El comercio internacional de pescado no sólo mueve toneladas de alimentos de un continente a otro, sino que también contribuye a trasladar un riesgo invisible, el vinculado a los PFAS, los llamados químicos eternos. Así lo demuestra un nuevo estudio publicado en Cienciaque reconstruyó por primera vez un mapa global de exposición a estas sustancias a través del consumo de pescado marino.
Los Pfas – recordemos – son compuestos químicos extremadamente persistentes, utilizados desde hace décadas en numerosos procesos industriales y productos cotidianos. Precisamente porque no se degradan fácilmente, acaban acumulándose en los ecosistemas y organismos vivos, incluidos los peces. Y cuando el pescado viaja, también lo hacen los contaminantes que finalmente terminan en nuestras mesas.
el estudio
El trabajo, coordinado por Wenhui Qiu de Universidad del Sur de Ciencia y Tecnología de Shenzhen, junto con un gran equipo internacional, utilizó un enfoque innovador: combinar datos ambientales recopilados en más de 3.100 sitios diferentes entre 2010 y 2021 con información sobre las rutas comerciales de pescado y el consumo de alimentos de 44 países.
El objetivo era calcular lo que se llama “ingesta diaria estimada” (IDE), es decir, cuánto ingiere en promedio cada habitante de un determinado país a través del pescado que consume, tanto el capturado en sus propias aguas como el importado del exterior.
Los investigadores estimaron la presencia de Pfas en 212 especies de peces marinos de consumo común, centrándose en dos compuestos específicos (Pfoa y Pfos) que representan los contaminantes detectados con mayor frecuencia. El resultado es una instantánea detallada no sólo de dónde la contaminación es mayor, sino, más importante aún, de cómo se “redistribuye” la exposición humana a estas sustancias a través de los flujos mundiales del comercio pesquero.
Según el estudio, el riesgo de exposición a PFAS a través del consumo de pescado es mayor en América del Norte, Oceanía y Europa. Pero es precisamente Europa la que emerge como uno de los principales centros de este sistema.
El comercio pesquero europeo, explican los autores, contribuye significativamente a trasladar pescado de zonas más contaminadas a regiones que, desde un punto de vista medioambiental, estarían menos expuestas. En la práctica, el mercado global garantiza que el riesgo no quede confinado donde la contaminación es mayor, sino que se “exporte” a otros lugares.
Uno de los aspectos más innovadores del estudio es precisamente la atención al papel del comercio internacional. No se trata sólo de dónde se captura el pescado, sino también de dónde se consume. Los países con aguas relativamente menos contaminadas pueden enfrentar una mayor exposición simplemente porque importan grandes cantidades de pescado.
los riesgos
Como ya se ha mencionado, el estudio se centró en particular en dos Pfas de cadena larga: el Pfoa (ácido perfluorooctanoico) y el Pfos (sulfonato de perfluorooctano). Ambos están asociados, según la literatura científica, con efectos negativos para la salud, entre ellos alteraciones hormonales, problemas del sistema inmunológico y mayor riesgo de padecer determinadas enfermedades.
La buena noticia es que, tras las restricciones introducidas a partir de 2009, el índice de riesgo relacionado con el Pfos ha disminuido una media del 72%. Sin embargo, las PFA de cadena larga no reguladas siguen siendo motivo de preocupación, especialmente dada su capacidad de acumularse con el tiempo.
Sin embargo, en la mayoría de los países examinados, el índice de riesgo permanece por debajo del umbral de uno, el valor por encima del cual son necesarias intervenciones específicas. Las excepciones más importantes se refieren a Groenlandia y Dinamarca, donde la superación del umbral está relacionada principalmente con los hábitos alimentarios; De hecho, el consumo de pescado per cápita en estas zonas es especialmente elevado.
Evidentemente, surge una correlación directa entre la cantidad de pescado consumido y el índice de riesgo: cuanto más se come, mayor es la exposición. No es casualidad que los valores más altos se registren en los países nórdicos, que sin embargo también se encuentran en las zonas geográficamente más cercanas a las zonas donde históricamente se ha concentrado la producción industrial de Pfas.
Es importante señalar que la investigación no invita a demonizar el pescado, un alimento precioso desde el punto de vista nutricional, sino que pone de relieve una realidad a menudo ignorada: la contaminación no conoce fronteras y sigue las mismas rutas que el comercio mundial.
¿De dónde vienen las PFAS y qué se debe hacer?
La principal vía de entrada de las Pfas a los ecosistemas marinos, explican los investigadores, es el agua dulce: los ríos y lagos recogen los residuos de las plantas industriales y de las redes hídricas, concentrando las sustancias antes de que lleguen al mar. El problema se agrava por el hecho de que en las vías navegables interiores el recambio es mucho más lento que en los océanos, lo que favorece la acumulación.
La proximidad a determinadas fuentes de contaminación también marca la diferencia. Las concentraciones en aguas costeras son mayores cuando hay fábricas cercanas que producen o utilizan PFAS, o instalaciones que liberan grandes cantidades del mismo, como algunas bases militares.
Reducir la exposición a las Pfas, explican los investigadores, no significa sólo intervenir en el consumo individual, sino sobre todo limitar las fuentes de contaminación, reforzar los controles y adoptar un enfoque más ambicioso en la regulación de estas sustancias.
Porque mientras se sigan produciendo y liberando al medio ambiente “sustancias químicas eternas”, también seguirán acabando –silenciosamente– en los mares y en las placas de todo el mundo.