Desde aquella tarde del 11 de septiembre de 2001, cuando la guerra entró en los salones en tiempo real, algo ha cambiado de densidad. Las imágenes han ocupado el espacio que antes pertenecía a la espera, la simultaneidad ha consumido la distancia. La violencia ha dejado de tener un antes y un después reconocible: circula inmediatamente, se impone, se replica, permanece disponible.
Con el tiempo tomó el ritmo de las cosas por las que pasamos todos los días. Misma continuidad, mismo acceso inmediato, misma presencia subyacente. Sólo la ficción no tiene nada que ver aquí, incluso cuando la mente, para defenderse, intenta tratarlo como cualquier otro contenido.
Una familiaridad emocional que atenúa la respuesta interna.
Al principio el cuerpo responde por completo. Una escena se te queda grabada, te pesa en el estómago, te arrastra durante horas. Luego viene otro. Y luego otro. En cierto momento la mente reconoce una estructura, casi un formato. En junio de 2025, en Gaza, se vio esa estructura sin mucha explicación. Gente haciendo cola para comer, largas esperas, cuerpos vaciados por el hambre, movimientos reducidos a lo imprescindible. Luego le disparas. Muertos, heridos, confusión. Y en los días siguientes vuelve el mismo diseño, con mínimas variaciones y el mismo resultado.
La repetición cambia la forma en que se recibe un evento. Cuando una escena vuelve a tener la misma forma, el cerebro ya no la percibe como algo completamente nuevo. Lo anticipa, lo organiza, lo hace manejable. Baja la intensidad para seguir aguantando. Aquí surge lo que la psicología define como anestesia psíquica. Es una respuesta adaptativa. Cuando la cantidad de sufrimiento excede la capacidad de procesarlo, el sistema emocional reduce la profundidad y el control.
Investigaciones recientes ayudan a centrarse en este pasaje. El estudio sobre el doomscrolling publicado en JMIR Salud Mental muestra que la exposición continua a contenidos negativos aumenta la ansiedad y modifica la regulación emocional con el tiempo. La atención permanece enganchada, pero se vuelve más fina y pierde profundidad. Una obra publicada el PNAS Se confirma que la exposición repetida a imágenes traumáticas produce estrés y adaptaciones progresivas, incluida una forma de desapego que hace el flujo más llevadero.
El cerebro sigue funcionando. Simplemente se pone a cubierto, corta la intensidad. Así, una escena que por sí sola tendría la fuerza de detenerlo todo, dentro de una secuencia entra en el movimiento general. Su gravedad permanece intacta. Lo que cambia es la penetración. Queda ante los ojos. Pasa menos por dentro.
Una experiencia intermitente
El flujo digital no conoce jerarquías emocionales reales. Aparece una escena de guerra entre un vídeo ligero y uno patrocinado. El pasaje está seco. El cerebro cambia de repente de registro, sin umbral, sin tiempo para asentarse. De aquí surge una forma de empatía intermitente. Se enciende con el impacto, luego se retira, deja espacio para otra cosa y se reactiva cuando resurge una imagen. Persisten temblores breves, nunca lo suficientemente largos como para calmarse realmente.
Mientras tanto, incluso las víctimas cambian de coherencia en su percepción. Los nombres se pelean, los números permanecen. Los números se convierten en actualizaciones. La experiencia concreta pierde peso, se vuelve remota, casi abstracta. La repetición consolida esta estructura. Cuando vuelve el mismo tipo de escena, el cerebro la reconoce y la incorpora al paisaje. La familiaridad reemplaza al shock.
A este contexto se añade una distancia más técnica y más fría. Las formas contemporáneas de guerra introducen mediaciones continuas: sistemas automatizados, operaciones remotas, decisiones filtradas por datos. Los cuerpos se deslizan hacia otra lengua. Se convierten en coordenadas, objetivos, caminos.
Luego vienen los algoritmos. Seleccionan lo que permanece visible, empujan lo que provoca una reacción rápida, reemplazan rápidamente lo que pierde atención. En un entorno así, el sufrimiento debe competir por el espacio con todo lo demás. Es ahí donde la percepción cambia, lentamente, sin anunciarse. Las escenas se repiten, los números crecen, las imágenes fluyen. Y mientras tanto se instala un hábito opaco: verlo todo, sin poder oírlo más.