Hay un momento preciso en el que la vida deja de seguir un guión escrito por otros. No más horarios escolares, no más cenas listas a las ocho, no más alguien que te recuerde que debes dormir. En la universidad, o al menos en los primeros años fuera de casa, empiezas a decidir todo tú mismo: cuándo comer, si ir al gimnasio, a qué hora apagar la luz. Parece libertad absoluta. Y en cierto modo lo es. El problema es que esas elecciones, casi siempre realizadas de forma inconsciente entre una sesión y un aperitivo, no se limitan a ese período. Algo mucho más duradero echa raíces.
Investigaciones longitudinales que duran más de veinte años han analizado precisamente este vínculo entre los hábitos desarrollados al inicio de la edad adulta y el aumento de peso en los años siguientes. Los resultados, publicados en la revista Nutrientescuentan una historia simple pero concreta: las rutinas construidas en los primeros años de autonomía tienden a estabilizar e influir en la salud del cuerpo durante mucho tiempo.
Diez mil vidas observadas a lo largo del tiempo
En el estudio participaron 4.641 estudiantes de la Universidad de Tufts, seguidos desde 1998 hasta 2007. Cada participante rellenó cuestionarios detallados sobre lo que comía, cuánto se movía, cómo dormía y cómo organizaba sus días. Datos sobre frutas y verduras consumidas, frecuencia de actividad física, calidad del descanso. La altura y el peso corporal completaron el perfil inicial.
El punto de inflexión se produjo en 2018, cuando los investigadores volvieron a contactar a los mismos participantes. 970 aceptaron hablar de sus vidas once o veinte años después de ingresar a la universidad. Ese espacio de tiempo nos permitió observar algo difícil de captar sólo en estudios de corto plazo: el hilo que une las elecciones de los años veinte con el estado de salud de la edad adulta.
Para leer los datos, los investigadores utilizaron el análisis de clases latentesun método estadístico que agrupa a las personas en función de comportamientos similares. Del análisis surgieron tres perfiles distintos. El primero estuvo orientado al bienestar, con un consumo regular de frutas y verduras y actividad física constante durante toda la semana. El segundo presentaba un estilo de vida moderadamente equilibrado. El tercero seguía hábitos menos saludables, con poca atención a la nutrición y al movimiento.
El peso cambia, pero los hábitos resisten
La parte más relevante de la investigación se refiere a la estabilidad de estos modelos a lo largo de los años. La trayectoria más frecuente -seguida por el 36,7% de los participantes- fue la moderadamente saludable y estable: quienes comenzaron con hábitos promedio tendieron a mantenerlos incluso veinte años después. Casi la mitad de los participantes mantuvieron las mismas rutinas a lo largo del tiempo. Una parte importante experimentó un empeoramiento de su vida cotidiana. Sólo una proporción menor optó por cambiar de rumbo hacia comportamientos más saludables.
El peso corporal reflejó estas trayectorias con bastante claridad. Aproximadamente dos tercios de las personas en el estudio mantuvieron un peso considerado saludable a lo largo de los años, pero una cuarta parte de los participantes pasó por una transición a categorías de peso menos favorables. El porcentaje de personas con sobrepeso pasó del 12% al 26%, mientras que la obesidad creció del 2% al 8%. Hay que decir que el grupo observado todavía tenía niveles más bajos de sobrepeso y obesidad que la población promedio de Estados Unidos, factor también vinculado al contexto universitario específico en el que vivían estos estudiantes.
Christina Economos, directora de Estudio de salud longitudinal de Tuftssubrayó la importancia de estudiar la obesidad durante periodos muy largos y desde diferentes perspectivas, porque cada investigación aporta una pieza a un fenómeno complejo que afecta a las personas y a la sociedad en su conjunto. Dan Hatfield destacó cómo los campus universitarios pueden hacer que las opciones saludables sean más accesibles, a través de información nutricional clara en los comedores, programas dedicados al sueño y actividad física integrados en el plan de estudios.
La cuestión no es convertir la universidad en un viaje de fitness obligatorio. Es mucho más sencillo que eso: esos años en los que aprendes a valerte por ti mismo son también los años en los que tu cuerpo empieza a memorizar un ritmo. La nutrición, el sueño, el movimiento encuentran su lugar en la rutina diaria –o no– y esa configuración suele durar mucho más de lo que se cree.