El ayuno vuelve a estar de moda, a menudo presentado como una solución rápida para recuperar energía o “reiniciar” el cuerpo. Pero en la mayoría de los casos se habla de ello de forma superficial: dos valores en el acta, algunas impresiones personales y poco más. En realidad, pasar una semana entera sin introducir calorías es algo que afecta a todos los rincones del cuerpo, mucho más profundo de lo que imaginamos.
Un grupo de investigadores de la Universidad Queen Mary y la Escuela Noruega de Ciencias del Deporte intentaron seguir este proceso minuto a minuto. Monitorizaron a doce personas sanas mientras se sometían a un ayuno de siete días de agua únicamente, rastreando miles de señales biológicas que cambiaban a lo largo de la semana. Un trabajo publicado en Nature Metabolism que, por primera vez, nos permite observar algo más que eso Qué sucede, pero Cuando.
Un cambio gradual
Los científicos analizaron aproximadamente 3.000 proteínas por día. Y es gracias a esta cantidad de datos que lo podemos ver claramente: los dos primeros días son terreno incierto. El organismo registra la ausencia de alimento, pero reacciona de forma tímida, casi prudente. Luego llega el tercer día. Es en este momento cuando el cuerpo cambia de estrategia: más de mil proteínas modifican su comportamiento, algunas aumentan, otras disminuyen, otras siguen movimientos más complejos. Es el punto en el que el ayuno deja de ser “ausencia de comidas” y se convierte en una auténtica reorganización.
La sorpresa más interesante se refiere a una proteína llamada Tenascin-R, vinculada al sistema nervioso. Su variación durante el ayuno sugiere que la comunicación entre las células nerviosas también puede estar implicada más de lo que pensábamos. Una pista que los investigadores quieren explorar más a fondo.
La privación de calorías no sólo cambia tu metabolismo: cambia la forma en que tu cuerpo se comunica consigo mismo. La leptina, que envía señales al cerebro sobre el nivel de reservas de grasa, cae rápidamente. En cambio, el receptor de leptina aumenta, como si el cuerpo intentara “escuchar mejor” un mensaje cada vez más débil.
Mientras tanto, crecen las señales que empujan hacia el uso de grasas y cuerpos cetónicos como principal combustible. El organismo entiende que debe cambiar su estrategia energética y entra en una fase de adaptación que involucra múltiples sistemas simultáneamente. Es un proceso complejo pero coordinado, resultado de millones de años de evolución.
¿Qué cambios en el cuerpo?
A lo largo de la semana, los participantes perdieron una media de unos 5,7 kg. No sólo masa grasa: también se reduce una parte de masa magra, como es de esperar en ausencia de nutrientes. Lo interesante es que, día tras día, el cuerpo reduce gradualmente la pérdida de nitrógeno en la orina, señal de que está aprendiendo a ahorrar proteínas, protegiendo los tejidos esenciales. Se trata de una adaptación sorprendente: una respuesta biológica que muestra cómo el organismo busca el equilibrio, incluso en condiciones extremas.
El cambio de combustible, de carbohidratos a grasas, no es nada brusco. El cuerpo avanza gradualmente: en los primeros dos días consume reservas de glucosa, luego depende de lípidos y cuerpos cetónicos. Las proteínas medidas en el estudio muestran claramente que esta transición no es un cambio, sino una fase construida paso a paso, con ajustes continuos.
Esta no es una invitación a ayunar.
Un ayuno de siete días sigue siendo una práctica extrema, que requiere supervisión médica y no debe improvisarse. Los voluntarios fueron atendidos por un equipo de profesionales y sus datos no se pueden generalizar a todos.
El valor del estudio radica en otra parte: en la posibilidad de observar con precisión cómo el cuerpo se adapta a la falta de alimentos. Este conocimiento podría ayudar, en el futuro, a desarrollar métodos capaces de replicar algunos efectos beneficiosos del ayuno sin imponer una semana entera de abstinencia calórica.