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PFAS en el vino del Véneto: 75 de 76 botellas están contaminadas, ¿cuál es el riesgo de quienes beben mucho?

Las PFAS son ahora una presencia silenciosa y omnipresente en nuestras vidas. Estas sustancias perfluoroalquiladas, utilizadas durante décadas en la industria por sus propiedades antiadherentes e impermeabilizantes, han demostrado ser extremadamente persistentes en el medio ambiente, lo que les valió el sobrenombre de “por siempre químicos“, eternas sustancias químicas. Las encontramos en el agua potable, en los alimentos y no se salva ni uno de los productos más identificativos de nuestro territorio: el vino.

Nueva investigación de la Universidad Ca’ Foscari de Venecia, publicada en la revista científica contaminación ambiental, analizó 76 botellas producidas entre 2017 y 2023 en las provincias de Verona, Vicenza y Padua, zonas históricamente afectadas por el desastre medioambiental vinculado a la antigua fábrica de Miteni. El estudio detectó la presencia de PFAS en 75 muestras, precisando que en 73 de ellas la concentración era cuantificable, es decir, superior a los límites mínimos de medición analítica.

Desastre ambiental por PFAS, los motivos de la sentencia que clava a Miteni: sabía que estaba contaminando el agua (pero guardó silencio)

Lo que encontraron en el vino veneciano

Entre los diversos compuestos identificados destaca uno por su difusión y concentración: el PFBA (ácido perfluorobutanoico), encontrado en el 93,5% de los vinos analizados, con una concentración mediana de 196 nanogramos por litro y picos que alcanzaron los 18.067 nanogramos por litro. Es un subproducto de la degradación del PFOA, un PFAS ahora prohibido debido a su toxicidad.

El PFBA es una molécula de cadena corta, característica que la hace particularmente móvil en el medio ambiente y capaz de infiltrarse fácilmente en los acuíferos, además de ser absorbida por matrices vegetales.

Le siguen, por frecuencia de detección, PFPeA (61,5% de las muestras) y PFBS (51,3%), lo que confirma cómo la contaminación por PFAS de cadena corta es ya un fenómeno estructural en estas zonas.

Uno de los aspectos más significativos del estudio se refiere a la relación directa identificada entre la contaminación del acuífero y la encontrada en el producto terminado. Los investigadores observaron que, para los viñedos ubicados a menos de 75 metros del punto de agua subterránea más cercano, había una correlación estadísticamente significativa entre los niveles de PFBA en el agua subterránea y los encontrados en el vino.

En otras palabras, las vides absorben del suelo lo que se encuentra en el agua con la que se riegan o a la que están expuestas, transformándose efectivamente en bioindicadores ambientales. Por tanto, no es de extrañar que las mayores concentraciones de PFBA se midieran en los vinos procedentes de las tierras que se superponen a las zonas donde las aguas subterráneas están más contaminadas, la llamada “penacho” de contaminación generada por la antigua planta de Miteni.

¿Cuánto arriesgamos al beber vino contaminado?

Ante estos datos, la pregunta que muchos se harán es hasta qué punto esto puede afectar realmente a nuestra salud. El propio coordinador del estudio, Antonio Marcomini, profesor de química ambiental en la Universidad Ca’ Foscari, responde y nos insta a no ceder al alarmismo. Según declaró al Corriere del Veneto, el consumo ocasional de una copa de vino no entraña riesgos importantes. La situación cambia, sin embargo, para quienes lo consumen de forma elevada y continua, situación en la que el vino puede añadirse como una fuente adicional de exposición general a las PFAS, junto con todos los demás alimentos de la dieta diaria.

Lo que hace más preocupante el panorama es el comentario del Isde (Asociación de Médicos por el Medio Ambiente), que subrayó los riesgos potenciales para la salud pública. La asociación destaca los pasos más críticos de la investigación, donde los autores estiman que:

En los escenarios de mayor consumo, un vino puede llevar a superar la ingesta semanal tolerable establecida por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria; aplicando los factores de potencia relativos, la superación afectaría de 3 a 8 vinos. Para 3 vinos, la ingesta diaria estimada de PFAS específicos excedería sus respectivas dosis orales de referencia.

Cabe recordar que la EFSA, ya en 2020, había fijado una dosis grupal semanal tolerable de 4,4 nanogramos por kilogramo de peso corporal, calculada para cuatro PFAS en particular (PFOA, PFOS, PFNA y PFHxS), precisamente debido a su capacidad de acumularse en el organismo con el tiempo. Según Isde, el efecto crítico que hay que seguir con mayor atención es la posible reducción de la respuesta inmunitaria a las vacunas.

Cabe señalar que los efectos de las PFAS en la salud humana aún se están estudiando, y que la exposición a estas sustancias no se produce sólo a través del vino, sino que es múltiple y proviene de todos los alimentos, agua y productos de consumo diario.

Estos nuevos datos confirman una vez más que las PFAS ya no pueden tratarse como una emergencia episódica, sino que deben abordarse como un problema estructural de prevención primaria. El hecho de que estas sustancias, tan persistentes, se hayan encontrado en un alimento tan importante para la economía y la cultura de la zona como el vino, requiere controles más exhaustivos, publicación transparente de datos, protección real de las poblaciones expuestas e intervenciones directas sobre las fuentes de contaminación.

Por esta razón, según los expertos, ahora necesitamos un seguimiento integrado que incluya el agua, el suelo, los cultivos y los alimentos, acompañado de un biomonitoreo humano específico, especialmente en zonas ya marcadas por una contaminación histórica por PFAS.