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Olvídate de los 5 sentidos, los científicos han identificado al menos 33 (uno de los cuales es un superpoder que quizás tú también tengas)

La percepción nunca ha sido sólo una cuestión de vista, oído, olfato, gusto y tacto. Sin embargo, durante décadas esa versión escolar, limpia y tranquilizadora, resistió casi sin ser molestada. La neurociencia ahora lo ha superado con datos precisos, experimentos sorprendentes y un mapa mucho más poblado de lo que nadie esperaba: los 33 sentidos humanos están cambiando la forma en que la ciencia lee el cuerpo, las emociones y la relación con el mundo exterior.

El antiguo mapa de los cinco sentidos se asemeja a una habitación que creías conocer bien, hasta que descubres que cada pared esconde una puerta. Abrirlos, uno tras otro, produjo resultados que desorientan y fascinan a partes iguales.

De la propiocepción a la interocepción

El cuerpo se comunica continuamente, incluso cuando parece silencioso. La propiocepción es ese sistema invisible que permite caminar sin mirarse los pies, introducir una llave en una cerradura en la oscuridad, percibir con precisión dónde termina un brazo y dónde comienza el espacio circundante. No requiere atención consciente: siempre funciona, discretamente, como un asistente que nunca pide un día libre.

El equilibrio, a menudo ignorado hasta flaquear, vive en el oído interno y mantiene unidas la postura, la orientación y la estabilidad. Dentro del mismo sistema también se mueve la cinestesia, lo que permite percibir la velocidad y el movimiento, esa sensación exacta que viene cuando te das cuenta de que estás acelerando sin siquiera mirar el velocímetro.

La interocepción, quizás el sentido más íntimo de todos, funciona aún más profundamente. Cuenta lo que sucede en su interior: el latido del corazón que cambia de ritmo, el estómago que pide atención, esa sensación física que precede a las palabras con las que se intenta describir. Es el canal a través del cual el cuerpo construye la relación consigo mismo, incluso antes de que la mente procese cualquier pensamiento.

Todas estas señales se entrelazan sin pedir permiso. El cerebro los recibe, los mezcla, los transforma en experiencias vividas: gestos automáticos, percepciones que rara vez se enfocan, pero que están presentes en cada momento del día.

El “superpoder” del tacto que siente sin tocar

Entre los descubrimientos más recientes hay uno que parece sacado de una novela de ciencia ficción, pero que toma forma en los laboratorios. Algunos investigadores han documentado la capacidad de percibir objetos sin contacto directo: el mecanismo se basa en ondas de presión que atraviesan materiales como la arena. Cuando un dedo se desliza por la superficie, variaciones sutiles cambian la forma en que se mueven los granos. El cuerpo registra estas microdiferencias y construye una intuición sorprendentemente precisa, como si “sintiera” la presencia de algo antes de que se produjera el contacto físico.

En pruebas de laboratorio, algunas personas han detectado objetos escondidos bajo la superficie con una precisión que sorprendió a los propios investigadores. Una sensibilidad, un “superpoder” que en la vida cotidiana pasa desapercibido, casi olvidado, pero que cuenta cómo el cuerpo es más receptivo de lo que uno imagina.

Las aplicaciones concretas de este descubrimiento ya están en el horizonte. Hablamos de robots capaces de buscar supervivientes bajo los escombros, de herramientas para explorar entornos peligrosos, de tecnologías que imitan un sentido humano que ha permanecido en la sombra durante años. La investigación sigue este camino con creciente interés, convencida de que existe una nueva clave para comprender la relación entre cuerpo y materia.

Cuando los sentidos se mezclan y construyen la realidad

Los sentidos no viven en compartimentos separados. Se buscan, se influyen y se contaminan continuamente. El sabor de un alimento surge de un entrelazamiento constante entre lengua, nariz y consistencia: basta variar el olor para cambiar la percepción de un yogur, haciéndolo más cremoso, más pleno, casi diferente. El entorno que nos rodea entra en juego con la misma facilidad, el ruido constante de un avión, por ejemplo, modifica la percepción de lo dulce y lo salado, mientras que el umami emerge con mayor fuerza. El cuerpo reacciona, se adapta, se reelabora continuamente.

Luego hay dimensiones aún más sutiles. El sentido de propiedad corporal te permite reconocer tu cuerpo como propio. El sentido de agencia da la percepción de controlar las acciones, de estar presente en lo que uno hace. Cuando estos equilibrios se alteran -por cansancio, trauma, estados alterados de conciencia- la experiencia cambia de una manera profunda difícil de explicar con palabras.

Dentro de los 33 sentidos humanos hay todo esto: una trama compleja hecha de señales que se entrelazan y construyen una realidad personal, ligeramente diferente cada día, viva cada día.