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La risa en los niños es grave: qué pasa en el cerebro cuando juegan felices

A veces basta con una mueca torcida al ponerse un zapato, un ruido gracioso al cambiar un pañal, un adulto que se equivoca en una palabra a propósito y le deja al niño el maravilloso lujo de corregirlo. Ni grandes teorías educativas, ni un laboratorio casero con alfombras Montessori dispuestas como un escaparate escandinavo. Sólo una risa. De esos auténticos, desordenados, que empiezan por la barriga y dejan el resto en espera durante unos segundos.

En este caso, esa pequeña escena -un niño riendo con un adulto cerca-, según Jacqueline Harding, experta en desarrollo infantil e investigadora asociada a la Universidad de Middlesex en Londres, merece mucha más atención de la que solemos prestarle. En su trabajo más reciente, El cerebro al que le encanta reírHarding sostiene que la risa en los niños contribuye al crecimiento saludable del cerebro, al bienestar emocional y a la construcción de vínculos sociales, especialmente en los primeros años de vida.

Lo interesante es que aquí la risa no se trata como un adorno del día, ese lindo interludio entre una tarea y una crisis frente a los calcetines. Harding lo describe como un fenómeno biológico complejo: llega antes del desarrollo neuronal del lenguaje e involucra múltiples áreas del cerebro, incluidas las áreas motoras y la corteza prefrontal, la que entra en juego cuando planificamos, evaluamos y tomamos decisiones.

El cerebro que entrena riendo

Cuando un niño ríe, el cuerpo no se limita a “burlarse”. El ritmo cardíaco y la respiración cambian, entran en juego hormonas y neurotransmisores, disminuyen los niveles de cortisol y epinefrina, es decir, dos sustancias ligadas a la respuesta al estrés, mientras que aumentan la dopamina, la serotonina y las endorfinas. Harding también vincula estos procesos con la memoria, la respuesta inmune y la capacidad de afrontar mejor situaciones difíciles.

En este punto hay que tener los pies en la tierra, lo que siempre es buena idea con los niños, sobre todo cuando hay Legos en casa. La risa no es una terapia milagrosa y no borra traumas, dificultades educativas o problemas de salud. Sin embargo, la literatura científica avanza en la misma dirección cautelosa: una revisión sistemática con metaanálisis publicada en 2023 encontró que la risa espontánea se asocia con una mayor reducción del cortisol en comparación con las actividades habituales, a pesar de estar dentro de un campo de investigación que aún requiere estudios más sólidos y homogéneos.

El mejor pasaje, tal vez, se refiere a la forma en que funciona el humor en la cabeza. Comprender algo gracioso significa predecir, esperar una dirección y luego encontrar otra. El cerebro tiene que resolver una pequeña tensión entre ideas en conflicto. Es una especie de gimnasio mental: memoria de trabajo, lóbulos frontales, pensamiento creativo. El chiste exitoso, el juego absurdo, la mueca en el momento adecuado piden al niño que siga un desvío. Y en ese desvío se aprende.

Lo contrario es igualmente concreto. El estrés prolongado, especialmente en los primeros años, puede alterar el desarrollo físico y mental, dificultar el aprendizaje, hacer más frágil la respuesta al estrés en la edad adulta y afectar también al sistema inmunológico. Harding insiste en este contraste: las experiencias emocionales seguras y lúdicas no son una recompensa después de “cosas serias”, son parte del entorno en el que un niño realmente logra aprender.

No necesitas padres leales

La buena noticia, para aquellos que ya imaginaban tener que preparar un repertorio cómico entre la cena, la colada y los deberes, es que no es necesario convertirse en animadores de pueblo. Harding habla de juego compartido, contacto visual, sonrisas, cercanía, atención compartida en una pequeña actividad. Una torre que cae. Una cuchara que se convierte en micrófono. Un títere que saluda con la voz equivocada. El punto práctico está ahí: reír juntos, dentro de una relación segura.

En las interacciones entre padres e hijos, la risa puede favorecer la liberación de oxitocina y fortalecer la sincronización durante los intercambios, es decir, ese tipo de sintonía mutua que hace que un adulto y un niño sean más capaces de leerse mutuamente. Algunos estudios recientes sobre la risa y la conexión social muestran un panorama complejo: una investigación publicada en Fronteras en neurociencia en 2025 no encontraron evidencia directa de que la risa en sí misma aumente la sincronización neuronal, pero observaron asociaciones entre el comportamiento de risa, el gusto y el sentido de conexión. Ergo: reír juntos parece contar, pero los mecanismos precisos aún están por aclararse.

Esta cautela no quita fuerza a la parte educativa. De hecho, lo hace más útil. Porque la risa funciona mejor cuando sigue siendo humana, situada y proporcionada. Una risa compartida puede reducir la tensión de una habitación, hacer más digerible un pasaje difícil y aligerar la carga cognitiva. Una broma cruel, un sarcasmo sobre el error, una burla frente a la clase hacen exactamente lo contrario. El cerebro del niño no sólo distingue el sonido de la risa: también lee el contexto, el rostro del adulto, el tono, el riesgo de ser humillado.

El ambiente cambia en la escuela.

Dentro de un aula, el humor bien utilizado puede convertirse en una especie de pasamanos. Ayuda a reunir conceptos complicados, a fijar una imagen, a transformar una explicación abstracta en algo que se queda contigo. Harding propone dar más espacio al juego feliz y creativo incluso en contextos educativos, especialmente en la primera infancia, cuando el cerebro es especialmente receptivo.

Aquí tampoco hay licencia para el caos. No se trata de sustituir la lectura, los números, la atención y la rutina por recreación permanente. Se trata de recordar que un niño asustado, sobrecargado, siempre corregido y rara vez acogido aprende peor. La teoría de la carga cognitiva, neta de discusiones entre especialistas, parte de un hecho simple: la mente tiene recursos limitados para procesar nueva información. Un entorno emocionalmente más seguro puede dejar más espacio para la tarea, en lugar de gastar energía en controlar la ansiedad.

Luego está la cuestión de la corregulación. En los primeros años el niño aprende a regularse porque alguien primero le ayuda a hacerlo. El adulto aporta calma, presencia, voz, ritmo. Luego, ese modelo se vuelve gradualmente interno. Harding conecta esta trayectoria con la risa, el juego y la esperanza como depósito de experiencias positivas a las que el niño puede recurrir cuando se encuentra con frustración, miedo y fatiga.

El sistema límbico, implicado en las emociones, la conducta y la memoria a largo plazo, se desarrolla junto con las funciones ejecutivas, aquellas que nos ayudan a planificar, evaluar y decidir. Por eso el estado emocional de los niños pequeños influye tanto en su forma de explorar el mundo. Un niño que se ríe con un adulto seguro de sí mismo no es perder un tiempo precioso. Está experimentando un mundo manejable.

Y también se aplica a quienes han vivido experiencias difíciles. Harding habla de formas suaves de reintroducir la alegría y la esperanza, aligerando la carga sobre el sistema nervioso. Necesitas tacto, necesitas competencia, necesitas evitar cualquier fuerza. La risa útil no es la que se impone a un niño triste con el habitual “vamos, sonríe”. Es lo que ocurre cuando el cuerpo siente que puede relajarse un poco. Incluso muy poco.

Quizás deberíamos tomar esto menos como una pausa y más como una señal. Un niño que ríe mientras aprende no necesariamente se distrae. Puede ser que, en ese momento, su cerebro encontrara la forma más antigua y seria de mantenerse abierto. Una risa, a veces, aporta más orden que un sermón.