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Un estudio revela por qué mascar chicle podría ayudar a mejorar la concentración (y aliviar el estrés)

Mascar chicle es uno de esos gestos automáticos que hacemos sin pensar demasiado: lo hacemos mientras trabajamos, estudiamos, esperamos el autobús o intentamos permanecer despiertos frente a la pantalla. Sin embargo, detrás de ese hábito aparentemente banal, hay una historia muy larga y, hoy en día, también una explicación científica cada vez más clara.

El ser humano lleva miles de años mascando chicles y resinas, incluso cuando el sabor ha desaparecido y no hay ningún aporte nutricional. Un gesto que atraviesa épocas y culturas y que, quizás, no sirva sólo para “tener la boca ocupada”.

De las resinas prehistóricas a los cauchos modernos

Los primeros rastros de chicle se remontan a hace al menos 8.000 años, cuando en Escandinavia la gente masticaba brea de corteza de abedul para ablandarla y la utilizaba como pegamento. Los griegos, los nativos americanos y los mayas también utilizaban resinas naturales, a menudo por puro placer o sensación de alivio.

Mucho más tarde, entre los siglos XIX y XX, el chicle se convirtió en un fenómeno de masas. La publicidad lo describía como un remedio para el nerviosismo, el hambre y el cansancio mental. “Si estás preocupado, mastica chicle”, ya decían hace más de cien años. En aquel momento faltaban pruebas, pero la intuición no era del todo errónea.

Ya en los años 40, algunos estudios habían observado una reducción de la tensión en las personas que masticaban, pero no podían explicar por qué. Hoy en día, con herramientas mucho más sofisticadas, la investigación está empezando a unir las piezas.

Masticar chicle, atención y estrés

Una revisión científica publicada en 2025 por un grupo de investigadores polacos analizó más de treinta años de estudios basados ​​en resonancias magnéticas, electroencefalogramas y otras técnicas de imágenes cerebrales. El resultado es interesante: masticar no sólo activa las áreas del cerebro vinculadas al movimiento de la mandíbula, sino que también involucra áreas asociadas con la atención, el estado de alerta y la regulación de las emociones.

En la práctica, mientras masticamos, el cerebro entra durante breves periodos en un estado que los estudiosos definen como “concentración relajada”. Probablemente esta sea la razón por la que, durante tareas monótonas o poco estimulantes, mascar chicle puede ayudarte a mantenerte concentrado. No hace milagros y el efecto desaparece poco después de dejarlo, pero en determinadas situaciones puede marcar la diferencia.

Lo mismo ocurre con el estrés. En contextos moderadamente estresantes, como hablar en público o afrontar una tarea desafiante pero manejable, quienes mascan chicle tienden a sentirse un poco menos ansiosos. El beneficio, sin embargo, no es universal: cuando el estrés es muy intenso o la frustración extrema, el caucho no es suficiente. Y no mejora la memoria a largo plazo ni te hace más brillante: la atención sólo aumenta durante un tiempo limitado.

Según algunos investigadores, masticar también satisface una profunda necesidad de moverse, de “hacer algo” con el cuerpo mientras la mente está ocupada. Un pequeño gesto que ayuda a liberar tensiones, sin grandes promesas pero con efectos reales, aunque temporales.

Sin embargo, queda un aspecto que no debe olvidarse. El chicle sin azúcar puede ser beneficioso para los dientes, pero el uso excesivo, la presencia de ácidos o edulcorantes y la masticación constante pueden causar problemas en el esmalte y la mandíbula. Como suele ocurrir, el equilibrio es la clave.

Quizás mascar chicle no sea la solución al estrés diario, pero saber que ese antiguo gesto realmente se comunica con nuestro cerebro lo hace un poco menos banal. Y la próxima vez que lo mastiquemos distraídamente, podremos hacerlo con más conciencia.