Hay quienes beben café por placer y quienes acaban por no poder prescindir de él. Este es el caso de una mujer que, después de diez años de consumo diario, decidió ponerse a prueba: nada de cafeína durante diez días, para entender si realmente se trataba de una adicción o simplemente un hábito como tantos otros. Su historia, publicada en la revista estadounidense Prevention, ofrece una visión interesante de lo que le sucede al cuerpo cuando de repente se deja el café.
Todo comenzó en la escuela secundaria, con las primeras tazas de café azucarado bebiendo mientras corría antes de clase. Con el tiempo, gracias a los estudios universitarios y luego al trabajo, lo que era un hábito ligero se convirtió en una auténtica necesidad diaria: dos, tres, a menudo cuatro tazas al día, imprescindibles para afrontar cualquier cosa, desde el despertar matutino hasta las jornadas más intensas en la oficina. No es que el café fuera malo para ella, al contrario: la ciencia reconoce varios beneficios. Para ella, la cuestión era otra: comprender si realmente podía prescindir de él o si ahora se había convertido en una necesidad insustituible. Así que optó por eliminar completamente la cafeína y el café de su vida durante diez días, deteniéndolos repentinamente, sin ninguna reducción gradual.
Los primeros días: dolor de cabeza y cansancio.
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Los expertos en nutrición siempre recomiendan reducir progresivamente el consumo de cafeína, sustituyendo una taza al día por café descafeinado o infusiones, para evitar los molestos síntomas de abstinencia. Ella, sin embargo, optó por el camino más drástico y la factura llegó ya al segundo día, con un dolor de cabeza punzante que lo hacía prácticamente insoportable para quienes la rodeaban.
La explicación, como él dice, es toda una cuestión de química cerebral: la cafeína tiene una estructura similar a la adenosina, la sustancia que normalmente se une a los receptores del cerebro para inducir la somnolencia. Cuando bebes café, la cafeína ocupa estos mismos receptores en lugar de la adenosina, lo que mantiene el cerebro despierto y alerta. El problema es que, al consumir grandes cantidades de forma habitual, el cerebro empieza a producir cada vez más receptores para compensar, y por tanto se necesita cada vez más cafeína para conseguir el mismo efecto. Cuando se deja de tomar repentinamente, el exceso de adenosina invade todos aquellos receptores que quedan libres, provocando cansancio repentino y dilatación de los vasos sanguíneos, derivando en los típicos dolores de cabeza por abstinencia. Sin embargo, la buena noticia es que a medida que continúa absteniéndose (o limitándose a una taza o dos al día), la cantidad de receptores vuelve gradualmente a la normalidad y los síntomas desaparecen.
Adiós productividad
Un consejo práctico que se desprende de la historia: nunca inicies un experimento similar durante una semana laboral ocupada. La mujer tuvo la suerte de hacerlo durante unos días de vacaciones, y menos mal, porque la cantidad de siestas repentinas que se permitió habría hecho que cualquier empresario se burlara. Las actividades físicas, como las tareas del hogar o las compras, las realizaba sin demasiados problemas. Pero tan pronto como intentó concentrarse en algo mentalmente desafiante, sintió como si hubiera tomado una pastilla para dormir. Los peores días fueron el segundo y el tercero: quien quiera afrontar esta experiencia, afirma, haría bien en hacerlo durante el fin de semana.
El ansia de azúcar
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Un efecto secundario inesperado fue el repentino aumento de los antojos de dulces. La caída de energía la empujó a buscar cualquier cosa que le provocara un subidón inmediato, especialmente el azúcar. Afortunadamente, esta intensa fase sólo duró los primeros tres días. Para afrontarlo, confiaba en la fruta fresca, pero de vez en cuando se permitía un capricho un poco más delicioso, para no volverse completamente loca.
El té de hierbas como nuevo compañero de viaje
Con el tiempo, la protagonista de la historia entendió que gran parte del placer que sentía al tomar café no tenía que ver con la cafeína en sí, sino con el ritual: ese momento de pausa, el calor de la taza en sus manos, la sensación de prepararse mentalmente para el día. Así que empezó a sustituir ese gesto por tazas de infusiones de hierbas, de manzana y canela, de limón y jengibre, de menta, que se convirtieron en su nuevo refugio diario. Un hábito que, según cuenta, decidió mantener incluso después de finalizar el experimento, al menos en lugar de la segunda taza de café diaria.
Dormir mejor, despertares más fáciles
Entre los aspectos positivos de estos diez días está, sin duda, el sueño. Gracias al cansancio constante, prácticamente se vio obligada a acostarse temprano, alrededor de las 22 o 22.30 horas, hora que perseguía desde hacía años sin conseguirlo. Después de unos días de este nuevo ritmo, se sorprendió despertándose a las 5:30 de la mañana, descansada y sin necesidad de posponer el despertador. Mirando hacia atrás, probablemente la última taza de café a las 2 o 3 de la tarde siempre había saboteado la calidad de su descanso nocturno, alimentando un círculo vicioso: dormía mal y, por lo tanto, necesitaba aún más cafeína por la mañana.
El punto de inflexión
Entre el cuarto y quinto día las cosas empezaron a mejorar. Pero fue entre los días siete y diez cuando se produjo una verdadera transformación: los dolores de cabeza desaparecieron por completo, se sintió descansada como no lo había hecho en años y sus niveles de energía eran comparables a los de cuando tomaba dos o tres cafés al día. Una experiencia que, según él, demuestra cómo en la mayoría de los casos la sensación de “no poder funcionar sin café” es en realidad una ilusión: dando al cuerpo tiempo para reajustarse a niveles mínimos (o nulos) de cafeína, es posible alcanzar los mismos niveles de energía, pero de una manera mucho más sostenible.
¿Volverá a tomar café?
La respuesta, explica, es sí, sin lugar a dudas: le gusta demasiado el sabor del buen café como para renunciar a él por completo. Pero ciertamente no volverá a las cantidades que tenía antes. De este experimento aprendió a consumirlo con más conciencia y moderación, reservándolo para las ocasiones en las que realmente lo necesita, para no volver a acostumbrarse hasta el punto de perder sus efectos beneficiosos. En general, concluye, fue una experiencia que le hizo comprender cuánto café se había apoderado de sus días, pero también cuán capaz es el cuerpo humano de adaptarse, si tuviera la oportunidad de hacerlo.