Santa Catarina
EMERGENCIAS: 911
PROTECCIÓN CIVIL: 81 8676.18.66
SEGURIDAD PÚBLICA: 81 8676.18.66
CIAC: 81 8676.17.17 / 81 8676.17.00

El sueño traicionado de Cabo Verde: cómo el capitán Ryan Mendes empañó la hazaña de Vozinha (mientras la FIFA factura)

En el fútbol actual, dominado por la lógica financiera de la FIFA, es cada vez más difícil encontrar espacio para una pasión limpia. Sin embargo, ver a una humilde selección nacional como Cabo Verde hacer historia en la Copa del Mundo, encabezada por figuras respetadas como el portero Vozinha, había despertado un entusiasmo legítimo. Sin embargo, la alegría nunca dura mucho. Y lo que parece un gol para celebrar resulta ser un gol en propia meta que te da en la cara: mientras algunos sudan la camiseta con honor, la federación caboverdiana y el cuerpo técnico han desplegado sin dudarlo a Ryan Mendes, su capitán, a pesar de que está siendo investigado formalmente por la policía neozelandesa por una gravísima acusación de agresión sexual contra una traductora brasileña.

​Según reveló una investigación del portal brasileño Globo Esporte, la Federación Caboverdiana recibió denuncias formales semanas antes del torneo, pero optó por el silencio, prefiriendo no debilitar al equipo privando a su máximo goleador histórico. Por su parte, la FIFA se escuda en su Código Disciplinario, argumentando que una suspensión cautelar requiere de elementos judiciales definitivos. Hasta que la burocracia internacional formule una acusación, el jugador sigue siendo “elegible” para la FIFA. Bajo la bandera de una presunción de inocencia reducida a un escudo de conveniencia financiera, el máximo organismo trata al futbolista como una inversión a proteger, y no como un ciudadano sujeto a una ética.

La asimetría del poder es desgarradora. Por un lado está la víctima: una mujer que, en absoluto anonimato, enfrenta sola la carga del trauma y la burocracia internacional. Del otro está el acusado, blindado por la maquinaria publicitaria del fútbol, ​​que concede entrevistas sobre sus “sueños cumplidos” y es aplaudido por miles de personas. Este doble rasero es evidente en comparación con el derecho laboral ordinario: en Italia, por ejemplo, el artículo 2106 del Código Civil y los Convenios Colectivos Nacionales de Trabajo (CCNL) permiten a las empresas ordenar la suspensión preventiva inmediata del servicio de un empleado investigado por delitos tan graves, para proteger el medio ambiente de trabajo. Pero cuando se trata de violencia de género perpetrada por hombres de poder en el fútbol, ​​la lógica de protección ordinaria no se aplica: el sistema se ralentiza y prefiere mirar para otro lado mientras la pelota siga rodando.

En este panorama, a quienes siguen este deporte sólo les queda la amargura de una pasión contaminada. Es legítimo aplaudir a Vozinha por sus méritos individuales, pero el fútbol es un deporte colectivo y el triunfo de un equipo borra inevitablemente la cara de quienes lo componen y de quienes lo financian. Este cortocircuito ético se refleja incluso en las tiendas oficiales. Al autor de este artículo le hubiera gustado comprar la camiseta de Cabo Verde, para celebrar un espléndido cuento deportivo; hoy, sin embargo, esa misma camisa parece irremediablemente manchada por la sospecha de complicidad e hipocresía de quienes prefieren vender merchandising antes que defender los derechos humanos fundamentales.

​Separar el amor por el juego del rechazo total a su estructura es la única manera de evitar ser cómplices del silencio y hacer compañía, al menos con dignidad, a la dolorosa soledad de la víctima. Porque es absurdo aceptar que en este deporte una tarjeta roja en el terreno de juego por una falta se dé en tres segundos, mientras que para expulsar a un presunto violador se prefiere esperar hasta el final del asunto.