Hay un momento preciso en el que entiendes que no se trata sólo de una derrota. Es cuando el silencio y la amargura reemplazan a la ira, como si ya fuera un guión evidente. Italia pierde en los penaltis contra Bosnia, queda fuera del Mundial de 2026 y la sensación ya no es de shock, sino de algo diferente: una pesadilla que se repite. Tercera exclusión consecutiva. Tercera oportunidad perdida. Tercera vez que el verano mundial será de otros.
Del partido poco hay que decir. Italia se adelantó, luego se quedó con diez hombres por la expulsión de Bastoni y empezó a retroceder. Baja defensa, pocas ideas, miedo evidente. Bosnia sale al campo, empata, lo lleva todo a los penales. Esos penaltis que nos dieron un Mundial y una Eurocopa y que, una vez más, nos privan del acceso al tercer Mundial consecutivo. Porque sí, terminó como ahora parecía inevitable. Errores, miradas bajas, falta de claridad: dos tiros fallidos y Bosnia puede celebrar. No es sólo una derrota técnica, es la fotografía de una selección nacional frágil, incapaz de imponerse ni siquiera ante rivales capaces.
La generación sin noches mágicas
Pero el peso real de esta eliminación no es sólo deportivo. Es cultural, emocional, generacional. Hay niños que nunca han visto a Italia en un Mundial. Ni una sola vez. Ni un verano con la camiseta azul demasiado grande, ni un penalti que aguanta la respiración, ni una plaza llena tras un gol. Para ellos el Mundial es una historia. Es Berlín 2006 narrado por los padres, es el recuerdo de Paolo Rossi contado por los abuelos, es algo que sólo existe en vídeos. Ésta es la generación sin noches mágicas, criada entre eliminaciones e ilusiones.
Recuerdo perfectamente aquel Mundial de 2006. Formo parte de la generación en la que apoyar el fútbol para una mujer empezó a ser “raro”, sí, pero no del todo. Y para mí, que siempre he amado y seguido el fútbol, los recuerdos de aquella niña que se regocijaba a la orilla del mar están entre los más bonitos de mi infancia. Recuerdo las banderas en los balcones (y obviamente todavía guardo celosamente la mía, colgada en la puerta de casa), los gritos tras los penaltis contra Francia, la sensación de que todo era posible.
Claramente también recuerdo perfectamente la Eurocopa de 2021, esta vez celebrada en la plaza con amigos. Recuerdo el abrazo colectivo después de años difíciles marcados por el Covid, la esperanza de que fuera el comienzo de algo. Hoy esa esperanza parece lejana. Y sobre todo parece lejano para quienes nunca han tenido ni siquiera un recuerdo que defender.
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Un sistema que ya no se sostiene
No podemos seguir así. Tres Mundiales perdidos no son un accidente. Son una señal. Necesitamos un cambio de paradigma, no sólo técnico sino estructural. Necesitamos nuevas ideas, espacio para los jóvenes, una gestión capaz de repensar el sistema. No basta con cambiar de entrenador, no basta con esperar a la próxima generación.
El problema es más profundo. El movimiento lucha por renovarse, los jóvenes encuentran poco espacio, la selección nacional pierde su identidad. Y cuando falta identidad, el peso de la camiseta también se vuelve más ligero. Lo vimos contra Bosnia: poca personalidad, poca convicción, poca hambre. Un guión, y repito, ya vivido demasiadas veces. Pero ciertamente éste no es el lugar para hablar de todo esto.
Italia no es sólo fútbol
Sin embargo, permítanme reflexionar. Quizás Italia en los últimos años –y este año aún más– lo esté entendiendo. Porque mientras el fútbol “lucha” (por utilizar un eufemismo, teniendo en cuenta también las copas europeas de clubes), el “resto” del deporte italiano -el que siempre ha sido considerado Serie B- vive uno de los momentos más ricos de su historia. Italia no es sólo fútbol y lo está demostrando con resultados de los que pocos países pueden presumir.
En los Juegos Olímpicos de París 2024, Italia igualó el récord histórico con 40 medallas, mejorando también el número de oros respecto a Tokio. Un resultado que confirma un crecimiento generalizado en muchas disciplinas. A esto se suma el récord absoluto entre los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Invierno de Milán Cortina, señal de un movimiento cada vez más competitivo, especialmente en natación y esquí.
El ciclismo vuelve a ser protagonista con Jonathan Milan, capaz de hacer que Italia vuelva a ganar etapas en el Tour de Francia después de años. En el tenis domina Jannik Sinner, desde hace meses número uno del mundo y símbolo de una generación que no teme al escenario internacional. En MotoGP los éxitos continúan primero con Pecco Bagnaia y ahora con Marco Bezzecchi, hoy primero en la clasificación, con dos motos (casualmente) italianas: Ducati y Aprilia.
Y qué decir de la Fórmula 1, donde emerge con fuerza el talento de Kimi Antonelli, también en lo más alto del mundial y ya protagonista con sólo 19 años, con la certeza de que nos hará soñar durante mucho tiempo y hará resonar nuestro himno durante años. Seguro que me he olvidado de alguien, pero eso basta para dejar claro que hay mucho más que fútbol.
Una nueva identidad deportiva
Todo esto, evidentemente, no borra la amargura por un nuevo Mundial que veremos como “representantes”. De hecho, ni siquiera llamaron. Pero la perspectiva cambia. Italia sigue ganando, sigue ilusionando, sigue creando campeones. Excepto que lo hace en otro lugar. El riesgo, sin embargo, es que el fútbol se quede atrás mientras el resto del deporte corre.
Ahora el fútbol italiano debe decidir si aferrarse al pasado o empezar de nuevo, aprendiendo también de otros deportes que están creciendo. Porque los niños merecen vivir sus noches mágicas y crear los recuerdos que tenemos nosotros. Pero mientras tanto, esas emociones vienen de otros caminos, otros campos, otros caminos. Y quizás es ahí donde el fútbol italiano debería empezar a mirar de nuevo.