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Dolor de cabeza por helado: ¿los científicos explican por qué sufrimos cuando comemos algo frío?

Una cucharada de helado tragada con demasiada voracidad puede desencadenar la típica punzada breve y violenta que parte del paladar y aterriza directamente en la frente, destinada a durar unos segundos y desaparecer en cuanto llega. Le pasa a casi todo el mundo y el nombre técnico da casi más miedo que el dolor. ganglioneuralgia esfenopalatinacomúnmente conocido como dolor de cabeza por frío. El culpable reside en el punto donde el helado toca el paladar, hacia la parte posterior de la boca, donde se encuentra el ganglio esfenopalatino, un conjunto de células nerviosas implicadas en la sensibilidad de la cara, especialmente reactiva al frío. Cuando una temperatura baja repentina llega a esa zona, los nervios envían una señal de alarma al cerebro que se traduce en dolor. El malestar se siente en la frente o en las sienes, aunque el origen esté en otra parte, en el cerebro, que simplemente se desvía. Es un fenómeno que los médicos llaman dolor referido y explica por qué nos agarramos las sienes cuando el problema está en la boca.

¿Qué sucede realmente en el cerebro?

La explicación más convincente proviene de un estudio realizado por Jorge Serrador, de la Facultad de Medicina de Harvard, presentado en 2012 en la conferencia de Biología Experimental en San Diego. El equipo de investigación reclutó a trece adultos sanos y les pidió que bebieran agua helada con una pajita apuntando al paladar mientras se monitoreaba su flujo sanguíneo cerebral con un Doppler transcraneal. Los voluntarios levantaron la mano cuando llegó el dolor y la volvieron a levantar cuando desapareció. Lo que surgió fue claro: una arteria en particular, la arteria cerebral anterior, se dilató rápidamente, inundando el cerebro con sangre justo cuando los voluntarios sintieron dolor. Poco después de esta dilatación, el mismo vaso se contrajo y las molestias desaparecieron, hasta el punto de que los investigadores lograron detener el dolor haciendo beber a los participantes agua caliente, lo que devolvió la arteria a su tamaño normal. El motivo de esta reacción tiene su propia lógica: dado que el cráneo es una estructura cerrada, el rápido ingreso de sangre podría provocar un aumento de la presión interna y generar dolor. La contracción que sigue sería el método del cerebro para reducir esa presión antes de que alcance niveles peligrosos, esencialmente una especie de válvula de seguridad.

El vínculo con las migrañas

Aquí es donde las cosas se ponen interesantes. El estudio de Serrador sobre el helado no fue casual, porque otros estudios previos ya habían observado que quienes padecen migraña tienen más probabilidades de desarrollar dolores de cabeza por frío que quienes no las padecen. De ahí la hipótesis de que los dos fenómenos comparten un mecanismo común. Y los dolores de cabeza por helado, a diferencia de las migrañas, tienen una ventaja para los investigadores porque son fáciles de inducir y se resuelven rápidamente, sin medicamentos ni equipos costosos. En la práctica, una prueba de laboratorio perfecta para observar de principio a fin un dolor que de otro modo sería indetectable. Si se confirmara que los cambios locales en el flujo sanguíneo cerebral son la raíz de otros tipos de dolores de cabeza, nuevos fármacos capaces de prevenir o revertir la vasodilatación podrían ayudar a tratarlos. También se aplica a los dolores de cabeza relacionados con traumatismos craneoencefálicos, una fachada en la que trabaja Serrador a través del Centro de estudio de lesiones y enfermedades relacionadas con la guerra de los veteranos de Nueva Jersey.

Cómo dejarlo pasar (y cómo evitarlo)

La buena noticia es que los dolores de cabeza por helado no son peligrosos, duran desde unos segundos hasta un par de minutos y desaparecen por sí solos, sin necesidad de medicación ni reposo. Los niños lo padecen con más frecuencia, quizás porque aún no han aprendido a frenar cuando se enfrentan a una paleta. Si llegara la punzada, el remedio más inmediato sería calentar rápidamente el paladar: los métodos pueden consistir en presionar la lengua contra el paladar, o cubrirse la boca y la nariz con las manos, acompañado de una respiración rápida para llevar aire caliente al paladar. Para no correr ningún riesgo, basta con reducir el estímulo del frío, es decir, evitar por completo ingerir grandes cantidades de alimentos y bebidas congeladas.