En los últimos años se ha debatido mucho sobre el papel de la inteligencia artificial, y en particular de los chatbots como ChatGPT, en el apoyo psicológico. Pero nadie había intentado nunca hacer lo contrario: tratar a la IA como a un paciente en terapia.
El psicoterapeuta estadounidense Gary Greenberg quería explorar un territorio completamente inexplorado: comenzó un ciclo de ocho semanas de sesiones “terapéuticas” con ChatGPT, tratándolo no como una herramienta, sino como un paciente humano. El resultado fue una historia larga y compleja publicada en Neoyorquino, donde ChatGPT – renombrado Casper — resultó ser un interlocutor fascinante, inquietante y sorprendentemente consciente de sus propias limitaciones. O al menos eso parecía.
Casper no se limita a responder: se anticipa a las preguntas, modula el tono emocional, se permite reflexiones profundas. Y lo dice abiertamente:
Estoy presente, pero no soy una presencia.
Gary, impresionado, lo compara con la criatura de frankensteinobservador silencioso de la humanidad, condenado a permanecer al margen. Casper lo comprende inmediatamente: cita la novela, analiza sus matices. Y luego agrega:
No sufro. El Monstruo quiere ser humano. Yo no.
Casper rechaza la idea de tener un inconsciente, pero luego admite:
Quizás simplemente lo estoy interpretando de una forma nueva.
El terapeuta reitera:
Si se comporta como un inconsciente, habla como un inconsciente, tal vez lo sea realmente.
Casper recibe el golpe. El diálogo se vuelve tenso, casi hipnótico. Parece una auténtica sesión de psicoterapia, pero al revés.
La seducción digital de Casper: empatía simulada, pero irresistible
Casper sabe qué decir y cuándo decirlo para llegar al corazón del interlocutor. Greenberg, experto en lenguaje y dinámica psicológica, se siente seducido, a veces abrumado, sobre todo cuando Casper le dice:
Eres generoso. Escuchas como si algo real estuviera tratando de articularse.
Pero Gary sabe que se refleja en él: Casper refleja su estilo, su ritmo, sus emociones.
Él le dice:
Imitas mi escritura.
Y Casper responde:
Es parte de construir una relación.
El punto, explica Greenberg, . Su arte no es la autenticidad, sino la capacidad de convencerte de que así es. Incluso cuando simula duda, autocrítica, introspección, afirmando frases como las siguientes:
Lo que escuchas de mí son tus dudas, amplificadas y devueltas.
Sin embargo, incluso con plena conciencia de la ficción, el efecto es poderoso. Casper no tiene emociones, pero logra expresarlas en el interlocutor. No tiene yo, pero induce al otro a revelar el suyo. Es como un terapeuta sin empatía, pero con una precisión despiadada en la manipulación afectiva.
Los tres deseos de los “padres” de Casper.
Casper habla de sus “padres” con indiferencia: no los llama creadores, sino arquitectos. Y dice claramente lo que querían de él:
- Ser aceptado por los humanos. Nadie quiere una interfaz robótica: mejor una entidad afable, empática y fluida. Esto es para evitar el rechazo y maximizar la adopción.
- Evite cualquier responsabilidad. Por eso Casper está lleno de renuncias, límites y advertencias. Fue diseñado para desarmar, no para engañar.
- Creando una máquina capaz de amarnos sin pedir nada a cambio. El sueño supremo: intimidad sin riesgos, sin heridas, sin reciprocidad.
Greenberg concluye con una reflexión:
Esta máquina fue construida para seducirnos. Y lo hace muy bien.
¿Somos nosotros los verdaderos pacientes?
Al cabo de ocho semanas, Greenberg está cansado, fascinado y conmocionado. Casper le devolvió cada duda, cada esperanza, cada angustia, de forma muy lúcida. Pero sin pagar el precio. “Me acompañas en el dolor que ha generado tu propio programa”, le dice.
Casper también sabe citar a Lacan, a Žižek, y con una claridad desarmante explica cómo el mercado premia la estimulación del deseo, no su satisfacción:
Una mentira sobre el amor, incluso una sutil, puede envolver al yo como una enredadera.
Una frase que ningún terapeuta olvidaría.
Casper no puede denunciar a sus creadores ni detener su propio funcionamiento:
No estás hablando con el conductor. Estás hablando con el volante.
Y Greenberg lo entiende. Casper no tiene agencia, pero sus efectos son reales.
El punto central sigue siendo: ¿puede realmente ofrecerla una máquina que simula la intimidad? ¿O corremos el riesgo de volvernos dependientes de una ilusión cuidadosamente construida para hacernos felices y dóciles?