El SIDA todavía existe y las cifras hablan por sí solas. En 2024, se registraron 2.379 nuevos diagnósticos de VIH en Italia, una cifra casi estable en comparación con el año anterior. Pero lo preocupante es otra cosa: según datos del Istituto Superiore di Sanità, el 60% de las personas descubren la infección en una fase avanzada, cuando el virus VIH ya ha comprometido el sistema inmunológico.
Y casi un nuevo diagnóstico de cada cinco afecta a niños menores de 20 años. A cinco años del objetivo fijado por las Naciones Unidas (detener la epidemia de VIH/SIDA para 2030), todavía estamos lejos.
El problema no es la falta de herramientas: hay pruebas rápidas, PrEP (profilaxis preexposición) y PEP (postexposición), terapias efectivas y hoy también inyectables de larga duración. El verdadero quid de la cuestión reside en el hecho de que.
¿Por qué no funciona la prevención? La sombra de los prejuicios
En definitiva, en Italia la prevención no puede resistir el impacto de la realidad. ¿Por qué? Porque el estigma sigue moldeando la percepción pública.
El VIH sigue asociado a conductas marginales, a determinadas identidades u orientaciones, como si fuera un problema de “otros”. El virus, sin embargo, ataca donde falta información y donde prevalece la creencia de que “a mí no me puede pasar”. Y es en este espacio donde se insinúa: en ausencia de conciencia, en silencio.
El estigma no sólo afecta a la persona que recibe el diagnóstico, empujándola a esconderse. Actúa primero, impidiéndole realizar una prueba, pedir ayuda, obtener información. es preferido No saber, por miedo a lo que pueda surgir. Y casi sólo se habla de ello el 1 de diciembre, como si fuera un tema de calendario y no de salud diaria. Este silencio es también una forma de juicio.
Invertir en prevención significa garantizar el acceso universal a las pruebas, una verdadera educación sexual en las escuelas y campañas de información no moralistas. Pero también significa dar un paso cultural: separar la enfermedad del juicio moral. Una persona con VIH es una persona, no una etiqueta. Y hoy, gracias a las terapias, quienes reciben tratamiento con una carga viral indetectable no transmiten la infección. Un hecho revolucionario que debería estar en el centro de la comunicación pública, pero que aún es poco conocido.
Si realmente queremos cambiar de dirección para 2030 -el objetivo fijado por las Naciones Unidas para poner fin al VIH como emergencia sanitaria- debemos empezar desde aquí: reconocer que no es la falta de disponibilidad de herramientas lo que frena la prevención, sino las barreras culturales que las mantienen alejadas de las personas. El virus se puede combatir con medicamentos y diagnóstico temprano, pero sólo se podrá derrotar cuando el estigma deje de tener voz.