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Si escuchar a la gente masticar te enoja, es posible que estés sufriendo de ansiedad, depresión y trastorno de estrés postraumático.

Nada es suficiente en la mesa. Una galleta rota entre los dientes, la respiración de alguien sentado a tu lado, el chasquido agudo de un bolígrafo en una reunión. Para muchos son ruidos que se escapan. Para quienes viven con misofonía, sin embargo, llegan como un shock: los latidos del corazón se aceleran, los músculos se ponen rígidos, surge una ira repentina o la necesidad física de irse. En los últimos años, las investigaciones han dado líneas más claras a esta experiencia: se habla de una tolerancia reducida hacia sonidos específicos, o hacia estímulos vinculados a esos sonidos, con reacciones emocionales, físicas y conductuales desproporcionadas con lo que realmente está sucediendo.

Durante mucho tiempo incluso faltó la palabra. En una muestra representativa del Reino Unido publicada en 2023, el 18,4% de las personas estaban por encima del umbral de misofonía clínicamente significativa, pero solo el 13,6% había escuchado el término antes. Jane Gregory, psicóloga clínica de Oxford, explicó que aquí no estamos hablando de simple molestia: entran en juego la impotencia, el atrapamiento, la huida, la vergüenza por la forma en que uno reacciona a los sonidos producidos a menudo por personas cercanas a uno. Es también por esta razón que la misofonía se infiltra en la vida social: almuerzos evitados, habitaciones abandonadas repentinamente, relaciones tensas por ruidos que a los demás les parecen nada.

El tema que más pesa hoy en día es el de la salud mental. Un estudio de 2026 de una muestra representativa de adultos estadounidenses encontró que el 62,5% de las personas con misofonía informaron al menos un diagnóstico psicológico en su vida. Los más frecuentes fueron la depresión, con un 48,9%, y los trastornos de ansiedad, con un 46,7%. Los autores también encontraron una mayor probabilidad de informar síntomas actuales en las áreas psicológica y auditiva-sensorial en comparación con aquellos sin misofonía. La imagen que surge es la de una condición que a menudo se entrelaza con otros trastornos y que requiere una interpretación mucho más seria que el habitual “eres demasiado sensible”.

En el aspecto biológico, el trabajo dirigido por Dirk Smit en Ámsterdam ha aportado una pieza importante. El estudio genético publicado en 2023 encontró correlaciones entre un síntoma misofónico típico, es decir, la ira ante los ruidos de masticación, y perfiles genéticos relacionados con el trastorno de estrés postraumático, la depresión mayor, la ansiedad generalizada y el tinnitus. En el mismo trabajo se agrupó la misofonía con rasgos como el neuroticismo, la culpa, la irritabilidad, la tensión y la sensibilidad. Traducido del lenguaje técnico: el cerebro que explota ante un sonido ordinario parece compartir parte de su vulnerabilidad con sistemas psicológicos ya conocidos en la clínica de trauma y ansiedad.

En el cerebro el gatillo pesa como una amenaza real

La neurobiología también va en la misma dirección. En un estudio de neuroimagen, las señales audiovisuales típicas de la misofonía, como masticar ruidosamente o respirar con dificultad, provocaron una mayor actividad en los pacientes en la ínsula, la corteza cingulada anterior y las áreas temporales superiores, junto con un aumento de la frecuencia cardíaca. Son áreas involucradas en detectar lo que el cerebro considera saliente, urgente, digno de atención inmediata. Vista desde adentro, la respuesta tiene poco que ver con una leve irritación: más bien como una alarma que suena demasiado pronto y demasiado tarde.

Desde aquí también podemos entender mejor esa sensación de encarcelamiento que mucha gente describe. Un trabajo publicado entre 2025 y 2026 vincula la gravedad de la misofonía con una mayor cavilación y una menor flexibilidad cognitiva: el pensamiento se atasca, lucha por cambiar de marcha, vuelve una y otra vez al desencadenante y a la emoción que ese desencadenante encendió. La literatura sigue siendo cautelosa sobre la dirección del vínculo, porque la pregunta más difícil aún está abierta: ¿la vulnerabilidad psicológica es lo primero o es lo primero la fatiga crónica de vivir con este trastorno? Pero una cosa se puede ver: la imagen se vuelve menos borrosa.

Autismo, hiperacusia y tinnitus

Uno de los puntos más sorprendentes se refiere al autismo. Durante años, muchos médicos y observadores han imaginado una superposición casi natural, dada la frecuencia de las sensibilidades sensoriales en el espectro del autismo. Los datos genéticos recogidos por el grupo de Smit sugieren, en cambio, una relativa independencia entre las dos condiciones en términos de variación genómica, con una correlación negativa que ha sorprendido a muchos investigadores. Esto no excluye la posibilidad de que una persona autista pueda tener experiencias sonoras muy difíciles. Sin embargo, cambia el límite: la misofonía, al menos dentro de este tipo de análisis, sigue su propia trayectoria.

La distinción con hiperacusia también merece atención, porque fuera de la clínica ambas palabras acaban a menudo en el mismo cajón. En la hiperacusia, el volumen del sonido, percibido como demasiado alto o doloroso, es especialmente importante. En la misofonía, sin embargo, pesa mucho el patrón del desencadenante, su significado, su textura repetitiva, muchas veces ligada a la boca, la nariz, los dedos, los pequeños gestos humanos. Una persona puede tolerar el tráfico, las aspiradoras o la música alta y perder el control cuando algo cruje a sólo unos centímetros de distancia. Es aquí donde la condición muestra su lado más inquietante: todo parte de un mínimo detalle y ese detalle se apodera de toda la escena.

En este cuadro también entra el tinnitus, con el que la misofonía muestra algunas zonas de contacto. El estudio genético de Amsterdam encontró una correlación significativa, y revisiones posteriores han seguido describiendo puntos de superposición entre la prominencia alterada, la excitación autonómica y el malestar psicológico. Las cifras exactas cambian de un estudio a otro, por lo que el terreno sigue cambiando. La dirección general, sin embargo, parece clara: los capítulos auditivo y emocional se comunican entre sí mucho más de lo que se pensaba anteriormente.

La parte más importante, quizás, radica en lo que este nuevo marco devuelve a quienes han estado viviendo en silencio con la misofonía durante años. Las investigaciones ya han abierto vías terapéuticas concretas, especialmente en el frente de la Terapia Cognitivo-Conductual, con protocolos que trabajan la regulación emocional, la atención, las creencias, las estrategias de evitación y la capacidad de permanecer en el cuerpo cuando llega el desencadenante. Los datos aún son recientes, las muestras suelen ser pequeñas y los modelos clínicos aún se están estableciendo. Pero una cosa ya está clara: la idea de carácter extraño pierde peso, mientras que la de una condición real, mensurable y tratable gana fuerza. Para aquellos que durante años sólo se han sentido irritables, caprichosos o equivocados, la cosa cambia mucho. Cambiar el nombre de las cosas. Y a veces el resto también cambia.