La escena se repite con una precisión casi irritante. Mesa, pantalla compartida, alguien que toma la palabra y comienza a construir frases como un andamio: sólido en apariencia, vacío en cuanto pasas debajo de ellos. Después de diez minutos tienes la sensación de haber presenciado algo importante, después de veinte te das cuenta de que nadie ha dicho todavía lo que hay que hacer. La jerga corporativa funciona así: llena el aire, cambia el enfoque, deja el trabajo donde está.
No hace falta mucho para reconocerlo. Las frases se hacen más largas, los anglicismos encajan unos en otros, las siglas llegan como si se explicaran por sí solas. “Proceso”, “plazo”, “marco”, “alineación estratégica”, términos que prometen profundidad y ofrecen suspensión. El hablante mantiene el control de la escena, el oyente queda enganchado a medias, con la duda de ser el único que no comprende del todo.
La investigación realizada por Shane Littrell en la Universidad de Cornell pone en orden este sentimiento generalizado. Más de mil trabajadores involucrados, una cifra que no deja lugar a interpretaciones indulgentes: quienes encuentran brillante este tipo de lenguaje muestran resultados más débiles en el pensamiento analítico, la reflexión cognitiva y la capacidad de tomar decisiones concretas. La complejidad formal seduce, mientras que la sustancia operativa retrocede.
El siguiente paso se produce casi sin fricciones. El superior que habla vagamente adquiere un aura de visión, el colaborador que escucha traduce esa vaguedad en autoridad, el grupo se adapta. Nadie interrumpe, nadie pide traducir. Se acumulan notas, se producen documentos, se pospone la acción. Termina la reunión, queda el trabajo.
Un lenguaje confuso
La cuestión no es sólo la irritación. La jerga corporativa altera el entendimiento compartido. Cuando las palabras pierden su fuerza, cada persona reconstruye su propio significado. Las interpretaciones se multiplican, los errores se suceden, se pierde tiempo en correcciones que podrían haberse evitado.
En este mecanismo también encaja una dinámica más sutil. El lenguaje se convierte en un instrumento de posición. Quienes manejan bien el código parecen competentes, incluso cuando el contenido sigue siendo frágil. Cualquiera que hable directamente corre el riesgo de parecer demasiado simplista, casi fuera de tono. Se crea una jerarquía implícita que premia la forma y eclipsa la eficacia.
En el trabajo diario esta distorsión pesa mucho. Las personas aceptan decisiones complejas cuando las comprenden plenamente. La tensión crece cuando las explicaciones permanecen suspendidas. La claridad reduce la fricción, el lenguaje vago la multiplica. En ese contexto, quienes traducen un objetivo en acciones precisas producen valor inmediato, mientras que quienes reformulan conceptos sin anclaje prolongan el inmovilismo.
Los datos de la investigación apuntan a una línea clara. Un discurso impresionante no coincide con un discurso útil. La simplicidad, cuando mantiene la precisión, representa una competencia concreta. Darle un nombre a un problema, describirlo sin ambigüedades, proponer una solución comprensible genera movimiento.
En un contexto marcado por la sobrecarga mental, la presión constante y la pérdida de significado, el lenguaje tiene más impacto del que queremos admitir. Cada palabra guía cómo las personas trabajan juntas. Devolver la claridad a la discusión significa devolverle energía al trabajo. Al final, queda una medida simple: qué sucederá a continuación. ¿Acciones o silencio organizado?