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Si hoy no te sientes tan feliz como Instagram, no te preocupes: es Navidad

Siempre hay un momento, en diciembre, en el que sucede. No importa lo equilibrado, consciente o “vacunado” que estés contra las redes sociales: abres casi sin pensar y, en pocos minutos, te encuentras inmerso en una secuencia ordenada de sonrisas, mesas puestas con buen gusto, familias aparentemente armoniosas y atmósferas tan perfectas que parecen un poco irreales.

Mientras tanto, tú estás en el sofá, quizás incluso sereno, pero no atravesado por ese entusiasmo cinematográfico que parece invadir a todos los demás. Estás bien, sí, pero no. Como esto. Y sin siquiera darnos cuenta, comienza a surgir una pregunta sutil, nunca demasiado explícita, pero sí insistente: ¿Es posible que en Navidad no pueda sentirme como debería?

Cuando no es tristeza, sino una simple comparación social trabajando en segundo plano.

La cuestión es que, muy a menudo, no se trata de tristeza real. No necesariamente hay un dolor definido o un evento negativo. Más bien se trata de una comparación continua, silenciosa, casi automática, que se activa sin pedir permiso.

La psicología social lleva tiempo explicándolo: compararnos con los demás es una necesidad humana básica. León Festinger, ya en los años cincuenta, hablaba de la comparación social como una herramienta que utilizamos para orientarnos, para comprender si “lo estamos haciendo bien”, si somos adecuados, si estamos en línea. En Navidad, sin embargo, este mecanismo no se limita a comparar vidas: compara emociones.

Y lo hace en una época en la que existe una fuerte expectativa cultural según la cual uno debe sentirse feliz, agradecido, unido, posiblemente incluso un poco conmovido, pero de la manera adecuada.

La Navidad y la paradoja de la felicidad.

Un reciente estudio de psicología social, publicado en noviembre de 2025 y realizado por investigadores del área UniSR-Social.Lab, se centra precisamente en este punto y lo define sin pelos en la lengua: paradoja de la felicidad navideña.

La paradoja surge así: cuanto más insiste una sociedad en la idea de que un determinado período debe ser feliz, más aumenta la probabilidad de que muchas personas se sientan inadecuadas cuando esa felicidad no llega, o llega en formas diferentes a las esperadas.

Los investigadores explican que las redes sociales no crean comparación social, sino que la amplifican y la hacen constante, especialmente durante las vacaciones. De hecho, en Navidad, las plataformas se llenan de imágenes que muestran sólo lo que funciona: momentos exitosos, relaciones pacíficas, intimidades bien cuidadas. Este tipo de exposición favorece lo que en psicología se llama comparación social ascendente, es decir, la tendencia a compararse con aquellos que parecen más felices, más satisfechos, más “buenos”.

Lo interesante es que esta comparación no es deliberada. No nos sentamos a pensar “ahora me estoy comparando con los demás”. Simplemente sucede porque el cerebro humano está hecho de esa manera.

Porque la comparación navideña casi siempre está distorsionada

El problema no es en sí mismo, sino la forma en que lo utilizamos como criterio. Las redes sociales funcionan como un escaparate: muestran una selección certera de la realidad, no toda. Nadie miente abiertamente, pero casi nadie habla de la complejidad. No vemos las discusiones antes de la cena, los silencios después, el cansancio acumulado, las relaciones que funcionan “día por medio”. Veamos el mejor fragmento, el compartible, el que encaja perfectamente en la idea colectiva de una “Navidad exitosa”.

Y así, mientras observamos esas imágenes, terminamos comparando nuestra experiencia completa, compuesta de emociones encontradas y contradictorias, con un collage de momentos seleccionados. El resultado es casi siempre el mismo: un vago sentimiento de carencia, incluso cuando no falta nada concreto.

El estudio también destaca otro aspecto fundamental: la Navidad no es sólo una celebración, sino una norma emocional. No sólo nos dice qué hacer, sino que también sugiere cómo deberíamos sentirnos. Felices, reconciliados, agradecidos, posiblemente en paz con el pasado y con quienes nos rodean. Cuando estas emociones no surgen espontáneamente, muchas personas no las leen como una simple variación de la experiencia humana, sino como un error personal. Y ahí es donde surge el malestar, no tanto por la emoción en sí, sino por el juicio que le aplicamos.

Una auténtica Navidad está hecha de emociones que no caben todas en la misma foto

La verdad, poco instagrameable, es que la verdadera Navidad muchas veces está hecha de emociones que conviven sin pedir permiso: cariño y cansancio, presencia y nostalgia, momentos bonitos y otros simplemente soportables. No es un fracaso, es una condición humana normal.

Entender cómo funciona la comparación social no se trata de “dejar de comparar”, sino de hacerlo con un poco más de claridad. Sirve como recordatorio de que lo que vemos en línea no es una medida de nuestro valor o de la calidad de nuestras relaciones. Si no te sientes tan feliz como Instagram hoy, entonces… Estás viviendo lo tuyo, sin filtros, sin editar y sin tener que demostrar nada a nadie.