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“¡No es justo!” Porque la igualdad perfecta no existe en el amor (y eso está bien)

Tarde o temprano, ese momento llega en toda pareja. Aquel en el que uno de los dos -quizás cansado, decepcionado o simplemente exasperado- exclama: “¡No es justo!”. “No está bien que yo cocine siempre”, “No está bien que él decida todo”, “No está bien que sólo hagamos el amor cuando ella quiere”.

Le pasa a todo el mundo. Es el momento en el que la relación se transforma, en nuestra cabeza, en una balanza: de un lado lo que damos, del otro lo que recibimos. Empecemos a contar: ¿quién hace más? ¿Quién pone el menor esfuerzo? ¿Quién gana? Lástima, sorpresa, las relaciones no funcionan como una hoja de Excel.

Lo que dice la ciencia

Un grupo de psicólogos holandeses, Nico W. Van Yperen y Bram P. Buunk, siguieron durante años a más de 700 personas para comprender si el sentimiento de “justicia” realmente hace más feliz a una pareja. El resultado es tan simple como incómodo: quienes se sienten tratados “justamente” están más satisfechos, pero la equidad no es una ecuación matemática.

No se trata de quién lava más platos, quién gana más dinero o quién tiene la última palabra. La justicia, en las relaciones, se compone de cosas menos visibles pero mucho más importantes: atención, presencia, empatía y compromiso emocional.
En otras palabras, una relación “correcta” no se mide en tareas o minutos, sino en presencia real.

No es casualidad que el mismo estudio subraye que la percepción de justicia no depende de un cálculo de deberes, sino de un equilibrio subjetivo, que cambia con las personas y con el tiempo. El amor no es un juego de puntuación, sino una negociación continua de espacios, necesidades y prioridades.

La falsa ecuación 50/50

Nos gusta pensar que el amor es como partir un pastel por la mitad, pero la verdad es que no existe un 50/50 perfecto. Uno es mejor administrando el dinero y el otro creando conexiones emocionales. Uno tiene más energía, el otro más tranquilo. La suma siempre es cien, pero los porcentajes cambian cada día, dependiendo de la etapa de la vida, el estado de ánimo, el trabajo o simplemente el momento.

Pretender “igualar el marcador” es una forma elegante de arruinar la paz. Como escriben los investigadores, una relación es un rompecabezas, no una competencia. Las fichas no son idénticas, pero encajan porque son diferentes.

Cuando “no está bien” se convierte en una llamada de atención

Pero tenga cuidado: decir que el amor no está bien. En su estudio, Van Yperen y Buunk descubrieron que las personas que constantemente se sienten en desventaja (es decir, aquellas que dan mucho y reciben poco) terminan sintiéndose frustradas, enojadas y tristes.

Las mujeres, en particular, reportan con mayor frecuencia un sentimiento de “infragratificación”. No porque sean más sensibles, sino porque tienden a invertir más en el cariño, la escucha y el trabajo invisible de la relación. Cuando este desequilibrio se vuelve crónico, provoca cansancio emocional.

Por eso, aceptar que no todo es perfectamente justo puede ser bueno, pero ignorar las desigualdades reales desgasta lentamente a la pareja. El secreto está en distinguir entre una diferencia natural y una injusticia estructural.

El amor no es una balanza.

Quizás cocines más a menudo, pero lo haces mejor y con mucho gusto. Quizás tu pareja administre las cuentas, pero sólo porque es mejor en eso. Tal vez quieras más intimidad, pero él o ella tiene un ritmo diferente e igualmente saludable.

Somos rompecabezas con encajes únicos, no dos mitades idénticas. La suma sigue siendo cien, pero la distribución cambia. Querer forzar un equilibrio perfecto es como intentar medir el afecto con una regla. Los autores del estudio lo dicen claramente: la clave para una relación duradera no es la simetría, sino la capacidad de reconocer y aceptar las diferencias sin convertirlas en un tribunal.

Aceptar la imperfección es la forma más madura de amor

Buscar la equidad perfecta en pareja es como querer dividir exactamente por la mitad un pastel hecho de emociones, tiempo y necesidades. La ciencia dice que no funciona y la vida lo confirma cada día.

El amor adulto es aprender a decir: “No siempre es correcto, pero está bien”. Porque en la diferencia entre dos personas muchas veces se esconde lo que las mantiene unidas: la complementariedad. En definitiva, la justicia perfecta es un mito. La verdadera felicidad proviene de sentirse visto, respetado y amado incluso cuando no cuadra.