En los últimos años los complementos alimenticios y multivitamínicos se han vuelto cada vez más comunes, hasta el punto de introducirse en los hábitos diarios de una parte importante de la población. Pero ¿cuán necesarios son realmente? Y sobre todo: ¿los alimentos que comemos hoy son menos nutritivos que en el pasado?
Relanza el debate un discurso publicado por la Accademia dei Georgofili, firmado por el profesor Giovanni Ballarini, que devuelve al centro una cuestión cada vez más debatida: la posible reducción de la densidad nutricional de algunos alimentos vegetales.
La Accademia dei Georgofili es una histórica institución italiana fundada en Florencia en el siglo XVIII, dedicada al estudio y progreso de las ciencias agrícolas, la agricultura y la nutrición. Durante siglos ha acogido investigaciones, reflexiones y aportaciones científicas sobre la producción agrícola, la calidad de los alimentos y la sostenibilidad de los sistemas alimentarios.
Es en este contexto que se inserta el análisis de Ballarini, que intenta leer en conjunto la producción agrícola, la calidad nutricional y la difusión de suplementos.
Producimos suficientes alimentos, pero no siempre los adecuados
Según estimaciones de la FAO, a nivel mundial el planeta produce teóricamente suficientes alimentos para alimentar a unos diez mil millones de personas, lo que garantiza unas 3.000 kilocalorías por persona al día. Una cantidad que, sobre el papel, sería más que suficiente.
Sin embargo, el problema no es sólo el de las calorías. Hoy en día, la disponibilidad de alimentos se caracteriza por una presencia excesiva de cereales y azúcares refinados, mientras que las frutas, verduras y otros alimentos ricos en micronutrientes están menos presentes en la dieta general. El resultado es una forma de desequilibrio nutricional: suficiente energía, pero falta de vitaminas y minerales esenciales.
Una condición que a menudo se denomina “desnutrición oculta”, que según las estimaciones citadas afecta a más de dos mil millones de personas en el mundo, con importantes efectos en la salud, especialmente en los niños y las poblaciones más vulnerables.
Frutas y verduras: ¿están realmente cambiando?
Uno de los puntos centrales del análisis se refiere a la calidad nutricional de los alimentos de origen vegetal. Según varios estudios, en las últimas décadas se ha observado una disminución de la concentración de algunos minerales y compuestos beneficiosos en frutas y verduras. No se trata de un fenómeno simple ni uniforme, sino de una posible tendencia que tiene varias explicaciones.
Entre ellos, está el hecho de que las variedades agrícolas seleccionadas para aumentar el rendimiento, la tasa de crecimiento o la apariencia estética producen mayor biomasa, pero no necesariamente un aumento proporcional de micronutrientes. A esto se suman otros factores: la orientación de la agricultura moderna hacia variedades de alto rendimiento y más aptas para la industria, prácticas de fertilización no siempre equilibradas respecto al contenido mineral del suelo y el progresivo abandono de cultivos tradicionales más ricos desde el punto de vista nutricional pero menos competitivos económicamente.
Con el tiempo, muchas especies de frutas y hortalizas han sido reemplazadas por cultivos de alta productividad como patatas, tomates, maíz, trigo y arroz, pero potencialmente menos densos en algunos micronutrientes que las variedades del pasado.
Entre los factores implicados se encuentran también el progresivo desequilibrio del suelo y el aumento del CO₂ atmosférico, cuyo efecto sobre la calidad nutricional de los cultivos aún está en estudio.
Según los datos reportados, en las últimas décadas algunos análisis han mostrado reducciones significativas de diversos nutrientes en algunos cultivos, aunque el fenómeno no es el mismo para todas las especies ni para todos los micronutrientes.
El boom de los suplementos
En este escenario encaja el constante crecimiento del mercado de complementos alimenticios. Nacidos entre finales del siglo XIX y principios del XX para responder a carencias específicas -como la vitamina C contra el escorbuto o la vitamina D contra el raquitismo-, hoy se utilizan de forma mucho más amplia.
Según el análisis antes mencionado, el mercado de los suplementos en Italia vale alrededor de 6 mil millones de euros y afecta a alrededor del 35% de la población, con un consumo cada vez más frecuente y no siempre vinculado a deficiencias reales diagnosticadas.
El riesgo es que los suplementos se perciban no sólo como herramientas médicas, sino también como un hábito diario, una forma de prevención genérica o incluso como un símbolo de un estilo de vida “más saludable”. Sin embargo, la investigación científica, recuerda Ballarini, indica un principio claro: los suplementos son útiles cuando existe una necesidad precisa y documentada.
Entre los casos en los que el uso de suplementos es más reconocido por la literatura científica se encuentran situaciones bien definidas vinculadas a necesidades específicas del organismo. El ácido fólico, por ejemplo, está recomendado en mujeres que están planeando un embarazo o que se encuentran en las primeras etapas del embarazo, mientras que la vitamina D está indicada sobre todo en los casos en los que se ha comprobado una deficiencia real. El hierro también es uno de los suplementos que se debe utilizar únicamente después de un diagnóstico que resalte su necesidad, evitando así su ingesta indiscriminada. Un argumento similar se aplica a la vitamina B12, esencial para quienes siguen una dieta vegana, y a algunos suplementos utilizados en el deporte, que sin embargo deben tomarse exclusivamente bajo la supervisión de profesionales cualificados.
Fuera de estas situaciones, los beneficios son menos evidentes o no concluyentes. Un ejemplo significativo es el del hierro: su presencia en un suplemento no es suficiente, porque lo que importa es su forma química y, por tanto, la capacidad real de ser absorbido por el organismo. Las diferencias entre las distintas formulaciones pueden ser muy grandes.
En definitiva, los suplementos deben seguir siendo una herramienta a utilizar sólo cuando sea realmente necesario y siempre bajo indicación médica, evitando la opción del “hágalo usted mismo” cada vez más extendida en los últimos años. Sin embargo, la verdadera atención debería volver a la nutrición diaria: una dieta variada, rica en frutas y verduras, preferiblemente de temporada y proveniente de cadenas de suministro lo más sostenibles posible, puede marcar una diferencia a largo plazo para el bienestar general, incluso si algunos alimentos son menos nutritivos que en el pasado.