Los pesticidas son uno de los grandes problemas no resueltos de la salud pública mundial. Durante décadas, ambientalistas, médicos e investigadores han planteado preocupación por su impacto en el cuerpo humano, no sólo en quienes los manipulan directamente, sino también en quienes los inhalan, los ingieren a través de los alimentos o los absorben del agua y el suelo contaminados. Sin embargo, establecer un vínculo causal directo entre la exposición ambiental a estas sustancias y el desarrollo de tumores ha resultado extraordinariamente difícil: las mezclas involucradas son complejas, las exposiciones prolongadas y difíciles de medir, y los modelos experimentales tradicionales a menudo no logran replicar las condiciones del mundo real.
Ahora, un nuevo e importante estudio publicado en Salud de la naturaleza realizado por un equipo internacional que incluye investigadores del IRD (Instituto Nacional de Investigación para el Desarrollo Sostenible de Francia), el Instituto Pasteur, la Universidad de Toulouse y el Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas del Perú (INEN) aporta evidencia concreta y sin precedentes de que este vínculo existe y es mensurable.
el estudio
El corazón del estudio es un modelo geoespacial de alta resolución, desarrollado para mapear el riesgo de exposición ambiental a pesticidas en todo el territorio peruano. Perú no fue elegido por casualidad: combina una agricultura intensiva, una gran variedad de ecosistemas (desde las costas desérticas del Pacífico hasta las tierras altas andinas y los bosques amazónicos) y profundas desigualdades sociales que exponen desproporcionadamente a las comunidades indígenas y campesinas a los productos químicos utilizados en los campos.
Los investigadores examinaron 31 ingredientes activos, entre insecticidas, fungicidas y herbicidas de uso común en el Perú, ninguno de los cuales está clasificado como carcinógenos del grupo 1 por la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC). El modelo simuló, mes a mes durante seis años (de 2014 a 2019), cómo estas sustancias se dispersan en el ambiente a través del escurrimiento de agua, el tipo de suelo, la topografía y las precipitaciones, construyendo una grilla con celdas de 100 metros por 100 metros que cubre casi todo el territorio nacional.
El resultado es un mapa que muestra, con una precisión nunca antes lograda a escala nacional, dónde es mayor el riesgo de exposición acumulativa a pesticidas.
Las zonas más críticas se concentran en la sierra andina y en las vertientes occidentales, donde las escasas precipitaciones favorecen la acumulación de sustancias en el suelo. La contaminación se extiende hasta 30 a 50 kilómetros más allá de las tierras de cultivo, alcanzando comunidades que no tienen contacto directo con la agricultura.
Una vez construido el mapa ambiental, los investigadores lo superpusieron con datos de 158.072 casos de cáncer primario registrados por el INEN entre 2007 y 2020, geocodificados y verificados con censos nacionales para asegurar que cada paciente había residido en el área indicada durante al menos cinco años antes del diagnóstico.
Sin embargo, la innovación metodológica más importante del estudio se refiere a la forma en que se clasificaron los tumores. En lugar de agruparlas por órgano de origen, como se hace tradicionalmente, los investigadores las estratificaron según su línea de desarrollo embrionario, es decir, en función del tipo de célula de la que derivan. Este enfoque, basado en la ontogenia celular, ha permitido que surjan patrones geográficos que las clasificaciones convencionales tendían a ocultar.
El resultado fue claro: en zonas con mayor riesgo ambiental de exposición a pesticidas, la incidencia de tumores fue significativamente mayor. Los investigadores identificaron 436 puntos críticos repartidos por todo Perú, donde el riesgo relativo de desarrollar cáncer era en promedio un 150% mayor de lo esperado. Los picos más altos corren un riesgo casi diez veces mayor que el promedio nacional.
De todos los órganos afectados, el hígado surge como el sitio más importante y mejor documentado. Esto no es de extrañar, el hígado es el principal órgano responsable del metabolismo de sustancias tóxicas en el cuerpo humano, el primero en recibir y procesar compuestos extraños absorbidos del intestino. Por este motivo es considerado por los científicos como un verdadero “órgano centinela” de la exposición ambiental a sustancias químicas cancerígenas.
Para comprender lo que estaba sucediendo a nivel biológico, el grupo de investigación analizó muestras de tejido hepático tomadas de 36 pacientes que vivían en zonas de riesgo. Los análisis transcriptosmicos, que estudian qué genes están activos o silenciados en un tejido, han revelado una firma molecular característica de la exposición a sustancias no genotóxicas, es decir, agentes químicos que no dañan directamente el ADN, pero interfieren en los mecanismos de regulación celular. Esta firma estaba presente principalmente en el tejido hepático sano, el que rodea al tumor, lo que sugiere que la alteración biológica precede a la transformación maligna, una señal temprana, impresa en las células antes de que el cáncer se manifieste.
No se encontró la misma firma en cohortes de pacientes con cáncer de hígado de Francia, Taiwán y Turquía, lo que confirma que esto es algo específico de las poblaciones expuestas a pesticidas en Perú.
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Cómo funcionan los pesticidas
Uno de los aspectos más interesantes y preocupantes del estudio se refiere a cómo parecen funcionar los pesticidas. Los 31 principios activos considerados no son cancerígenos en el sentido tradicional. Sin embargo, en conjunto, sus mezclas parecen capaces de desestabilizar los circuitos reguladores que mantienen estable la identidad de las células del hígado.
Los investigadores observaron que la exposición crónica a mezclas de pesticidas altera algunas proteínas clave que actúan como “conductoras” dentro de cada célula: su trabajo es establecer qué genes deben estar activos y cuáles no, manteniendo así cada célula fiel a su función. Cuando estas proteínas se alteran, la célula no muere ni muta, sino que pierde estabilidad. Entra en una especie de zona gris, suspendida entre la salud y la enfermedad, en la que se vuelve mucho más vulnerable a nuevas agresiones: una infección, un factor metabólico, otro agente ambiental. Y es en ese momento cuando puede producirse la transformación del tumor.
Las comunidades más vulnerables soportan la mayor carga
El estudio también destaca la profunda injusticia ambiental. Las zonas de mayor riesgo coinciden con las zonas rurales donde se concentra la presión agrícola, la deforestación y la marginación económica. Las comunidades indígenas andino-amazónicas, ya históricamente desfavorecidas en el acceso a los servicios de salud, están expuestas a niveles significativamente más altos de pesticidas que las poblaciones urbanas, en promedio a doce sustancias diferentes al mismo tiempo, detectadas en altas concentraciones en muestras biológicas.
Los investigadores también destacan un efecto potencialmente agravante relacionado con el clima: durante los eventos de El Niño, el uso de pesticidas y la dinámica del transporte ambiental cambian, aumentando localmente el riesgo de exposición. Dado que el calentamiento global hace que estos fenómenos sean más frecuentes e intensos, el problema podría empeorar aún más.
Las limitaciones del estudio.
Los autores del estudio reconocen claramente las limitaciones de su trabajo: las exposiciones individuales no se midieron directamente y no se puede descartar por completo la influencia de otros factores. Sin embargo, la convergencia entre datos ambientales, geográficos y moleculares crea una imagen de plausibilidad biológica que es difícil de ignorar.
Lo que surge es una herramienta poderosa y transferible: un método para mapear, a escala nacional y con alta resolución, el riesgo oncológico asociado con la exposición ambiental a mezclas de pesticidas. Un modelo que también podría aplicarse en otros países con características similares y que ofrece a las autoridades sanitarias y a los responsables políticos datos concretos sobre los que construir intervenciones específicas.
Porque quizás la lección más importante de este estudio es que el peligro no proviene de una única sustancia, clasificada y regulada, sino del efecto combinado y crónico de mezclas de compuestos que, individualmente, nadie había considerado nunca lo suficientemente peligrosos como para prohibirlos.