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Soy psicóloga y te cuento cómo sacar a nuestros hijos de sus smartphones y dispositivos

En el trabajo diario de Ray Swann, profesor universitario y experto investigador en salud mental, la pregunta que siempre vuelve es la misma: ¿cómo se protege a los niños cuando la tecnología se convierte en una presencia constante, irresistible, capaz de influir incluso en su identidad? Cada vez más niños ven el teléfono como una puerta de entrada a los amigos, a los juegos y al humor inmediato. Aquella risa espontánea que antaño acortaba las distancias entre las personas hoy parece filtrada por un display, como si el contacto real hubiera dado paso a un gesto automático en la pantalla.

Swann dice que muchos padres describen el vínculo de sus hijos con el teléfono de forma casi inquietante, un apego que recuerda la dependencia de Gollum de su “tesoro”. La pregunta, entonces, deja de ser provocativa y abre una más profunda: ¿qué le sucede a un niño cuando empieza a moldearse a través de lo que tiene en sus manos y no a través de las personas que lo rodean?

La tecnología no es una necesidad primaria

Según Swann, la verdadera distorsión es exactamente ésta: la tecnología se infiltra entre las necesidades básicas, como si fuera tan indispensable como el sueño, la comida o el afecto. No lo es, evidentemente, pero los grandes gigantes digitales cuentan con herramientas refinadas capaces de interceptar y explotar nuestras necesidades más instintivas. El resultado es una infancia que corre el riesgo de crecer convencida de que no puede definirse sin una conexión activa.

Se suele decir que “el genio ha salido de la botella” y que ahora no queda más que dimitir. En realidad, la cuestión ya no es una alarma moral, sino un desafío generacional. Comprender cómo la tecnología da forma a la infancia también significa decidir qué tipo de adultos serán estos niños dentro de diez, veinte o treinta años.

Swann ofrece algunas estrategias que pueden ayudarte a recuperar el equilibrio. No son soluciones mágicas, sino prácticas cotidianas que se construyen a partir de un diálogo sencillo y constante. Hablar con los niños antes de que surjan los problemas es esencial, porque las reglas nunca funcionan si se imponen repentinamente. Es como cuidar un jardín: se necesita atención, cuidado y capacidad de reconocer inmediatamente lo que corre el riesgo de asfixiar al resto.

De este trabajo de escucha surge la posibilidad de establecer límites claros. Los límites, cuando son justos y se aplican sin rigidez, enseñan a los niños que el mundo no siempre se doblega a sus deseos. Y enseñan que un “no” puede ser una forma de protección, no un castigo. Swann insiste en la necesidad de evitar dispositivos completamente gratuitos para los más pequeños y considera imprescindible una regla sencilla: nada de teléfonos en el dormitorio durante la noche. No es necesario discutirlo cada vez: es una protección, no una restricción.

Sin embargo, muchos padres, en un intento de ser comprensivos, pierden la costumbre de decir que no. Hacerlo amablemente, explicar la norma sin convertirla en un tira y afloja, es más eficaz que intensificar la discusión. En algunos momentos, incluso un acuerdo parcial puede ayudar: reconocer la emoción del niño sin cambiar la decisión permite reducir el conflicto y mantener firme el límite. A veces, las reacciones más fuertes, como resoplidos, ojos en blanco o portazos, son sólo ruido de fondo. El verdadero problema es la regla, no el estallido momentáneo.

Cuando algo sale mal, la curiosidad se convierte en una herramienta valiosa. Preguntar “cuéntame más sobre lo que pasó” ayuda a los niños a ordenar sus pensamientos y a dar nombre a sus emociones. Es una manera de ayudarlos a interpretar lo que encuentran en línea, ya sea contenido aterrador o un comportamiento poco claro por parte de un compañero. Swann ofrece el modelo WIN (qué está sucediendo, qué impacto tiene, qué paso se necesita ahora) como un método simple para enseñar a los niños a reflexionar y tomar decisiones más informadas.

Las olas del mundo digital pueden parecer abrumadoras, pero no estamos condenados a dejarnos llevar. Recuperar el diálogo, mantener reglas equilibradas y ofrecer herramientas concretas para afrontar imprevistos significa construir un ancla sólida en una era de constantes distracciones. No se trata de demonizar la tecnología, sino de devolver a la infancia aquello que ningún dispositivo puede sustituir: la posibilidad de crecer sintiéndose visto, escuchado y acompañado.