Sea cual sea nuestra edad, bailar puede tener excelentes efectos en nuestro bienestar físico y mental: nos ayuda a mantener un buen tono muscular, mejorar la flexibilidad y también el buen humor, gracias a la liberación de endorfinas que reducen los niveles de estrés y ansiedad. Bailar es bueno para todos, pero hay personas que parecen tener una inclinación natural hacia esta actividad y la practican sin esfuerzo, mientras que a otras les resulta especialmente difícil.
La inclinación natural del ser humano hacia la danza comienza cuando el niño tiene apenas unos meses y comienza a reconocer la música, moviéndose al ritmo de ella (hay que decir, sin embargo, que no somos la única especie capaz de “bailar” al ritmo de la música: también se ha demostrado que otros animales, como los elefantes y los loros, responden con movimientos rítmicos a los estímulos musicales). El sentido del ritmo, por tanto, es innato y está presente en todos nosotros. ¿Qué es entonces lo que marca la diferencia entre un buen bailarín y una persona torpe y poco agraciada?
En primer lugar, hay rasgos físicos muy específicos que caracterizan a un bailarín: quien sabe bailar bien suele tener los pies más pequeños de lo normal (hasta dos tallas menos que la media) pero a ser más alto (incluso unos pocos centímetros respecto a la media). También existen otros factores genéticos que hacen que una persona sea capaz de bailar, como la capacidad de favorecer la comunicación social. Pero estos elementos, por sí solos, no son suficientes para crear un buen bailarín: la danza requiere la integración de la música, el movimiento, la percepción del espacio, todas actividades controladas por nuestro cerebro: de hecho, es precisamente aquí donde los efectos de años de entrenamiento son visibles.
El cerebro se entrena con la danza
Además del talento natural, la formación juega un papel decisivo. De hecho, la práctica constante de la danza modifica el cerebro, aumentando su plasticidad y su capacidad de adaptación. Durante la danza, áreas del cerebro implicadas en la memoria de los movimientos, la percepción del espacio y el control muscular trabajan juntas para hacer que los pasos sean cada vez más automáticos: este es el fenómeno de la memoria muscular.
La danza puede hacer mucho para mejorar nuestra calidad de vida y nuestro bienestar: un estudio ha demostrado cómo la práctica del tango argentino en pacientes con Parkinson puede mejorar su postura y su forma de andar, mientras que otro destaca cómo quienes han practicado el baile toda su vida tienen menos riesgo de desarrollar demencia en la vejez. Incluso si no estamos genéticamente predispuestos a bailar, aún podemos probar suerte en la actividad y dar lo mejor de nosotros mismos; de esta manera nos divertiremos y disfrutaremos de los numerosos beneficios que este arte puede brindarnos.
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