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La comida navideña explicada como si fuera una serie de televisión

El almuerzo de Navidad siempre comienza antes de sentarse. Comienza cuando alguien dice “de todos modos estamos entre nosotros” y comprendes que no estarás en casa antes del atardecer. La mesa está bien puesta, con un cuidado casi conmovedor. El aire, sin embargo, ya está pesado como si hubieras empezado hace media hora. Todo el mundo finge una energía que no tiene y te sientas con esa sensación precisa: ya he visto este episodio, pero tengo que volver a verlo de todos modos.

No existe una trama real, sino una serie de microeventos que se vienen repitiendo de forma idéntica desde hace años. El decorado es siempre el mismo: casa cálida, ventanas cerradas “dejando entrar el aire”, sillas juntadas hasta quitar espacio de convivencia. Hablas poco, observas mucho y tratas de no hacer declaraciones definitivas antes del primero. Por experiencia.

Episodio piloto: el aperitivo y las mentiras piadosas

Al principio todo va bien. El aperitivo es el momento en el que cada uno interpreta la mejor versión de sí mismo, como los personajes de Friends cuando entran en escena sonriendo aunque acaben de discutir fuera de campo. Hablamos del tráfico, del tiempo, de que “este año somos pocos”. Es el momento más sereno de todo el día y de hecho dura muy poco.

El elenco fijo: nadie evoluciona, pero todos hablan

Lo gobierna sin moverse de su silla. No hace falta que levantes la voz: basta con una mirada. Él decide qué es Navidad, qué no y quién ha comido muy poco. Si escuchas atentamente el tintineo de los cubiertos, podrías jurar que puedes escuchar la música. el padrino. La tía que juzga observa en silencio, apila frases y luego suelta una como ésta, al azar, que se te queda grabada mientras masticas.

Siempre hay alguien que habla continuamente, convencido de que está aligerando el ambiente, y en cambio lo tensa más, como ciertos personajes de boris: Vienen a ayudar y empeorar todo.. “Así como así. Sin significado.”. Y luego estás tú, que decidiste quedarte al margen, intentaste hasta el final no mirar a nadie a los ojos y en cambio ya estás metido hasta el cuello. Porque en Navidad nadie permanece realmente neutral.

Episodio 1: La odisea del almuerzo

El titular sigue siendo territorio seguro. Todo el mundo finge ser moderado, alguien dice “solo prueba un poco” y entiendes que el concepto de “poco” es puramente teórico. El primero llega cuando todavía no has terminado el entrante, pero nadie se da cuenta, porque en época navideña funciona a su manera: se alarga, se arruga, desaparece. Y tu estómago se convierte en un agujero negro que Stephen Hawking esquivó.

Se abren conversaciones que no conducen a ninguna parte, pero de todos modos se prolongan. Son discusiones circulares, que parten de un punto y regresan a él sin llegar nunca a una conclusión. Mismos temas, mismas frases, mismos finales suspendidos. Escuchas, asientes, masticas lentamente y comprendes que estás sólo en el principio.

El segundo es el punto crítico. Llega cuando estás al límite, pero tienes que fingir entusiasmo, porque “¡oye, es Navidad!”.

Episodio 2: el giro argumental entre un segundo plato y una guarnición

No es una conversación. Es una frase mal dicha, en el momento equivocado, con esa cara de “todos lo sabíais”. Nadie reacciona de inmediato. Se hace un breve silencio muy denso, de esos que también se escuchan en los oídos. Entonces alguien intenta hacer una broma, otro responde bruscamente y de repente hay una discusión, aunque nadie la llame así.

Es una discusión serena, sentada y educada. Nadie alza la voz, pero todos tienen algo que decir. Te echan en cara cosas viejas, se corrigen detalles inútiles, hablas de otra cosa fingiendo que no es exactamente de lo que estás hablando. Sigues comiendo, porque dejar de comer sería peor, y mientras tanto piensas que esa parte no estaba en el guión oficial, pero pasa todos los años.

Episodio 3: el suspenso de las tostadas de postre

El brindis llega inmediatamente después, empezando por la abuela “jefa” que mientras tanto trae el postre, como si nada hubiera pasado. Y aquí es donde entra la verdadera especialidad del almuerzo navideño: fingir que no pasó nada. Se levantan las copas, alguien dice “a la familia”, otro añade una frase demasiado edulcorada para ser cierta. Sonreímos más de la cuenta, reímos sin saber por qué.

Es un momento suspendido. Nadie aclara, nadie cierra realmente. Todo queda ahí, debajo de la mesa, junto con las sillas reunidas y las palabras no dichas. Observas la escena y comprendes que esto no es un final: es sólo el punto en el que decides posponer todo hasta el año siguiente.

El final: tregua armada y cansancio compartido

El almuerzo termina cuando termina la resistencia emocional. Se aclara lentamente, como si nadie quisiera realmente terminar el episodio. Algunos dicen que el año que viene hará algo más sencillo. Es una frase reconfortante, no una promesa. Nos saludamos con sincero afecto y una ligera satisfacción: también este año ha sucedido.

La comida de Navidad no soluciona nada, no aclara nada, pero da risa precisamente porque es así. Siempre igual, siempre un poco torcido, siempre inevitable.