Hay un gesto que hacemos casi de forma automática, sobre todo cuando se trata de niños: cogemos el termómetro, nos lo metemos debajo de la axila y esperamos el pitido. Una acción sencilla, diaria y tranquilizadora. Sin embargo, según un vídeo que se ha vuelto viral en las últimas horas, es posible que hayamos estado equivocados todo el tiempo. No lo dice un influencer cualquiera, sino el doctor Filomeni, farmacéutico que trabaja cada día en contacto con familias, padres y personas mayores, explicando por qué medir la fiebre, si se hace incorrectamente, puede arrojar valores distorsionados hasta en varias décimas.
El vídeo procede de la Farmacia San Matteo, y en apenas unos segundos pone en entredicho uno de los hábitos más arraigados en nuestra rutina doméstica.
La forma en que utilizamos el termómetro esconde errores comunes
El punto central es uno: . Según explicó el farmacéutico, la posición correcta es vertical, con la punta completamente introducida en la cavidad axilar y el brazo bien adherido al costado. La razón es más sencilla de lo que parece. Si el brazo permanece levantado, aunque sea ligeramente, entra aire, enfría la zona y altera la medida. Si el termómetro se mueve, si no permanece estable, el sensor no está leyendo una temperatura confiable.
El riesgo, por tanto, no es sólo el de “cometer un pequeño error”, sino el de creer que la fiebre no está cuando en realidad está presente, o viceversa. Un detalle que se vuelve aún más delicado cuando se trata de niños, en quienes incluso unas décimas pueden marcar la diferencia entre seguir con calma la situación o alarmarse innecesariamente.
¿Por qué la medición axilar es tan sensible?
La temperatura detectada en la axila, como también recuerdan los médicos desde hace años, es una temperatura indirecta. No mide el “corazón” del cuerpo, sino una zona periférica, influenciada por el entorno, el sudor y la postura. Precisamente por eso requiere más atención, no menos.
El farmacéutico lo explica claramente: el termómetro debe permanecer quieto, protegido del aire exterior, presionado con delicadeza pero con firmeza por el brazo. Sólo así la punta permanece en contacto constante con la piel y la medición tiene sentido. Todo lo demás, incluso si se hace de buena fe, corre el riesgo de producir cifras poco fiables.
En última instancia, este es el punto: no es necesario cambiar los hábitos, sino hacerlo mejor. Medir la fiebre no es un gesto automático ni una prueba de precisión de laboratorio, es un momento de atención silenciosa, de esos que pasan casi desapercibidos pero que marcan la diferencia. Porque a veces no es que nos equivoquemos en todo: simplemente, nunca nadie nos dijo que bastaba con parar un momento más.
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