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Cosas que pasan en todas las familias en Navidad (incluso la tuya)

Hay una escena que se repite cada año, con ligeras variaciones sobre el tema. Mesa puesta, familiares reunidos, el aire olía a comida y expectativas. Al principio todo está bien. Entonces, en cierto momento, algo cambia. Un chiste de más, un silencio repentino, un cansancio que aumenta sin motivo concreto. Y piensas: “¿Pero por qué siempre sucede en Navidad?”

La respuesta no está sólo en los familiares. También está en el cerebro.

La Navidad como cortocircuito emocional

La Navidad es esa época del año en la que nuestro cerebro sale suavemente de su zona de confort. Cambian rutinas, se saltan horarios, aumentan las interacciones sociales y, sobre todo, se concentran todos juntos. En unas horas debemos ser hijos, hermanos, nietos, adultos responsables, personas pacientes y posiblemente incluso de buen humor.

Según un estudio de la Facultad de Medicina de Harvard dedicado al estrés navideño, más de la mitad de las personas perciben el período navideño como más estresante de lo normal. No porque sea “malo”, sino porque requiere un esfuerzo mental continuo. El cerebro debe adaptarse continuamente, cambiar de registro, modular las emociones. Los psicólogos llaman a esta habilidad. conjunto de cambios: la capacidad de cambiar la atención, las estrategias y los comportamientos según el contexto.

En Navidad lo hacemos sin parar. Y cansado.

¿Por qué nos volvemos más sensibles en Navidad?

Cuando la carga mental aumenta entra en juego la corteza prefrontal, esa parte del cerebro que nos ayuda a planificar, organizar, gestionar las emociones y, sí, incluso. El problema es que, cuando se estresa durante demasiado tiempo, esta zona se vuelve problemática.

No ocurre nada dramático: es un estrés agudo y temporal. Pero mientras tanto las defensas están bajadas. Filtramos menos, frases que en otras épocas se nos escaparían, nos duelen más fácilmente. Y así, la Navidad se convierte en el momento perfecto para que resurjan viejas dinámicas familiares como si nunca hubieran desaparecido.

Y aquí es donde entra el cine.

Todos somos “parientes de las serpientes”

Cada diciembre vuelve puntualmente una cita, un chiste, una referencia a Parenti serpenti. Y no, no porque todos seamos cínicos. Sino porque esa película hizo algo muy simple y muy raro: observar sin endulzar.

En Parientes de serpientes nadie es un monstruo. Todos son cariñosos, cariñosos, “normales”. Hasta que una petición aparentemente razonable altera el equilibrio. A partir de entonces, cada uno reacciona como puede: minimizar, retraerse, racionalizar, descargarse sobre los demás. Exactamente lo que hacemos cuando el cerebro está bajo presión y ya no tiene espacio para la mejor versión de sí mismo.

No es malicia. Es fatiga emocional.

La belleza (y la dificultad) de las familias es que no sólo están hechas de afecto, sino también de memoria. En Navidad ese recuerdo se reactiva todos juntos. Volvemos, incluso inconscientemente, a nuestros roles habituales. Y el cerebro, que ya está ocupado gestionando miles de estímulos, se encuentra lidiando con dinámicas de años de antigüedad.

Por eso un chiste pesa más, un silencio parece más largo. Y por qué, a veces, de repente nos sentimos pequeños, irritables o fuera de lugar sin saber muy bien por qué.

Quizás no sea que “la Navidad saca lo peor”. Quizás simplemente elimine algunos de los filtros.

Palabra clave: cambiar el tamaño

Los expertos sugieren algo que suena casi revolucionario por su simplicidad: decidir qué queremos realmente de este período. No lo conviertas en una prueba de perfección emocional. No le pidas que arregle relaciones, sane divisiones o muestre lo felices que somos.

Por supuesto, la Navidad sigue siendo un momento importante. Pero también es sólo un momento. El cerebro agradece cuando se reducen las expectativas y aumenta el espacio para respirar.

Y quizás, contemplando ciertas escenas familiares, podamos permitirnos una mirada un poco más suave. No absolución. Pero consciente. ¿Qué te hace pensar? Vale, no somos raros. Somos sólo humanos. Y un poco cansado también.