioso que, al fin y al cabo, recuerda la forma en que pudieron formarse las primeras moléculas de la vida en la Tierra.
No todos los obeliscos tienen esta “herramienta integrada”, pero su presencia constante en las bacterias orales sugiere una relación simbiótica: no parecen causar enfermedades, pero conviven pacíficamente con nosotros y con nuestra flora bacteriana.
Los obeliscos desafían nuestras definiciones. No son virus, no son bacterias, ni siquiera son organismos en el sentido clásico del término. Pero están vivos, o al menos actúan como tal.
Pueden replicarse, adaptarse, interactuar con células bacterianas y resistir en el tiempo.
En resumen, una nueva categoría de entidades biológicas hasta ahora invisibles para nuestros instrumentos.
Los expertos aún no han descubierto si estos microARN afectan la salud humana, pero su descubrimiento abre una puerta fascinante: nuestro cuerpo podría ser una casa mucho más poblada y compleja de lo que imaginábamos.