El corazón aprieta, empuja y deforma su tejido con cada latido. Podría ser un lugar muy incómodo para una célula cancerosa. Un estudio publicado en Ciencia Descubrió que la carga mecánica producida por la contracción, la presión y el paso de la sangre puede frenar la proliferación de células cancerosas en el miocardio. Cuando este estrés disminuye, las células comienzan a multiplicarse más rápidamente. Por tanto, los latidos del corazón, además de mantenernos vivos, podrían ser una de las razones por las que el cáncer de corazón es tan raro.
Los tumores que surgen directamente en el corazón ya representan una excepción clínica. Grandes series de autopsias estiman una frecuencia de alrededor del 0,02% y los datos también incluyen formaciones benignas como los mixomas. Por tanto, los tumores cardíacos primarios malignos son aún más raros. Lo más frecuente es que lleguen al corazón metástasis procedentes de otros órganos, aunque son menos frecuentes de lo que podría sugerir su densa red de vasos sanguíneos.
El corazón es terreno difícil para el cáncer
La explicación más conocida hasta ahora se refería al recambio celular. Los cardiomiocitos, las células musculares responsables de la contracción, reducen drásticamente su capacidad de dividirse después del nacimiento. Menos divisiones también significan menos oportunidades de acumular errores genéticos que pueden favorecer la aparición de un tumor.
Un estudio basado en la cantidad de carbono 14 presente en el ADN estimó que, en los seres humanos, el recambio de cardiomiocitos cae de aproximadamente el 1% anual a los 25 años al 0,45% a los 75 años. Menos de la mitad de ellos son reemplazados a lo largo de la vida. El corazón retiene sus células durante mucho tiempo y, cuando se daña, tiende a cerrar la herida con una cicatriz en lugar de reconstruir el músculo completamente funcional. Una solución robusta, siempre que nadie le pida que se regenere con entusiasmo.
Esta lentitud, sin embargo, explicó sólo una parte de la historia. Las células tumorales procedentes de otros órganos atraviesan continuamente el corazón junto con la sangre y podrían, al menos sobre el papel, encontrar un tejido bien perfundido en el que detenerse. Sucede mucho menos de lo esperado.
El grupo internacional coordinado por el Laboratorio de Biología Cardiovascular del Centro Internacional de Ingeniería Genética y Biotecnología de Trieste, junto con la Universidad de Trieste y el Centro de Cardiología de Monzino, observó así el papel de las fuerzas físicas que atraviesan el miocardio.
Para probar esto, los investigadores combinaron modelos de ratón, tejidos cardíacos diseñados en laboratorio y muestras de metástasis humanas raras. En sistemas experimentales sometidos a una carga cardíaca normal, las células tumorales proliferaron menos. Al reducir la presión y la tensión, se reanudó el crecimiento. El efecto se observó con células de diferentes tumores, incluidos pulmón, colon y melanoma.
La paliza cambia la forma en que se “empaqueta” el ADN
La presión no se detiene en la superficie de la célula. La señal llega al núcleo gracias a Nesprin-2, una proteína que funciona como enlace entre la estructura interna de la célula y la envoltura nuclear.
Bajo el efecto de la carga mecánica, la metilación de las histonas y la compactación de la cromatina, el material formado por ADN y proteínas almacenado en el núcleo, cambian. En términos más simples, la célula cambia la forma en que pliega su ADN: algunas regiones involucradas en la proliferación se vuelven menos accesibles y la división se ralentiza.
Cuando los investigadores desactivaron Nesprin-2 en las células tumorales, recuperaron la capacidad de crecer incluso en presencia de estrés cardíaco normal. Por tanto, la proteína parece transformar el movimiento del corazón en un mensaje biológico capaz de llegar a los genes.
El análisis de metástasis cardíacas humanas identificó cambios en la cromatina compatibles con los observados en modelos experimentales. Las muestras disponibles fueron pocas, como era de esperar ante lesiones tan raras, y esta parte del trabajo ofrece una confirmación biológica sin medir cuánto pesa el mecanismo en diferentes pacientes.
La misma protección dificulta la reparación del corazón
El descubrimiento también arroja luz sobre un compromiso inconveniente. Las fuerzas que retienen las células tumorales también ayudan a mantener inmóviles las células del corazón. El corazón gana estabilidad y cierta resistencia al cáncer, mientras pierde gran parte de su capacidad para reconstruirse después de un ataque cardíaco u otra lesión.
Los autores plantean la hipótesis de que, algún día, se podrían diseñar estímulos mecánicos controlados para frenar el crecimiento tumoral también en otros tejidos. Por ahora estamos en el campo de la investigación preclínica: faltan dispositivos, dosis y pruebas de seguridad capaces de transformar la presión ejercida sobre una célula en una terapia aplicable a las personas. El propio ICGEB precisa que el estudio no propone una aplicación clínica inmediata.
Queda una nueva explicación para un viejo enigma. El corazón es atravesado por sangre, recibe oxígeno y nutrientes y está expuesto a las células tumorales circulantes. Sin embargo, les ofrece un entorno poco acogedor, donde cada contracción llega al núcleo e invita a que la proliferación se ralentice. Al menos en el corazón, trabajar bajo presión parece tener una ventaja.