Ciertamente, el kimchi no nació como una solución de laboratorio. Nació en la cocina, dentro de frascos llenos de repollo fermentado, ajo, jengibre, ají, sal, rábanos, cebolletas y recetas familiares que cambian de casa en casa. En Corea es un alimento ancestral y cotidiano, vinculado también al kimjang, la práctica colectiva de prepararlo y compartirlo antes del invierno, reconocido por la UNESCO como patrimonio cultural inmaterial. Algo muy concreto: verduras, manos, fermentación, despensa.
Ahora, sin embargo, llegan noticias científicas curiosas precisamente de ese mundo ácido, rojo y picante. Un grupo de investigadores aisló una bacteria del ácido láctico, Leuconostoc mesenteroides CBA3656, del kimchi observando su capacidad para unirse a nanoplásticos de poliestireno. En pruebas realizadas en condiciones estándar de laboratorio, la cepa mostró una eficiencia de adsorción del 87%. En un entorno simulado para parecerse al tracto intestinal humano, el porcentaje cayó al 57%, aún mucho más alto que la cepa utilizada como comparación, estancada en el 3%. El estudio fue publicado en Tecnología Bioresource.
Lo interesante: se adhiere a las partículas.
La palabra técnica es adsorción, con la “d” en el medio. Significa que las partículas se adhieren a la superficie de la bacteria. Traducido a una imagen más simple: el microorganismo funciona como una especie de asidero biológico. Los nanoplásticos son fragmentos diminutos, de menos de un micrómetro, generados por la degradación de materiales plásticos de mayor tamaño. También pueden llegar a través del agua y los alimentos y son preocupantes precisamente por su pequeño tamaño, porque podrían interactuar con la barrera intestinal y otros tejidos.
El dato interesante radica en la resistencia de la cepa CBA3656 en condiciones más cercanas a las intestinales. Muchos resultados de laboratorio funcionan bien en el tubo de ensayo y pierden fuerza cuando el entorno se vuelve más complejo. Aquí, sin embargo, la bacteria aislada del kimchi mantuvo una capacidad de unión significativa incluso en un fluido simulado. No basta con convertirlo en una recomendación alimentaria, basta con abrir un camino de investigación sobre microorganismos fermentativos y contaminantes invisibles.
Kimchi si, milagros no
Hay una distancia enorme desde aquí hasta decir que comer kimchi “limpia” el cuerpo de nanoplásticos. El estudio implica una deformación precisa, un plástico preciso, condiciones controladas y un modelo experimental. Un frasco comprado en una tienda o preparado en casa puede contener diferentes comunidades microbianas, en diferentes cantidades, con diferentes fermentaciones. Algunos productos están vivos, otros pueden haber sido sometidos a tratamientos que reducen la viabilidad de las bacterias. El tamaño de las porciones, la frecuencia de consumo y la composición general de la dieta también lo cambian todo.
Por lo tanto, el kimchi sigue siendo un alimento fermentado interesante, sabroso, rico en historia y microorganismos, que puede incluirse en la dieta si se gusta y se tolera. Quienes deban tener cuidado con la sal, las especias o los trastornos gastrointestinales harán bien en proceder con sentido común. El descubrimiento, en todo caso, dice algo más amplio: algunas bacterias presentes en los alimentos fermentados podrían tener interacciones inesperadas con pequeños contaminantes ambientales, incluidos los que ahora encontramos en la cadena alimentaria.
La EFSA también nos recuerda que los microplásticos y nanoplásticos están presentes en el medio ambiente, pueden entrar en la cadena alimentaria y siguen siendo difíciles de medir con precisión. Para los nanoplásticos, en particular, los datos disponibles aún son escasos y se necesitan estudios más sólidos para evaluar la exposición, el comportamiento en el cuerpo y los posibles efectos sobre la salud.
En medio de esta incertidumbre, la bacteria del kimchi ofrece un asidero pequeño y concreto. No hay atajos, ni promesas ya hechas que poner en la etiqueta. Sólo una huella viva, pegada a una partícula invisible.