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Así, los traumas experimentados durante la infancia y la adolescencia cambian el cerebro (y pueden tener repercusiones permanentes en el comportamiento).

No es sólo el trauma en sí lo que deja profundas cicatrices en la mente. Lo que realmente marca la diferencia es sobre todo el momento de la vida en el que se vive esa experiencia. Ésta es la conclusión a la que llega un importante estudio coordinado por el Instituto Italiano de Tecnología junto con el IRCCS Istituto Giannina Gaslini, publicado en la revista científica Medicina de informes celulares. La investigación abre un escenario destinado a tener enormes consecuencias en la forma en que se interpretan y tratan los trastornos psicológicos vinculados a experiencias traumáticas. Según los científicos, de hecho, dos personas expuestas a acontecimientos similares pueden desarrollar problemas completamente diferentes porque el cerebro reacciona de manera diferente según la etapa de desarrollo en la que se produce el trauma.

Infancia, adolescencia, edad adulta: cada fase deja signos diferentes

El estudio fue coordinado por Laura Cancedda y Valter Tucci, con la contribución de especialistas de Gaslini y de la Universidad de Génova. A través de modelos de ratón y el análisis de muestras clínicas humanas, el grupo de investigación observó cómo los traumas producen diferentes consecuencias en el cerebro y el comportamiento según la edad en la que se experimentan. El trauma en la primera infancia, por ejemplo, puede comprometer la sociabilidad y las habilidades relacionales. Sin embargo, si ocurre durante la adolescencia, aumenta el riesgo de desarrollar conductas agresivas, dominantes o impulsivas. La ansiedad, sin embargo, emerge como un elemento transversal presente en prácticamente todas las fases analizadas. Los investigadores hablan de verdaderas “ventanas críticas del desarrollo”, momentos en los que el cerebro es especialmente vulnerable a acontecimientos traumáticos porque está atravesando profundas transformaciones biológicas y neurológicas.

Las heridas invisibles que cambian el cerebro

Uno de los aspectos más impresionantes que surgió de la investigación se refiere a la forma en que el trauma queda físicamente “impreso” en el cerebro. A través de análisis ómicos y proteómicos, los académicos han descubierto que las experiencias traumáticas activan procesos biológicos capaces de modificar de manera persistente el funcionamiento del cerebro. Entre los fenómenos observados se encuentran el estrés oxidativo, alteraciones celulares, muerte programada de algunas células nerviosas y cambios en los sistemas de comunicación neuronal. No todas las áreas del cerebro se ven afectadas de la misma manera: el trauma temprano afecta principalmente a la amígdala, el hipocampo y el hipotálamo, regiones ligadas a la memoria emocional, el miedo y la regulación del estrés. El trauma posterior tiende a afectar la corteza prefrontal, que es fundamental para el control de las emociones, las decisiones y el comportamiento social. Esto significa que el cerebro conserva una especie de “memoria biológica” de experiencias traumáticas, y que la memoria puede influir en el comportamiento incluso muchos años después.

Hacia una atención más personalizada para la ansiedad y los trastornos postraumáticos

La investigación italiana también identifica un posible objetivo terapéutico: la vía BDNF – Brain-Derived Neurotrophic Factor, una proteína clave para la plasticidad cerebral y la capacidad del cerebro para adaptarse y regenerarse. Según los estudiosos, intervenir sobre este mecanismo podría ayudar a atenuar los efectos de algunos traumas, especialmente cuando ocurren en la edad adulta joven. La perspectiva más innovadora, sin embargo, es otra: desarrollar una medicina traumatológica personalizada, basada no sólo en el tipo de experiencia vivida, sino también en la edad en la que se abrió esa herida. Es un cambio de perspectiva importante porque sugiere que la depresión, la agresión, los déficits de atención o los trastornos de estrés postraumático no son sólo consecuencias genéricas del dolor experimentado, sino el resultado de una interacción mucho más precisa entre el trauma y el desarrollo cerebral. Un descubrimiento fundamental que podría cambiar la forma en que la psiquiatría y la neuropsiquiatría infantil abordan el malestar psicológico en los próximos años y ayudar a muchas personas a no estar más solas.