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¿Por qué el cerebro guarda ciertos recuerdos y olvida otros? La respuesta te sorprenderá

¿Alguna vez has recordado claramente un detalle trivial, como una ardilla vista desde lejos, mientras ya olvidaste lo que comiste ayer? No eres extraño: es tu cerebro el que elige qué conservar y qué dejar ir. Una nueva investigación explica por qué.

Durante un viaje en coche por New Hampshire, Chenyang “Leo” Lin, un joven neurocientífico de la Universidad de Boston, notó algunas ardillas en los árboles. Una escena normal, pero la recordaba claramente. Ese detalle le llamó tanto la atención que inspiró un estudio sobre el funcionamiento de la memoria, publicado hoy en la revista Avances científicos. El cerebro, sin embargo, “protege” ciertos recuerdos más que otros, especialmente si están cercanos a experiencias emocionales. Pero la emoción no es suficiente: también se necesita una conexión conceptual entre los acontecimientos.

No recordamos todo

Lin creció en una ciudad del sur de China, donde las ardillas y los bosques no formaban parte del paisaje. Ese detalle inusual se quedó grabado, y no por casualidad. Según él y el profesor Robert Reinhart, que coordinó el estudio, las emociones pueden fortalecer incluso los recuerdos neutrales, pero sólo si tienen algo en común con el evento emocional.

¿Alguna vez has recibido noticias importantes? ¿Recuerdas qué música sonaba de fondo o dónde estabas? Probablemente sí. Esto sucede porque las emociones funcionan como “pegamento de la memoria” y pueden hacer más estable incluso lo que, por sí solo, no habría quedado grabado.

Para comprender mejor el mecanismo, los investigadores realizaron diez experimentos con 648 personas. Cada participante vio una serie de imágenes -algunas de animales, otras de objetos- seguidas de una pequeña recompensa (dinero) o una suave descarga eléctrica. Al día siguiente, sin previo aviso, les preguntaron qué recordaban.

¿El resultado? Los momentos emotivos reforzaron los recuerdos de lo que pasó inmediatamente después, pero también –y sólo en ciertos casos– de lo que pasó poco antes. El cerebro parece funcionar con lo que los científicos llaman lógica selectiva mejora de la memoria retroactiva.

Pero hay un detalle clave: para que un recuerdo neutral se salve, debe parecerse al emocional, ya sea en forma o categoría. En la práctica, ver un bisonte también podría reparar el recuerdo de un conejo recién vislumbrado, pero no el de un destornillador o una taza.

Los recuerdos frágiles son los que más ayuda necesitan

Este descubrimiento está vinculado a una teoría llamada etiquetado conductual: Cuando tenemos una experiencia débil pero significativa, el cerebro le asigna un “marcador” temporal. Si poco después sucede algo emocionalmente fuerte, ya sea positivo o negativo, y los dos eventos son conceptualmente similares, el cerebro usa esa energía para solidificar incluso el recuerdo más frágil.

Pero ojo: no todos los recuerdos funcionan de la misma manera. En el estudio, las imágenes de animales –más difíciles de recordar, pero más atractivas emocionalmente– fueron las que más se beneficiaron de este “efecto rescate”. Las imágenes de herramientas, en cambio, eran más fáciles de recordar por sí solas, sin necesidad de emociones.

Esto significa que el cerebro elige inteligentemente: refuerza lo que correría el riesgo de perder, si lo considera relevante. Un mecanismo que, desde un punto de vista evolutivo, tiene sentido: recordar la ruta que tomaste para escapar de un peligro, o el animal que te asustó, puede marcar la diferencia entre sobrevivir o no.

Aplicaciones prácticas: educación, memoria y gestión del trauma.

Estos descubrimientos también podrían tener efectos concretos en la vida cotidiana. En la escuela, por ejemplo, conectar nociones difíciles con contenido emocionalmente atractivo (una historia, una experiencia, un juego) podría ayudar a los estudiantes a recordar mejor.

Incluso al cuidar a personas con demencia, el uso de imágenes o sonidos significativos podría hacer que los recuerdos importantes de la vida cotidiana sean más estables. Asimismo, en un entorno clínico, este mecanismo podría utilizarse para “desactivar” recuerdos traumáticos, evitando que el cerebro los refuerce involuntariamente.

Por supuesto, existen límites. Los experimentos se desarrollaron en el laboratorio, con imágenes sencillas y situaciones controladas. La memoria en la vida real es más compleja. Los investigadores ahora esperan utilizar herramientas como la resonancia magnética para observar lo que sucede en el cerebro a medida que se activan estos mecanismos.

Una última nota interesante: para medir qué tan similares eran los recuerdos entre sí, los investigadores también utilizaron inteligencia artificial. Una red neuronal analizó las imágenes para comprender cuánta similitud visual y conceptual había entre los estímulos. Cuanto más similares eran dos imágenes, más fuerte era el efecto memoria.

En la práctica, no recordamos todo, pero recordamos mejor lo que parece algo emocionalmente relevante. Nuestro cerebro.