Caliente los alimentos en el microondas en un recipiente de plástico, incluso uno que esté etiquetado como seguro para su uso. Matteo Bassetti, profesor titular de Enfermedades Infecciosas de la Universidad de Génova, lo afirmó en una entrevista con Fatto Quotidiano inspirada en uno de sus vídeos en Instagram: el plástico, con el calor, libera microplásticos. Y los microplásticos están ahora en todas partes.
El vídeo en cuestión, que veremos en breve, parte de un estudio publicado en Environmental Science & Technology por la Universidad de Nebraska, que afirma que tres minutos de microondas serían más que suficientes para crear el problema, un periodo de tiempo en el que un centímetro cuadrado de plástico puede liberar hasta 4,22 millones de microplásticos y 2,11 mil millones de nanopartículas en los alimentos que se calientan.
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La entrevista: no se trata de crear alarma
Bassetti tiene la capacidad de entrar en el debate público sobre temas de salud con tonos claros. Aquí, sin embargo, elige la medida. “La cuestión no es crear alarma, sino dejar claro que el problema existe”, le dice a Fatto Quotidiano. No estamos, señala, en la situación del tabaco de los años 60, cuando había médicos que afirmaban abiertamente que fumar era bueno para la salud. “Pero ojo: es un fenómeno subestimado. Hemos exagerado con el plástico, se ha convertido en la solución a todo. Y esto no puede dejar de tener consecuencias”.
Lo que dice la literatura científica
El quid de la cuestión, para Bassetti, es el vínculo entre los microplásticos y la inflamación crónica, un terreno biológico común a muchas patologías graves. Y cita un dato concreto: un estudio publicado en el New England Journal of Medicine muestra que en pacientes con microplásticos en placas ateroscleróticas el riesgo de ataque cardíaco, accidente cerebrovascular y muerte es significativamente mayor que en aquellos que no los tienen. La investigación, realizada en 257 pacientes seguidos durante aproximadamente 34 meses, encontró un riesgo 4,5 veces mayor en personas con partículas de plástico en las placas. “Aún no está demostrada la causalidad”, admite Bassetti, “pero tampoco es un detalle estadístico”.
Respecto al hecho de que las directrices oficiales de prevención aún no hayan implementado el tema, Bassetti no se sorprende: “La literatura científica se está formando ahora. Pero mira, los estudios sobre este tema salen todos los días. La tendencia ahora está consolidada. Creo que entrará pronto, porque es un problema que tenemos que afrontar, precisamente porque ahora estamos invadidos por el plástico”.
La batalla por el agua embotellada
Entre las posiciones más claras se encuentra la del agua mineral envasada. Bassetti dice a Il Fatto que él también quiere continuar esta batalla: beber agua del grifo, en Italia, significa reducir la exposición al plástico aprovechando un recurso hídrico que define como “extraordinario”. Los sistemas de microfiltración domésticos hacen el resto. Las indicaciones prácticas que sugiere son tres: reducir las botellas de plástico siempre que sea posible, limitar los envases y utilizar alternativas como botellas de agua fabricadas con otros materiales. “Solíamos utilizar material de madera”, recuerda, casi como para disipar la idea de que el plástico era inevitable desde el principio.
El problema de la normalidad
El punto más interesante de la entrevista es quizás el del que menos se habla. Bassetti no habla de catástrofe, habla de normalidad, porque el plástico se ha vuelto tan omnipresente que hemos dejado de verlo como un problema. Una industria que minimiza, consumidores que miran por la comodidad, un daño medioambiental que va “360 grados”. El panorama que emerge no es el de una emergencia con fecha de inicio y fin, sino el de una exposición continua y acumulada, que las investigaciones están aprendiendo a medir mientras la costumbre de ignorarla ya está consolidada.