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¿Helado sí o no a dieta? Todo depende de cuándo lo comes: los consejos del nutricionista y qué sabores elegir

A menudo demonizado, el helado es en realidad un alimento que, si se elige sabiamente, también puede encontrar espacio en una dieta orientada al bienestar. La Dra. Sonia Cucci, Bióloga Nutricional, nos guía en la elección de los mejores sabores, las porciones adecuadas y los momentos ideales para disfrutar de un helado sin culpa.

El helado no está prohibido: depende del objetivo

En lo que a dieta se refiere, el helado es uno de esos alimentos que casi nunca aparece entre los recomendados. Sin embargo, si se piensa en términos de bienestar general y estilo de vida saludable, la situación cambia significativamente.

El helado no es un alimento que se encuentre en las dietas, pero si hablamos de bienestar y estilo de vida saludable en general -por tanto no es una dieta con un objetivo concreto- podría incluirse de forma funcional, quizás durante el fin de semana, después de un entrenamiento, o como recarga para el cuerpo y la mente.

explica el Dr. Cucci.

Por tanto, la distinción es fundamental: quienes emprenden un viaje con objetivos específicos, como una pérdida significativa de peso o una preparación deportiva competitiva, deberán evaluar junto con su nutricionista si incluirlo y cuándo. Para todos los demás, el helado puede ser un placer consciente, siempre y cuando se tomen las decisiones correctas.

Siempre artesanal, nunca industrial

El primer criterio a seguir a la hora de elegir un helado es la calidad de los ingredientes. Y en este punto la nutricionista lo tiene muy claro.

Es importante evaluar los tipos de ingredientes presentes en el helado. Prefiere siempre los artesanales, evitando productos industriales envasados ​​y ultraprocesados, afirma el especialista.

El helado artesanal de calidad se reconoce por la sencillez de su composición: leche y huevos de buena procedencia, fruta fresca de temporada, auténticos frutos secos. Por el contrario, los productos envasados ​​y de venta libre en los supermercados suelen contener jarabes, aromas artificiales, conservantes y azúcares añadidos en cantidades excesivas, lo que los hace poco compatibles con una dieta cuidadosa.

En los helados de frutas lo mejor es buscar aquellos con fruta de temporada, que no contengan demasiados almíbares, azúcares ni aromas. Los sabores a preferir, en cuanto a la calidad de las grasas, son los de avellana o pistacho, porque utilizan auténticos frutos secos, precisa el Dr. Cucci.

El ranking de calorías: del sorbete a las cremas

No todos los helados son iguales desde el punto de vista nutricional. Existe una escala real, que va desde la más ligera hasta la más calórica, y conocerla te ayuda a tomar decisiones más informadas.

El menos calórico de todos es el sorbete, porque no contiene leche, nata ni huevos: está compuesto principalmente por agua, pulpa de fruta y una parte de azúcar. Aunque la cantidad de azúcar puede ser elevada, en términos generales de calorías sigue siendo el más ligero de todos los tipos”, explica la nutricionista.

En segundo lugar se encuentra el helado de frutas, seguido del helado de yogur, que tiene la ventaja añadida de contener probióticos.

Incluso si está congelado, si es a base de yogur contiene todos los probióticos presentes en el yogur tradicional, y esto puede representar un pequeño beneficio para la microbiota intestinal, señala.

Al final del ranking se encuentran los helados de nata -chocolate, stracciatella, zabaglione, nata-, que son los más calóricos y también los más exigentes desde el punto de vista digestivo.

Cuándo y cómo consumirlo para reducir el impacto glucémico

El momento en el que comes un helado no es un detalle despreciable. De hecho, puede marcar una diferencia real en la forma en que el cuerpo lo metaboliza.

Es preferible consumir helado después de una comida en la que se hayan ingerido alimentos ricos en fibra o alimentos grasos, porque esto ralentiza la absorción de azúcares y baja el índice glucémico del propio helado.

Sin embargo, comer helado con el estómago completamente vacío provoca un pico glucémico más rápido, lo que nunca es la opción ideal. Insertarlo como postre al final de una comida equilibrada es, por tanto, la mejor estrategia para disfrutar del momento sin sobrecargar el organismo.

Las porciones importan: una taza es mejor que un cono

La cantidad también tiene su peso. El helado, por artesanal y de gran calidad que sea, sigue siendo un alimento calórico, con azúcares añadidos que se suman a los presentes de forma natural en los ingredientes.

Las porciones importan. Es preferible optar por cantidades menores, y elegir la taza en lugar del cono, porque se elimina la parte de galleta, sugiere la nutricionista.

Un detalle aparentemente pequeño, pero que en términos de azúcares y calorías puede marcar la diferencia, sobre todo si el helado se consume con cierta regularidad.

Opciones para intolerantes, veganos y más

Como ha ocurrido en muchos otros sectores de la alimentación, el mundo del helado artesanal también se está adaptando a las necesidades de quienes tienen intolerancias o siguen dietas específicas.

Hay heladerías que ofrecen helados pensados ​​tanto para intolerantes a la lactosa -por tanto sin leche- como para veganos, por tanto sin leche ni huevos. Algunas empresas también ofrecen helados sin azúcares añadidos, una solución interesante para quienes tienen necesidades especiales”, afirma el Dr. Cucci, que recuerda haber utilizado personalmente estas opciones durante los períodos de entrenamiento deportivo intenso.

Para quienes padecen intolerancia a la lactosa, el sorbete sigue siendo en cualquier caso la opción más segura y, naturalmente, libre de derivados lácteos.

Helado sí, pero con discreción.

El helado no debe ser un tabú alimentario, ni una excepción que vivir con culpa. Si se elige en su versión artesanal, con ingredientes sencillos y de calidad, consumidos en el momento adecuado y en las porciones adecuadas, puede ser parte integral de un estilo de vida equilibrado.

Como ocurre con cualquier alimento, la clave es la conciencia: saber qué se come, en qué contexto y con qué frecuencia. Y si de vez en cuando se exagera con una taza extra, ciertamente no es una tragedia: el equilibrio nutricional se construye con el tiempo, día tras día, no en una sola comida.