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¿Por qué tenemos ciertos sueños? Un estudio totalmente italiano explica de dónde vienen y cómo se moldean

Sucede que te despiertas con una escena que parece no tener modales. Una habitación que nunca había visto, una persona de hace años, un pequeño miedo que se ha vuelto enorme, un detalle del día anterior atrapado en medio de algo que parece una película mal rodada pero extrañamente nuestra. Los sueños hacen esto: llegan con pedazos de realidad, los mueven, los deforman, los pegan a emociones que tal vez habían quedado quietas en un rincón durante el día.

La ciencia, en este terreno, está poniendo orden sin eliminar por completo el misterio. Un estudio publicado el 28 de abril de 2026 sobre Psicología de las Comunicaciones analizó sistemáticamente el contenido de los sueños, mostrando que esas imágenes nocturnas surgen del entrelazamiento de lo que experimentamos y la forma en que estamos hechos. El trabajo examinó un gran conjunto de datos: 287 adultos entre 18 y 69 años, más de 3.700 informes generales de sueños y experiencias de vigilia, con un grupo principal recopilado entre 2020 y 2024 y un segundo grupo que se refiere al primer bloqueo de 2020. Solo en el conjunto de datos principal, se recopilaron 1.687 informes de sueños y 1.679 informes de experiencias de vigilia; En total, entre los dos grupos, los informes de sueños analizados fueron 2.038.

No son imágenes aleatorias.

Los datos más interesantes se refieren precisamente a este tipo de talleres internos. Los sueños recogen materiales de la vida cotidiana, pero los tratan a su manera. Un rostro encontrado, una conversación, un lugar, una tensión abierta, pueden reaparecer por la noche bajo otra forma. A veces se convierten en imágenes claras, otras en una secuencia extraña, llena de espacios extraños, múltiples personajes, situaciones que en la vida de vigilia descartaríamos por absurdas.

El estudio habla de una continuidad entre la vigilia y el sueño, junto a una transformación muy clara. En comparación con las historias de las experiencias de vigilia, los sueños son más perceptivos, más visuales, más espaciales, poblados de detalles concretos, presencias y acontecimientos inusuales. La mente dormida parece tomar nuestras preocupaciones y nuestros recuerdos y luego construir una simulación interna: menos noticias, más edición.

En este montaje entran también características bastante estables de la persona. Lo que cuenta es el interés por los sueños, lo que cuenta es la tendencia a la divagación, es decir, esa mente que se aleja sola durante el día, lo que cuenta es la calidad subjetiva del sueño. Quienes dan importancia a los sueños tienden a producir experiencias nocturnas más atractivas e inmersivas; aquellos que tienen una mente inclinada a desprenderse de los estímulos externos y seguir pensamientos espontáneos aportan una estructura más fragmentada y discontinua a sus sueños.

Luego está el filtro personal, ese que explica por qué dos personas, después de un día similar, pueden despertarse con historias completamente diferentes. Un mismo acontecimiento pasa por la memoria, la sensibilidad, los hábitos cognitivos, la calidad del descanso, los miedos, las expectativas. De ahí surge algo muy simple y nada trivial: nosotros también soñamos con el mundo, por supuesto, pero lo soñamos con nuestra voz interior.

El cerebro revuelve la realidad

Para llegar a estos resultados, los investigadores utilizaron herramientas de análisis del lenguaje natural y evaluaciones asistidas por modelos de lenguaje. En la práctica, las historias de los participantes fueron leídas como textos: palabras, temas, conexiones, campos semánticos, referencias a espacios, emociones, personas, cuerpos, ambientes, límites, miedo, imágenes visuales. El método combinó dos caminos: uno basado en dimensiones semánticas definidas al inicio y otro más exploratorio, construido sobre los dominios léxicos que surgieron de las historias.

El paso delicado era entender si una máquina realmente podía capturar algo tan esquivo como un sueño contado por la mañana, tal vez con frases entrecortadas y detalles aún pegados a la almohada. Por este motivo, las evaluaciones automáticas se compararon con las de evaluadores humanos y con una muestra independiente de participantes a los que se les pidió que juzgaran sus sueños. El acuerdo fue alto en las 16 dimensiones semánticas consideradas, con niveles comparables a los observados entre evaluadores humanos independientes.

Esta parte diferencia el estudio de muchos trabajos anteriores. Durante décadas, los sueños se han recopilado e interpretado a menudo en muestras pequeñas, con cuadrículas manuales, categorías más rígidas y cuestionarios retrospectivos. Aquí el material es más amplio, tiene más capas y se recoge día tras día. Los participantes siguieron un protocolo diario durante dos semanas, informando de sus experiencias tan pronto como se despertaban, para reducir al máximo las distorsiones de la memoria. Además de las historias, también se recogieron datos sobre la personalidad, las funciones cognitivas, el sueño y las características psicológicas.

El resultado parece un mapa, con todas las precauciones necesarias. Los sueños siguen siendo experiencias subjetivas, privadas y a menudo inestables. Pero dentro de esta inestabilidad aparecen regularidades. Ciertos temas regresan, ciertos tonos emocionales cambian, ciertos detalles se mueven cuando cambia la vida diurna. En definitiva, la noche trabaja con materiales reconocibles.

Incluso el confinamiento ha cambiado los sueños

La parte sobre el confinamiento de 2020 le da al estudio un peso aún más concreto. Allí el mundo exterior había cambiado para todos, en el mismo período, con una fuerza rara: casas cerradas, viajes limitados, miedo al contagio, días iguales, pérdida de control. Los investigadores utilizaron un segundo conjunto de datos independiente de 80 participantes para observar el impacto de ese estrés colectivo en los sueños.

Durante el primer confinamiento los sueños mostraban más referencias a limitaciones y mayor intensidad emocional. Con el paso de los años, esas señales se fueron desvaneciendo gradualmente. La normalidad, o algo que se le pareciera, empezó a entrar nuevamente en sueño. Este detalle dice mucho: los sueños registran presiones individuales, pero también absorben la atmósfera común. Una pandemia, un cierre forzoso, un miedo compartido pueden cambiar el panorama nocturno de muchas personas en un mismo período.

Esto no convierte los sueños en perfectos boletines psicológicos. Nadie puede tomar un sueño y utilizarlo como informe del alma, con sello y diagnóstico. La investigación se basa en datos agregados, en probabilidades, en estructuras semánticas. Sin embargo, ese movimiento se puede ver: cuando todo lo exterior se encoge, algo interior también cambia de forma. Las habitaciones se vuelven más estrechas, las emociones más densas, las imágenes más cargadas.

Los sueños, entonces, parecen funcionar como un laboratorio mal ordenado. El cerebro toma emociones, recuerdos, estímulos recientes, rasgos personales, calidad del sueño y los recrea mientras estamos desconectados del mundo exterior. A veces lo hace para imágenes casi banales, a veces con una dirección completamente fuera de eje. El significado viene después, si llega. Primero queda esa sensación física del despertar: el eco de algo que vivimos sin movernos de la cama.

La respuesta a la pregunta de dónde vienen los sueños es, por tanto, menos romántica y más interesante. Provienen del día, del carácter, de los recuerdos, de los miedos, del cuerpo que duerme, del mundo que presiona incluso con los ojos cerrados. Vienen a nosotros, con todo el caos del caso.