Los rayos ultravioleta que llegan a la superficie de la Tierra están aumentando en gran parte de Europa. Un nuevo estudio, que analizó los datos recopilados en 40 estaciones de monitoreo entre 2013 y 2022, muestra un crecimiento significativo en 26 ubicaciones. Y detrás de este fenómeno no se esconde un nuevo “agujero de ozono”, sino sobre todo un cambio en la forma en que la atmósfera deja pasar la radiación solar.
La investigación, publicada en Ciencias fotoquímicas y fotobiológicases uno de los mayores análisis jamás realizados sobre la tendencia de la radiación ultravioleta en el suelo en Europa.
Los científicos examinaron mediciones de 40 estaciones distribuidas en varios países europeos, integrándolas con datos de satélites. El resultado es bastante claro: 26 de 40 estaciones registraron un aumento estadísticamente significativo de la radiación UV anual, mientras que en ninguna de las ubicaciones analizadas se observó una disminución significativa.
En el período considerado, el aumento medio se situó en torno al 11% en diez años, aunque la cantidad varía mucho de unas zonas a otras. En algunos lugares el aumento alcanzó valores aún mayores.
Sin embargo, el fenómeno no afecta de la misma manera a todo el continente. Los aumentos más marcados se observaron sobre todo en Europa central y occidental, mientras que hacia el sur y el sudeste la tendencia tiende a debilitarse.
¿Qué está provocando que aumenten los rayos ultravioleta?
La principal explicación es sorprendente y muy ligada al cambio climático: en Europa cada vez hay más periodos con cielos poco nubosos. De hecho, las nubes representan una especie de filtro natural de la radiación solar. Cuando disminuyen, más radiación puede llegar al suelo.
Los investigadores encontraron una fuerte relación entre el aumento de horas de sol y el aumento de la radiación ultravioleta. En otras palabras, más horas de cielo despejado también significan una mayor exposición a los rayos ultravioleta.
Según el estudio, la disminución de la nubosidad explicaría la mayor parte del aumento observado.
También contribuye un segundo factor: la reducción de los aerosoles atmosféricos, es decir, las partículas presentes en el aire, incluidas las relacionadas con la contaminación. Con menos aerosoles, se absorbe y dispersa menos radiación solar en la atmósfera y, por tanto, una mayor parte puede llegar al suelo.
El aumento de la radiación ultravioleta observado en Europa no parece deberse a una mayor reducción de la capa de ozono. El ozono estratosférico es esencial porque absorbe gran parte de la radiación ultravioleta más dañina. Sin embargo, durante el período analizado, los autores no detectaron una disminución anual significativa del ozono en las estaciones consideradas.
En algunos lugares y en algunos meses incluso se observaron pequeños aumentos. El problema, por tanto, es sobre todo otro: la cantidad de radiación solar que consigue atravesar una atmósfera con menos nubes y menos aerosoles.
¿Y en Italia?
Italia representa un observatorio especialmente interesante porque muestra cómo el aumento de la radiación ultravioleta puede variar de una zona a otra. El estudio utilizó datos de tres estaciones italianas: Saint-Christophe, en el Valle de Aosta, gestionada por ARPA Valle d’Aosta; Roma, supervisada por la Universidad Sapienza y ENEA; y Lampedusa, donde las mediciones las realiza ENEA.
Los datos recopilados entre 2013 y 2022 muestran que el aumento de la radiación ultravioleta no es uniforme en toda Europa. Las tendencias más marcadas se observan en Europa central, mientras que tienden a atenuarse hacia el sur y el sureste y, por tanto, también a lo largo de la península italiana.
El caso de Lampedusa es particularmente interesante: a pesar de su posición sur y de la gran insolación que normalmente caracteriza a la isla, no se detectó una tendencia anual estadísticamente significativa en la radiación UV en el período analizado.
En la zona alpina de Saint-Christophe, sin embargo, la evolución de la radiación ultravioleta también se ve afectada por las características del territorio y la presencia de nieve. La superficie cubierta de nieve puede reflejar la radiación solar y aumentar su intensidad mediante el llamado efecto albedo. Por lo tanto, los cambios en la duración de la capa de nieve, relacionados con el calentamiento global, también pueden influir en los valores registrados localmente.
Sin embargo, es importante no confundir la ausencia de un aumento significativo en el tiempo con una baja exposición a los rayos UV. Incluso donde la tendencia se ha mantenido estable, como en Lampedusa, los niveles de radiación pueden ser elevados. El estudio simplemente muestra que el aumento observado en muchas otras partes de Europa no se ha producido del mismo modo en todas las zonas.
Los riesgos para la salud
El aspecto que más preocupa a los expertos es, evidentemente, el de la salud. De hecho, la radiación ultravioleta es el principal factor de riesgo ambiental para el cáncer de piel. La exposición excesiva y repetida también puede causar daño ocular y promover el envejecimiento prematuro de la piel.
Según las estimaciones del estudio, cada año se diagnostican en Europa alrededor de 150.000 nuevos casos de melanoma y se registran más de 25.000 muertes relacionadas con la enfermedad.
Los autores también intentaron estimar qué podría significar a largo plazo el aumento de la exposición registrado durante la última década a los cánceres de piel no melanoma. Dependiendo de los modelos utilizados, el aumento de la radiación UV podría traducirse en un aumento de la incidencia futura, pero se trata de una proyección estadística y no de una predicción cierta.
El aumento medio del 11% de los rayos UV registrado durante la década podría traducirse, a largo plazo, en un aumento teórico de la incidencia de cánceres de piel (no melanoma) de entre el 9% y el 59% (con un valor medio del 24%), si no cambian los hábitos de la población.
El resultado sirve sobre todo para dar la medida del problema: si la exposición aumenta y nuestros hábitos no cambian, el riesgo también puede aumentar. Por tanto, debemos protegernos incluso cuando no haga mucho calor.
De hecho, uno de los aspectos más insidiosos de los rayos UV es que no percibimos directamente su intensidad. Un día fresco o ligeramente nublado no significa necesariamente que el riesgo sea bajo. Por eso es importante fijarse en el índice UV y tomar las medidas de protección habituales cuando los valores sean elevados.
Sombrero, ropa que cubra la piel, gafas de sol y protector solar en las zonas expuestas son herramientas importantes. Aún más eficaz es evitar la exposición directa durante las horas en las que la radiación es más intensa y buscar zonas de sombra.
Se debe prestar especial atención a los niños: las quemaduras solares durante la infancia y la adolescencia representan un factor de riesgo importante para el melanoma. Los recién nacidos, por el contrario, nunca deben exponerse directamente al sol.
Necesitamos más sombra en nuestras ciudades
El estudio sugiere también una reflexión que va más allá de la protección individual. Si el cambio climático está contribuyendo a que algunas zonas de Europa sean más soleadas, la respuesta no puede confiarse únicamente a los protectores solares. La forma en que diseñamos las ciudades también puede marcar la diferencia.
Los árboles, parques, porches y otras zonas de sombra pueden ofrecer simultáneamente protección contra el calor y los rayos UV, haciendo que los espacios urbanos sean más habitables. No es casualidad que la reforestación urbana esté estrechamente vinculada a los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas: más vegetación pública significa ciudades más sostenibles, menos riesgos para la salud relacionados con la exposición al sol y estrategias de adaptación más efectivas frente a un clima cambiante.
Un tema que también concierne a la biodiversidad y la productividad agrícola, cada vez más expuestas a una mayor radiación solar. Plantar más árboles, por tanto, no es sólo una cuestión estética, es una elección que tiene que ver con la salud de todos, de los hombres y del planeta.