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Chismes, silencios y caras amables: las armas secretas de las personas manipuladoras

Una persona llega a la oficina, trae croissants, se ofrece para cubrir un turno, recuerda el cumpleaños de todos. Luego, en cuanto cambia de habitación, deja escapar una voz desagradable, aísla a alguien en un chat, difunde esa clase de frialdad que en los entornos sociales es casi tan buena como la agresión abierta. Las dos cosas pueden ser del mismo carácter. A veces se toman de la mano. Aquí comienza un nuevo estudio publicado sobre Personalidad y diferencias individualesque intenta comprender por qué algunas personas utilizan la reputación, la exclusión y el silencio como palancas de poder dentro de las amistades, los lugares de trabajo y los grupos sociales.

En psicología se llama agresión relacional. Afecta a los vínculos en lugar del cuerpo. En el interior están los chismes maliciosos, el trato silencioso, la exclusión organizada, el gesto destinado a desplazar a una persona a los márgenes del grupo sin alzar demasiado la voz. Precisamente esta forma oblicua facilita su uso para aquellos que quieren evitar una colisión frontal y, al mismo tiempo, dejar daños limpios difíciles de discutir. Las consecuencias, sin embargo, siguen siendo graves: quienes la padecen pueden caer en la depresión, la desesperación y la soledad extrema; quienes lo practican suelen mostrar ansiedad, dificultades en la regulación emocional y conductas de riesgo.

El grupo liderado por Brittany Patafio, de la Universidad Deakin en Australia, quería entender una cosa específica: ¿los rasgos benévolos realmente logran frenar el uso de la agresión relacional, o los rasgos más manipuladores siguen dominando la escena incluso cuando una persona se describe a sí misma como servicial, civilizada e incluso altruista? La pregunta importa porque esta vía teórica se ha explorado mucho menos en el campo de las ciencias del comportamiento de lo que podría pensarse. Los estudiosos partieron de una idea simple: ante una situación ambigua, una persona más benévola podría leerla con menos amenaza, reaccionando con menos hostilidad y menos necesidad de control social. Los datos arrojaron un panorama más duro.

Para leer esa imagen, los investigadores compararon dos familias de características psicológicas. Por un lado está la tríada oscura, la constelación que reúne psicopatía, maquiavelismo y narcisismo. El narcisismo, a su vez, fue considerado en sus dos formas más citadas: el grandioso, compuesto de superioridad y derecho, y el vulnerable, más inseguro, introvertido y sensible a la crítica. El maquiavelismo describe a alguien que trata las relaciones como un juego estratégico, intenta utilizar a los demás para su beneficio personal y se preocupa profundamente por su imagen pública. La psicopatía, por otro lado, está relacionada con la impulsividad, la falta de empatía, la falta de remordimiento y la voluntad de actuar de manera antisocial. Estudios anteriores ya habían vinculado estos rasgos con el sabotaje social.

Del otro lado está la llamada tríada luminosa. De aquí viene la confianza en la humanidad, es decir, la idea de que las personas son buenas en esencia, el humanismo, que reconoce la dignidad y el valor de los demás, y el kantismo, un término tomado de Immanuel Kant que indica la tendencia a tratar a los demás como fines en sí mismos, personas íntegras con vida propia, y nunca como simples instrumentos. Además de estos rasgos, el equipo también midió comportamientos prosociales diarios: ayudar, compartir recursos, colaborar y ofrecer apoyo concreto a quienes lo necesitan.

Para probar estas relaciones, se reclutó a 2.014 adultos australianos en línea a través de redes universitarias y anuncios en redes sociales. La edad promedio fue de 39 años, con un rango muy amplio de 18 a 82 años; El 68,4% de la muestra estuvo compuesta por mujeres. Todos rellenaron cuestionarios de autoevaluación, indicando en qué medida se reconocían a sí mismos en declaraciones sobre su propia forma de pensar y comportarse. Para medir la agresión relacional, por ejemplo, se preguntaron cosas muy concretas: difundo rumores sólo para herir, ignoro a alguien a propósito para castigarlo, utilizo la exclusión como respuesta. Para medir el kantismo, sin embargo, aparecieron frases sobre preferir la honestidad al encanto manipulador; para prosocialidad, preguntas sobre la voluntad de ayudar a sus compañeros.

La tríada oscura sigue siendo el principal impulsor

El resultado central pesa mucho. La personalidad, en su conjunto, explica más de un tercio de las diferencias observadas en el uso de la agresión relacional. La mayor parte de ese efecto provino de los rasgos malévolos. Todos los rasgos oscuros fueron predictores positivos y significativos. Por otro lado, los investigadores esperaban que todos los rasgos benévolos estuvieran asociados con niveles más bajos de sabotaje social. Fue diferente. La confianza en la bondad de las personas y el reconocimiento de su valor intrínseco por sí solos no mostraron un efecto estadístico sólido sobre los hábitos agresivos. Sólo el kantismo y el comportamiento prosocial siguieron siendo factores protectores fiables.

En el informe de resultados, la psicopatía y el narcisismo vulnerable emergen como las señales más fuertes, mientras que el narcisismo grandioso pesa menos. Es un matiz interesante. Aquellos que tienden a actuar sin culpa pueden utilizar el chisme como un atajo para controlar. Quienes viven con miedo al rechazo, como ocurre en las formas más vulnerables de narcisismo, pueden recurrir a una exclusión sutil como defensa encubierta, casi preventiva. Son formas diferentes de agresión, con un terreno común: cambiar el equilibrio social en beneficio propio.

Aquí viene la parte más incómoda del estudio. Pensar bien de la humanidad no basta. Tener una alta imagen de los demás no impide automáticamente castigarlos con el silencio, arruinar su reputación, utilizar al grupo como arma. Los autores insisten precisamente en esta diferencia entre pensamiento y acción. Las creencias benévolas, tomadas solas, siguen siendo demasiado ligeras. Los comportamientos concretos y una norma moral más estricta sobre cómo se trata a las personas pueden ralentizar aún más las cosas.

Ayudar y sabotear pueden coexistir

La parte más aguda llega cuando el equipo observa el entrelazamiento de la oscuridad y la bondad. Algunas personas hacen cosas útiles para otros por razones totalmente instrumentales: para lograr consenso, cultivar una imagen impecable, ganar posición, mantener una fuerte ventaja. En estos casos, la prosocialidad cambia de rostro. Se convierte en una herramienta, una entre muchas. Los autores observaron que aquellos que obtuvieron puntuaciones altas en rasgos maliciosos mantuvieron altos niveles de agresión relacional incluso cuando informaron altos niveles de conductas prosociales. En resumen, la disponibilidad no sustituye al sabotaje. Se sumó al repertorio.

Para perfiles muy manipuladores, ayudar y pegar parecen dos vías paralelas. Cooperamos cuando es conveniente. Se lastima cuando es más conveniente. La fachada cortés y la voz difundida en el momento adecuado pueden servir al mismo objetivo: gobernar el clima del grupo, decidir quién permanece en el centro y quién es empujado hacia el borde. Sin embargo, en personas con niveles muy bajos de rasgos oscuros, la ayuda práctica tiende a reemplazar las tácticas agresivas. Aquí la bondad deja de ser una máscara y vuelve el comportamiento coherente.

Los límites siguen claros

El estudio, sin embargo, mantiene claramente visibles sus limitaciones. Los datos se recopilaron en un único momento en el tiempo, por lo que el trabajo fotografía asociaciones fuertes, pero no nos permite establecer una cadena causal determinada. Los investigadores utilizaron sólo cuestionarios autoinformados, una elección inevitable en muchos estudios de personalidad, que trae consigo un problema conocido: cuando se le pide a alguien que hable sobre sus comportamientos antisociales, algunas de las respuestas pueden suavizarse para parecer más aceptables. Ni siquiera el anonimato borra por completo este filtro.

Luego está el perfil del campeón. Los adultos australianos involucrados informaron niveles iniciales bastante bajos de agresión relacional y altos niveles de rasgos benévolos. Un grupo más hostil, o uno inserto en contextos sociales más tensos, podría producir dinámicas al menos parcialmente diferentes. Por eso los autores piden estudios longitudinales, capaces de seguir a las personas durante años y comprender qué es lo primero: qué creencias, qué rasgos, qué hábitos preparan el camino para una mayor hostilidad encubierta y cuáles realmente la contienen. A partir de ahí, podrían surgir programas educativos más eficaces contra el abuso interpersonal, antes de que arruine permanentemente comunidades, clases, entornos laborales y grupos de amigos.